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Yo busqué a mi hijo secuestrado

Una madre relata cómo encontró a los secuestradores y asesinos sin la ayuda de las autoridades federales.

Isabel Miranda de Wallace *

27 de diciembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Todo comenzó cuando mi hijo, Hugo Alberto Wallace Miranda, no llegó a la casa para un evento familiar. No era usual en él, por eso comencé a buscarlo. Lo llamé a sus dos celulares pero estaban apagados. Nadie sabía nada: ni sus amigos, ni sus primos, nadie. En ese momento intuí que algo le había pasado. Me puse como loca, pues México es el país con más secuestros del mundo y Hugo, un empresario de 30 años, era un buen blanco para los delincuentes.

Puse una denuncia ante la Policía, pero la respuesta fue nula. Entonces renuncié a todo para buscar a mi hijo. Envié a mi esposo a vivir al extranjero, pues sufre del corazón. Con él viajó mi otra hija. Era lo mejor, la situación no sería fácil. Para esos días ya habíamos recibido un sobre con una foto de Hugo desnudo, amarrado y con los ojos vendados. Nos exigían  US$950.000 por su libertad.

No me iba a quedar de brazos cruzados. Hermanos, primos, hijos, sobrinos, todos nos unimos en la frenética búsqueda. Días después alguien nos contó que habían visto la camioneta de mi hijo abandonada en la Colonia Insurgentes. Estaba vacía. Quienes la llevaron al lugar vivían en un edificio cercano y tenían fama de andar en malos pasos.

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Traté de ingresar al conjunto de apartamentos pero un niño me contó que el día anterior la cosa se había puesto fea, se escucharon disparos y del lugar sacaron a un hombre herido. Estallé en llanto.

Llamé a la Policía para informarle lo que había descubierto, pero en vez de ayudarme me pusieron mil trabas. Desde entonces y durante tres años he sido, yo sola, la que con mis propios recursos y siguiendo mis instintos de madre he aportado todas las pruebas para la investigación del secuestro de Hugo. La tarea que debió hacer la Policía la he hecho yo.

Con pelucas, disfraces, seguimientos nocturnos y pláticas con gente de la calle, vendedores y vecinos, seguí buscando a los secuestradores en el edificio en donde encontré la camioneta. Supe que mi hijo estaba saliendo con una tal Hilda González, quien resultó ser amante de César Freyre, líder de la banda de delincuentes y policía corrupto del Estado de Morelos. Me convertí en la sombra de esta mujer, quien trabajaba como bailarina.

Casi un año después de la desaparición de mi hijo, y luego de llevarle más y más evidencias, la Policía la detiene por fin. Confesó que Hugo fue secuestrado y asesinado el mismo día, y que en el baño de su apartamento lo cercenaron y empacaron en bolsas negras. Días después yo misma, en un ataque de imprudencia, detuve a Freyre, su cómplice.

En uno de los seguimientos que hice con mi otro hijo, Freyre se dio cuenta de nuestra presencia. Sacó un arma, pero mi hijo y yo nos le echamos encima y logramos vencerlo. Por esa acción ahora pesa sobre mí una denuncia por intento de secuestro y otra por ensuciar el buen nombre del policía de Morelos.

Hace unos meses fui víctima de un atentado. Dispararon varias veces contra mi carro. No pararé hasta dar con los restos de Hugo y hasta ver a sus secuestradores tras las rejas.

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*Pedagoga.

Por Isabel Miranda de Wallace *

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