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Ruge la mar embravecida
Rompe la ola desde el horizonte
Brilla el verde azul del gran Caribe
con la majestad que el sol inspira…
Pobre del que caiga prisionero
Hoy no habrá perdón para su vida…
Es el tiburón que va buscando
Es el tiburón que nunca duerme
Es el tiburón que va acechando
Es el tiburón de mala suerte
Rubén Blades, “Tiburón”, 1981
“I took Venezuela”: Crónica de una invasión anunciada
En la madrugada del 3 de enero de 2026, recién comenzando el año, Caracas, esa ciudad aún salsera que en sus barrios populares sigue sonando a la Dimensión Latina, el Trabuco venezolano, el Sexteto Juventud y Guaco, fue sorprendida por la presencia de aeronaves que, con alta precisión, atacaron diferentes lugares, al parecer estructuras pertenecientes a las fuerzas de seguridad estatales. Esto acabó con la tensa calma que se tenía desde hacía semanas por cuenta de las amenazas que el presidente de Estados Unidos Donald Trump llevaba lanzando contra Nicolás Maduro y al resto de funcionarios que conforman la plana mayor del chavismo, complementadas con la presencia de grandes embarcaciones militares cerca de las costas venezolanas. Muchos creían que, como dice el dicho, “perro que ladra no muerde”, pero vaya que mordió y, de hecho, venía haciéndolo desde hace rato.
En los muchos videos que se empezaron a conocer, sobre todo en las redes sociales, se pudieron oír los gritos de personas angustiadas que no sabían a ciencia cierta lo que estaba pasando. De hecho, varios desde afuera de Caracas supusieron —supusimos— que se trataba de imágenes generadas por la hoy omnipresente IA que ya hace dudar, aún más, sobre lo que es verdad y lo que es mentira. Pero no, o, mejor dicho, sí, en efecto se trataba de una intervención militar que, evidentemente, venía siendo preparada desde hacía meses, con una efectiva, como bien se demostró, labor de inteligencia que en poco tiempo cumplió su cometido. Con esto, los rumores de una invasión o, al menos un ataque, que fue lo que en efecto ocurrió, quedaron despejados por completo, aunque sorprendiendo por la nula reacción de las fuerzas militares venezolanas que, con los famosos aviones sukhoi, podían haber intentado responder, sobre todo a los helicópteros gringos que, en medio de los incendios que se veían, desplegaron hombres armados por diferentes lugares de la ciudad para dar con Maduro y su cuerpo de seguridad.
Total es que la gente parecía —o estaba— en estado de shock, expectante de lo que pudiera pasar, pues sabía que cualquier declaración al respecto podía tener consecuencias nefastas. Eso sí, a diferencia de lo que había ocurrido muchos años antes, cuando un grupo grande de la oposición acompañado de miembros del Ejército, intentó darle un golpe de Estado al entonces presidente Hugo Chávez Frías, y un gran número de personas salió de los barrios populares a protestar y defender al gobierno, en esta ocasión no hubo nada de eso, ni grandes movilizaciones o declaraciones; tampoco se vio a integrantes del Ejército o la Guardia venezolana actuando en defensa del régimen, ni mucho menos se observó a esos colectivos chavistas que llevaban tantos años entrenados en diferentes labores de defensa y control territorial. Claro que el ataque, como se ha podido saber, primero se encargó de neutralizar cualquier tipo de reacción militar venezolana y, segundo, a diferencia de lo que ocurrió 35 años atrás con Manuel Antonio Noriega en Panamá, no se ocupó —ni se destruyeron a ese nivel— los barrios de la ciudad, aunque ya se ha venido sabiendo que sí hubo varias víctimas de la sociedad civil (incluyendo a Yohana Rodríguez, una mujer colombiana). Esto desmiente lo dicho en un principio de que todos los muertos, entre 40 y 90, según la fuente que se consulte, eran militares (incluyendo 32 cubanos que conformaban el cuerpo de seguridad de Maduro).
Por eso, si bien había angustia, y no hay que negarlo, esperanza, realmente el ambiente era —es— extraño, con mucha tensión, pero también calma que se acompañó de un silencio abrumador y una gran expectativa sobre lo que estaba pasando. Eso sí, obviamente las redes sociales y la televisión, que nunca descansan, se inundaron de imágenes de lo que ocurría y, como suele pasar, ahí sí todo el mundo opinó a la lata de lo que sabía y, sobre todo, lo que no sabía, con esa mirada maniquea de “buenos” contra “malos”.
Con esto, muchos nos dormimos (yo a las 2:30 de la mañana) con esa extraña, pero obvia sensación de que no podíamos hacer nada frente a un hecho del que éramos, y seguimos siendo, meros espectadores y, por supuesto, inocuos opinadores, para despertarnos con las imágenes de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores llegando a Estados Unidos esposados, custodiados por agentes norteamericanos y trasladados a algún centro de detención. Eso me hizo recordar inmediatamente las imágenes de Carlos Lehder, Hernán Botero Moreno, Ramón Matta Ballesteros, los hermanos Pabón Jatter (que se usaron para crear el logo de “Los Extraditables”), “el Loco Barrera”, “Don Mario”, el mismo Noriega y muchos otros que han sido capturados y trasladados a Estados Unidos, muchas veces de forma arbitraria. Y las analogías no son gratuitas, porque Maduro fue acusado, entre otras cosas, de “conspiración de narcoterrorismo”, “conspiración para importar cocaína a Estados Unidos”, “posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos” y “conspiración para poseer armas automáticas y destructivas” (¡!), al punto de que Estados Unidos ofrecía US$ 50 millones por su cabeza, más del doble de lo que llegó a prometer por Osama Bin Laden.
De esta manera, Venezuela, aquel país que por tantos años recibió a millones de colombianos que se fueron a buscar mejor suerte (lo que a muchos se les olvida), y que todavía suena a Simón Díaz, “El Puma”, Yordano, Franco de Vita o Daiquirí, vio cómo el cuestionado líder del régimen político en el poder, señalado de cometer un descarado fraude electoral, ya no estaba al frente. Sin embargo, continuaban estando su vicepresidenta y varios de sus más altos funcionarios del gobierno, lo cual hace que la incertidumbre sea aún más grande generándose muchas más preguntas que se han ido respondiendo poco a poco, con Trump expresando claramente lo que quiere y le interesa que, por supuesto, no va en pos de defender la mentada “democracia” o la manida “libertad”, sino adueñarse de los campos petroleros de los que Venezuela tiene las mayores reservas del mundo y que él considera que “son de Estados Unidos”.
Dichas declaraciones, que no dejan de ser escandalosas, no les importaron a los enemigos del chavismo, que en el mundo son muchos, pues vieron al ataque —y secuestro, hay que decirlo— de Maduro como una acción “necesaria” que se justifica por acabar con esa camarilla del poder que llevó a ese país a padecer una espantosa crisis. Empero, los hechos han dejado un terrible precedente de lo que puede pasar de ahora en adelante en cualquier lugar del mundo, pues la ley del más fuerte y el “ojo por ojo” se impondrá ahora con más ímpetu frente a cualquier acuerdo, pacto o legislación internacional. Y, claro, algunos dirán que siempre ha sido así y que ese es el precio que hay que pagar para sacar a quienes de manera abusiva sumieron en la crisis a un país riquísimo, pero otros también expresarán que muchas cosas al menos se disimulaban y manejaban diferente. Total, con lo que pasó, ahora es evidente que cada quien, en el ámbito que sea, puede, si eso se acomoda a su interés particular, tomar lo que quiera sin preguntar, así pertenezca a otros, sobre todo si tiene la fuerza para conseguirlo.
El doloroso fracaso del chavismo
Nunca me gustó Nicolás Maduro. Y menos me gustaron personajes como Diosdado Cabello y varios más ubicados en los altos lugares del chavismo, sobre todo después de la muerte de Chávez. Y no me gustan porque convirtieron lo que podía haber sido una oportunidad histórica en un tremendo fracaso que se tradujo en represión, crisis económica, desinstitucionalización, violencia, robo de elecciones y, así no lo quieran aceptar, dictadura. Es decir, el chavismo (porque no creo que haya realmente madurismo) terminó siendo nefasto para Venezuela, América Latina y, por supuesto, la izquierda en general, pues les dio razones, y muchas de peso, a esos sectores de la derecha cada vez más reaccionarios y agresivos, que condenan los procesos de avanzada y tinte progresista que puedan surgir en cualquier lugar del mundo, pues creen (y así lo dicen públicamente) que cualquier tipo de política de reivindicación social es “comunista” y que, obviamente, “nos podemos convertir en Venezuela”.
No obstante, el liderazgo internacional que Venezuela, a través de Hugo Chávez, un teniente-coronel del Ejército y líder de gran carisma y conexión con el pueblo, además de mucho dinero a su disposición por cuenta de una inmensa renta petrolera (con el petróleo a altos precios), llegó a constituir un referente fundamental para todos esos movimientos que, luego de la caída del muro de Berlín, el antiguo bloque socialista en Europa del este y la Unión Soviética, se resistían a someterse a las imposiciones del denominado “consenso de Washington”, ese que creía que había llegado “el fin de la historia” y que la fórmula del éxito se basaba en privatizar y desregular mercados, pero que no tenía en cuenta a las muchas realidades que emergían en un continente lleno de inequidad social, pobreza, falta de oportunidades y exclusión. Chávez, un individuo de origen popular, conocimiento profundo de la tradición folclórica y gran formación geopolítica, surgió en ese contexto de crisis económica y política que el bipartidismo tradicional de los denominados “adecos” y “copeyanos” (los del “Pacto de Punto Fijo”) había generado y que llevó a las grandes protestas del denominado “caracazo”, dándose a conocer con su intento de golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez en 1992, mostrándose posteriormente como alguien diferente capaz de canalizar la esperanza de muchos sectores de la población. Esto se reflejó en su primera elección presidencial, que ganó masivamente en 1998, y que le permitió abarcar muchos más adeptos en distintos lugares del mundo que veían en el antiguo teniente-coronel a uno de los suyos, pues le hablaba de igual a igual, pero con un lenguaje cotidiano y hasta “de barrio” a grandes líderes mundiales, incluso “cantándoles la tabla” cuando había que hacerlo, sobre todo a esos poderes tradicionales liderados por Estados Unidos —el Imperio— y, obviamente, unos sectores sociales que, a pesar de las grandes rentas recibidas por el petróleo, no habían conseguido —o no les interesaba— amainar la desigualdad social del mundo.
En todo su camino, Chávez ganó infinidad de elecciones, a pesar de una oposición férrea que, encarnada en figuras que se resistían a haber sido desplazadas de los lugares de privilegio, se opusieron a colaborar con los procesos de cambio y más bien promovió huelgas, saboteos, referendos revocatorios y hasta un golpe de Estado que fracasó por el levantamiento popular en defensa del gobierno. En los años que duró su mandato, que se acompañó de una nueva Constitución Política refrendada en varias ocasiones, Chávez, impulsó numerosas reformas económicas, misiones de salud, masificación de subsidios y protagonismo de sectores populares en los que se buscaba desarrollar una democracia popular mucho más efectiva que la que había existido antes. Igualmente, su liderazgo, tanto retórico como simbólico, se manifestó en la búsqueda de bloques políticos y económicos alternativos a los tradicionales, en los que se crearon canales de televisión, áreas comerciales, organizaciones políticas y, en general, se construyeron sólidos vínculos, además, con otros líderes políticos del mundo que, surgidos bajo distintas causas, representaban a gobiernos populares claramente de izquierda que se mostraban como una alternativa real ante las élites tradicionales, tantas veces anquilosadas, y, por supuesto, al poder imperial de Estados Unidos que observaba que su antiguo “patio trasero” se le había desordenado. Por supuesto que, sobre todo después del intento de golpe de Estado que sufrió, se acercó a Fidel Castro, el veterano líder cubano, que se constituyó, de cierta manera, en su consejero y del que Chávez esperaba recoger el listón para seguir su senda (pero los caminos del Señor son misteriosos, dirían algunos por ahí).
Muchos vimos con esperanza, y lo sigo sosteniendo, lo que hacía Chávez, quien, a pesar de su retórica agresiva y un talante sin duda autoritario, tenía una lectura clara de la geopolítica mundial y buscaba erigirse como un factor de poder alternativo al tradicional comandado por Estados Unidos que muy pronto expresó su inconformidad con el dirigente venezolano. Sin embargo, también vinieron los inconvenientes, no solo impulsados por sus enemigos políticos, sino por serios errores de su gobierno que fueron dando al traste con su proyecto, pues llegaron las expropiaciones abusivas, el control de los medios de comunicación, la desindustrialización, una inmensa inflación, el pésimo manejo de la industria petrolera, el desabastecimiento de productos, una gran intolerancia a cualquier crítica y la imposición de miradas que resultaron alejando a sectores intelectuales y políticos que en un principio habrían podido ser aliados relevantes, pero que terminaron yéndose a la oposición que, como ocurre en otros lugares, cada vez se fue radicalizando más hacia la derecha.
Los años, tristemente, han puesto el legado de Chávez en un lugar no precisamente encomiable, y la prueba evidente son los millones de venezolanos que, ante una tremenda crisis social y económica, tal vez sin precedentes en América Latina, se regaron por todo el continente, en muchos casos causando grandes problemáticas para países que no estaban preparados para recibirlos. Sí, no se puede desconocer que las diferentes sanciones económicas impuestas por Estados Unidos han contribuido a exacerbar muchos de los problemas y que gran parte de la oposición venezolana se dedicó al saboteo permanente, pero estas situaciones complicadas ya venían desde mucho atrás, incluso con Chávez aún gobernando.
Y cuando llegó la muerte del caudillo, como ocurre generalmente, quienes lo sucedieron no tenían la preparación para reemplazarlo, siendo Nicolás Maduro, una de las fichas más disciplinadas y obedientes del chavismo, el elegido para ocupar el cargo de Presidente de la República. Maduro, que anteriormente se había mostrado como un funcionario competente y serio, intentó infructuosamente imitar a Chávez en su histrionismo y sintonía popular, aunque sin conseguirlo y, más bien, viéndose como una pálida —y, a veces, ridícula— copia. Tampoco pudo evitar la crisis económica que, en un contexto de caída de los precios del petróleo, volvió insostenibles muchos de los programas sociales que se habían montado, sumiendo a Venezuela en una crisis en la que hubo escasez, hambre, fallas graves en el suministro de servicios públicos, devaluación de la moneda y una tremenda violencia de la que aún el país no se termina de recuperar, pese a mejoras significativas en los últimos años.
Vale decir que, incluso desde antes de la muerte de Chávez, pero, sobre todo, con la llegada de Maduro, se hizo evidente que el chavismo había dejado de ser izquierda, pues se convirtió simplemente en un entramado político que capturó al Estado y básicamente sustituyó a unas élites por otras (las de los denominados “boli-burgueses”), sin abandonar el asistencialismo, pero para un beneficio netamente particular, mientras el resto de la gente, también inmersa en las pasiones y los sesgos políticos, continuaba en su lucha por la supervivencia. Al tiempo, los intentos por sacar del poder a Maduro, un individuo que definitivamente se había intentado calzar unos zapatos que le quedaban muy grandes, continuaron con una serie de acciones que dejaron ver que había una oposición dividida, con un liderazgo mediocre, muchas veces corrupta y que era respaldada por sectores retardatarios de otros lugares del mundo claramente antidemocráticos e inclinados a la derecha más radical. En este escenario, los saboteos no cesaron, pese que a que parecía que el chavismo mantenía el control del Estado, con unas fuerzas armadas obedientes y unos colectivos civiles que mantenían el control territorial, económico e incluso armado de los barrios.
Pero el punto de quiebre finalmente llegó con el flagrante robo de las elecciones presidenciales de 2024, que había empezado con la persecución y sanción a numerosos candidatos presidenciales, y terminó con unos comicios que, de manera sospechosa, le dieron el triunfo a Maduro, pese a que numerosos sondeos decían que Edmundo González, el candidato que unificó a la oposición, luego de que a la verdadera líder de ese movimiento María Corina Machado le fuera impedido participar, sería el ganador. El régimen de Maduro cometió un descarado fraude electoral y eso es algo que nadie, ni siquiera los más adeptos al chavismo, pueden negar seriamente, pues, por ejemplo, jamás se entregaron las actas electorales que los veedores de otros países solicitaron para avalar lo que allí ocurrió, razón por la cual muchos optaron por no reconocer la legitimidad de los resultados de las elecciones.
Sí, el legado de Maduro y el chavismo bajo su mando resultó siendo tremendamente negativo, pero el de Chávez también, pues sea como sea, lo que ocurrió después es en gran parte su responsabilidad. Y lo digo, así todavía disfrute verlo destrozar en entrevistas viejas con sus respuestas a los muy sesgados periodistas que lo entrevistaran y al observar a una oposición cuyo talante democrático muchas veces no era del todo creíble. Y me duele decirlo, porque admiré —y admiro— muchas cosas de Chávez (entre otras, su claridad para describir al imperialismo y su modus operandi), pero no hay manera de tapar el sol con un dedo y negar la verdad, cuando es evidente.
Trump y el regreso del fascismo intervencionista
Pero tampoco me gusta Trump y lo que hace. Y menos me gustan funcionarios como Marco Rubio, esos que, apoyados por los grupos más retardatarios —anticientíficos y conservadores—, promueven una mirada regresiva del mundo, en la que la diversidad, el antirracismo, la lucha por los derechos civiles, el feminismo y el desarrollo de derechos sociales son vistos como agitaciones comunistas y no el resultado de un largo proceso de movilizaciones y luchas que han podido transformar a la humanidad.
De hecho, no es gratuito que Trump sea seguido por los sectores con menor nivel educativo de su país, los cuales, con miradas fundamentalistas, son también antivacunas, terraplanistas, negacionistas del cambio climático y creyentes en demás historias de conspiraciones en las que el respeto por el conocimiento técnico y académico brilla por su ausencia. En muchos casos, los seguidores de Trump son esa población blanca excluida de los procesos de globalización —y neoliberalismo— que los mismos Estados Unidos, con Reagan a la cabeza, promovieron en todo el mundo, pero que dejaron resultados nefastos ejemplificados en las muchas ciudades semifantasmas que quedaron por todo el territorio, luego de que las fábricas del viejo “cinturón del óxido” se trasladaran a otros lugares del mundo, porque, como decía el viejo maestro, el capital no tiene patria. Pero también se encuentran otros grupos poblacionales, muchos de los cuales vienen de América Latina y que, ya fuera por los procesos políticos mismos de sus países, la búsqueda de mejores oportunidades económicas o su deseo de encajar con la población mayoritaria, resultaron respaldando a esta corriente política que, en muchos casos, los desprecia por completo, así sean útiles para llevar a cabo actividades que otros ya no quieren hacer. Muchas de estas personas, por cierto, han sufrido las consecuencias de las persecuciones que el gobierno de Trump ha impulsado contra algunos inmigrantes, mediante acciones, sin duda cargadas de prejuicios, en las que grupos de hombres uniformados del ICE detienen, al mejor estilo de la SS nazi (las paradojas de la vida) a quienes tengan cierto aspecto físico o determinadas características, cometiendo un montón de arbitrariedades que, por supuesto, se trasladan a sectores de la sociedad que no necesitaban mucho impulso para dejar en evidencia su racismo. Por eso, no es gratuito que los supremacistas blancos, los grupos neonazis y los fanáticos cristianos hayan encontrado en Trump a alguien que valida sus miradas, sin duda, excluyentes de la sociedad, lo que se suma a la promoción de la venta de armas, el individualismo extremo y la desconfianza hacia los demás, y complementa, con ese sector ultrarreligioso que desprecia un modelo educativo laico y pretende instaurar uno en el que la lectura de la biblia sea el único parámetro a seguir.
Total, para Trump y otros como él, lo único que realmente importa es el dinero y el poder, y no hay lugar para percepciones diferentes, pues hará hasta lo imposible por conseguir sus fines, sin importar si se pasa por encima de cualquier tipo de derecho que se tenga establecido y, por supuesto, de las personas que los encarnan, demandan o buscan visibilizar. Con Trump, quien, por cierto, fue condenado en 2024 por un juzgado de Nueva York por delitos relacionados con la falsificación de documentos, ya no importan ni el derecho internacional ni los derechos civiles ni la reciprocidad, y solo vale la ley del más fuerte, esa que reivindica al matón del colegio y ve a los demás como “perdedores” a los que solo les queda aceptar su sometimiento, so pena de sufrir peores consecuencias. Por eso, ha dicho cosas escandalosas como anexar a varios estados de Canadá o colonizar Groenlandia, y realmente son pocos los que le responden con firmeza. En este camino, Trump y los “halcones” que lo acompañan buscan, con una agenda intervencionista y de tintes fascistas, imponer su unilateral visión de la realidad y apoderarse de los recursos naturales de otros países mientras menosprecian a los demás (los llama, incluso, “países de mierda”), así se pasen por la faja los pactos y acuerdos internacionales establecidos, al punto de humillar al que necesita ayuda, o si no que Zelensky, el presidente de Ucrania, diga lo contrario.
Trump, el multimillonario empresario hotelero y dueño de numerosos casinos, que resultó convertido en político, en gran parte por los cambios que han generado las redes sociales que le han dado oportunidades a aquellos que más duro hablen y, en ese camino, más insulten y barbaridades digan, ha sido elegido dos veces Presidente (en 2016 y 2024) del aún hoy país más poderoso del mundo (así ya le anden respirando en la nuca). Su estilo de gobernar, sin duda despótico, ha generado una serie de consecuencias que se manifiestan en el asalto al Capitolio en 2021, en el que una turba de sus seguidores desconoció el resultado de las elecciones que Trump perdió cuando intentaba reelegirse por primera vez con el demócrata Joe Biden, denunciando un fraude que jamás existió, destruyendo las instalaciones, amedrentando a quienes allí se encontraban y promoviendo, incluso, un golpe de Estado que finalmente no se dio. Su talante autoritario, violento y retardatario, es un ejemplo para quienes aplauden la arbitrariedad, el matoneo y la violencia.
Eso sí, Trump tiene algo que podría considerarse positivo y es que dice de frente lo que muchos de sus antecesores, que también tienen muchas acciones cuestionables en su haber, apenas sugerían escudados en esas manidas palabras de “libertad” y “democracia”, siempre tan manipuladas al vaivén de intereses particulares en las que, al menos en el marco de las relaciones internacionales, muy pocos creen hoy en día como una apuesta real. Es que Trump dice sin vergüenza alguna que llevará a cabo lo que el Imperio ha hecho siempre: imposiciones, bloqueos, sanciones, invasiones bajo pretextos mentirosos (¿se acuerdan de las armas de destrucción masiva que supuestamente había en Irak?), deposición de presidentes legítimos (me acuerdo de Árbenz en Guatemala, Allende en Chile y Bishop en Granada) y violencia. Y lo hizo diciendo que lo que realmente le interesa de Venezuela es el petróleo, ese que señala pertenecer realmente a Estados Unidos, pero que Venezuela habría robado, por cierto, no con la llegada del chavismo, sino mucho antes, es decir, cuando el ese entonces progresista Carlos Andrés Pérez decidió nacionalizarlo en los años setenta.
Con Trump, las denuncias que siempre hicieron sectores de la izquierda, como el mismo Hugo Chávez, sobre los intereses golpistas de Estados Unidos de sus territorios son una realidad evidente, aunque, al parecer, ya no importa que eso se sepa, pues la verdad, al menos mediáticamente, hace mucho dejó de ser relevante, siendo ahora más válida la “percepción” particular que cada quien tenga, sobre todo con base en sus propios sesgos, sean los que sean. Con Trump, el imperialismo cada vez más cargado de expresiones fascistas con sus cuestionables métodos, que tampoco eran un secreto, han quedado desnudos, pero eso a él y a otros como él, tampoco les importa.
El “Cartel de los Soles”: la farsa de la “Guerra contra las Drogas”
Las acusaciones contra Nicolás Maduro de ser un poderoso narcotraficante que dirige estructuras delincuenciales (y “terroristas”, como las calificó recientemente el gobierno de Trump), como el “Cartel de los Soles” y el “Tren de Aragua”, obedecen a las mismas excusas de siempre en el contexto de usar al narcotráfico como mecanismo de presión política de la lógica imperial de Estados Unidos. La “Guerra contra las Drogas” impulsada por el país que mayor cantidad de sustancias psicoactivas consume en el mundo, tanto en términos absolutos como relativos, es la misma farsa de siempre en la que se acusa de narco a todo aquel líder político que no les guste a los gobiernos de Estados Unidos. Por eso, ya es tradición que altos funcionarios gubernamentales estadounidenses pretendan denunciar las supuestas relaciones entre poderosos narcotraficantes, esos mismos que con efectismo, las agencias estadounidenses denominaron como “carteles de la droga”, al mando de “jinetes de la cocaína” y “enemigos de la seguridad nacional” que “envenenan a la juventud”, con los dirigentes de procesos políticos “rebeldes” (o caídos en desgracia) en lugares como Cuba, Nicaragua, Bolivia y más recientemente, Colombia y Venezuela. Eso sí, si el gobernante es de su agrado, no hay empacho en hacerse los de la “vista gorda”, llegando, incluso, a indultarlos, como ocurrió con el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, quien estaba condenado en Estados Unidos a 45 años de prisión por facilitar el tráfico de 400 toneladas de cocaína, pero fue liberado para ayudar a elegir en su país a un candidato del gusto de Trump (con lo cual la farsa queda en evidencia, ¿o no les parece?).
Y es que Donald Trump, quien disimula menos que sus antecesores, está ejecutando una nueva etapa de esa “Guerra contra las Drogas”, lanzando acusaciones a diestra y siniestra (sobre todo, siniestra) contra Maduro, ubicando grandes buques militares cerca de las costas venezolanas (lo cual ya había hecho por primera vez en 2019), confiscando barcos petroleros y bombardeando pequeñas embarcaciones cargadas, presuntamente, con cocaína (aunque Trump dijo que tenían también fentanilo, dejando en evidencia su tremendo desconocimiento del tema). Asimismo, no ha tenido empacho en acusar al presidente de Colombia Gustavo Petro de ser “líder del narcotráfico”, no porque tenga pruebas al respecto (repito, eso no importa), sino porque es una manera de amenazar a quien ha cuestionado en la propia Nueva York, sede de Naciones Unidas, las acciones estadounidenses de apoyo al gobierno de Israel en el genocidio cometido en la franja de Gaza contra el pueblo palestino. Por eso mismo, Petro fue “castigado” al ser ubicado en la “Lista Clinton” (que es realmente la “Lista Biden”, aunque se parece a la otra) al cuestionar sus políticas de “Paz Total” y el crecimiento de cultivos de coca en Colombia, sin reconocer, vale decir, los altos resultados en decomiso de cocaína y destrucción de laboratorios de procesamiento de estas sustancias. De hecho, los señalamientos de Trump no tienen en cuenta que Colombia, que ha seguido casi sin chistar las políticas prohibicionistas impuestas por Estados Unidos, es el principal productor de cocaína desde hace 50 años (y el primer productor de hoja de coca desde hace 30), sin importar el presidente de turno. Pero es que, como ya se dijo, eso no importa, pues Petro no es un gobernante de la cuerda de Trump, por lo que este último, después de lo que le pasó a Maduro, ha intentado amedrentarlo señalándolo de “tener fábricas de cocaína” y diciéndole que “se tiene que cuidar el trasero”; todo un signo de los nuevos tiempos en los que las formas diplomáticas ya no existen.
Claro que, mientras tanto, Trump y sus funcionarios no se preguntan (o se hacen como que no es con ellos) por qué Estados Unidos ha sido incapaz en casi 60 años de “Guerra contra las Drogas” de frenar el consumo de sustancias en sus habitantes, pues asumen que todo es culpa de unos malvados agentes extranjeros que solo quieren hacer el mal. Mientras tanto, esas fallidas políticas prohibicionistas han contribuido a ampliar el consumo, abrir nuevos mercados y presentar una mayor oferta de sustancias, al tiempo que la cocaína, ante el auge de drogas muy agresivas, como el fentanilo, genera mucha menos preocupación frente a la crisis de salud pública que existe hoy en día en ese país, aunque sigue siendo útil para presionar internacionalmente a los demás.
Es evidente que desde Venezuela sale una buena cantidad de cocaína de origen colombiano, pero es más claro que esta sale por muchos otros lugares (Ecuador, Paraguay, Argentina, Brasil, Panamá, Honduras, Guatemala y El Salvador, entre otros), incluso en mayor volumen, pero Estados Unidos no ha tildado a los presidentes de esos países de narcotraficantes o de dirigir a un gran cartel de las drogas. De hecho, la acusación, impulsada por la oposición venezolana, la DEA y el gobierno de Estados Unidos, a los integrantes del gobierno de Venezuela, de Maduro para abajo, de ser los líderes de un tal “Cartel de los Soles” es otro ejemplo de esa lógica imperial en la que se arman casos, montan entrampamientos y presiona con acusaciones de narcotráfico como excusa para lograr objetivos específicos.
Claro que no hay duda de que en Venezuela funcionarios de distinto nivel, incluso del más alto, han estado involucrados desde hace muchos años en el tráfico de cocaína proveniente de Colombia, y que hay antiguos integrantes del gobierno chavista condenados que confesaron varios de esos hechos, pero eso no es una prueba de que existe un “cartel” organizado al mejor estilo de los viejos carteles colombianos de Cali o Medellín (también llamados así por la DEA), sino que pone en evidencia que ha habido funcionarios corruptos que, como en otros lugares, facilitan esas actividades para lucrarse, parcial o permanentemente, con los movimientos de cocaína que, ante la gran demanda, que no cesa, y la prohibición, que garantiza su alto precio, existen por territorio venezolano hacia diferentes lugares del mundo.
Mejor dicho, si lo del “Cartel de los Soles” fuera cierto, pocos países podrían salir abantes, incluyendo Colombia, que produce y saca la mayor cantidad de cocaína en el mundo, en el que siempre ha habido casos de políticos, militares y policías involucrados en actividades de tráfico de drogas ilegalizadas, en alguno de sus diferentes eslabones. De hecho, los casos de Flavio Buitrago y Mauricio Santoyo, antiguos jefes de seguridad de Álvaro Uribe Vélez cuando era Presidente y que fueron condenados por sus actividades de narcotráfico son solo un ejemplo, entre muchos más, de esta situación evidente, pero nadie en el gobierno de Estados Unidos quiso tildar a Uribe Vélez, un político del agrado de los funcionarios gringos, sobre del que internamente se han dicho muchas cosas al respecto (pero esa es una historia que hoy no contaré), de dirigir un “cartel de las drogas”.
En esta vía, el mismo Trump, quien ha sido dueño de casinos, constructor de grandes complejos habitacionales y hasta banquero no debería declararse libre de pecado, porque ese dinero de las drogas se ha movido por todas partes y a algunos les ha convenido mirar para otro lado.
Es entonces la lógica imperial, en este caso, lo que manda la parada con un interés evidente: el petróleo, pues Venezuela cuenta con las más grandes reservas petroleras del mundo y, en un escenario de disputa, cada vez más férrea por la supremacía económica y política mundial, las fuentes energéticas son fundamentales para mantener, al menos por mayor tiempo, un modelo económico y una preminencia que ha manifestado fuertes signos de acercarse a una profunda crisis. A Trump claramente no le interesa la lucha contra las drogas que, por su misma ilegalidad, genera millonarios dividendos, pero obviamente sabe que sirve como “caballito de batalla” para presionar a otros países y conseguir que se plieguen a sus objetivos. Así, Trump acusó a Maduro de narco, lo sacó del poder y, sin duda alguna, se va a adueñar del petróleo venezolano, como bien lo anunció, y todo sin ruborizarse siquiera un poquito.
Un precedente que cambiará muchas cosas
La operación para capturar, secuestrar y sacar a Maduro del poder es, desde todo punto de vista, cuestionable. Obviamente, es entendible que algunas personas, tanto en Venezuela (donde las manifestaciones han sido pocas, pues hay cautela esperando a ver qué pasa), como en otros lugares del mundo, se muestren exultantes de alegría por lo que pasó, pues las esperanzas de que se tumbara a ese régimen que, a pesar de algunos logros iniciales, llevó a una gran crisis humanitaria y a una represión permanente, eran realmente muy pocas. Al tiempo, los sectores más extremos de la derecha mundial, que jamás han sido pro-democracia, así digan lo contrario, manifiestan su regocijo sin cuestionar ni por un segundo los métodos y las acciones utilizadas. Sin embargo, para quien tenga algo de sentido de las cosas, lo que hizo Trump constituye un muy peligroso precedente, pues pasó por encima de cualquier norma del derecho internacional, la soberanía de otros países e incluso la misma Constitución Política de Estados Unidos, demostrando que puede hacer lo que quiera sin sufrir consecuencia alguna. Esto, como ya se dijo, es el signo de los nuevos tiempos, en el que las formas, así sean hipócritas, frente a consensos generales, se quedaron atrás y ahora solo hay espacio para los ataques personales, la imposición del más fuerte contra el más débil y la arbitrariedad de quien cree tener la razón, si eso sirve a unos intereses bien particulares (en este caso, el de controlar los campos petroleros venezolanos), que no son los de toda una nación, sino los de un grupo específico que intenta usar y abusar del poder lo que más pueda.
Mientras tanto, los muchos espectadores en todo el mundo opinan de todo, generalmente con poca información, mucho sesgo y mínima idea de lo que pasa, siendo el gobierno de Donald Trump (aunque también el de Nicolás Maduro, valga decir) un ejemplo de ignorancia, fanatismo, poca empatía hacia el contradictor y mucha agresividad frente a cualquier tema, como un círculo vicioso del que no se sabe su origen, pero sí sus consecuencias. Y es que hoy en día no importa la verdad, los hechos concretos o, sobre todo, el testimonio de un experto que pueda dar una mirada más profunda e informada, sino el relato del sátrapa de turno que puede decir y hacer lo que se le dé la gana y pasar por encima de cualquier cosa, si así lo desea, pues nadie, ni las instancias internacionales, ni las cancillerías del mundo, ni las organizaciones de la sociedad civil, ni la ONU —cada vez más expuesta en su incapacidad—, lo va a impedir.
Eso sí, vale recalcar que lo que también genera la invasión a Venezuela es que le da patente de corso a otros para actuar de la misma manera. Así, Rusia, al mando de Vladimir Putin, podrá hacer lo que se le dé la gana en Ucrania; la hoy poderosísima China podría meterse en Taiwán, si así lo decide, e Israel, como ya se ha visto, continuará haciendo lo que quiera en la franja de Gaza, condenando a la población palestina a un genocidio rechazado y condenado por muchos, pero que sigue ejecutándose, a pesar de los muchos llamados para que cese.
Una lógica peligrosa que puede terminar muy mal
Lo que pasó en Caracas, esa ciudad donde aún suenan Oscar D´León, Reynaldo Armas, Luis Silva, Ensamble Gurrufío, Gualberto Ibarreto, Los Melódicos, la Billo´s y la Serenata Guayanesa (y mucho vallenato, por cuenta de la migración masiva de colombianos en los setenta y ochenta), genera muchas preguntas que aún no tienen respuesta clara.
La gente en Venezuela, por supuesto, está expectante y no sabe todavía qué hacer ni cómo comportarse, pues todavía hay una tensa calma, tal vez en un estado de incredulidad que pocos se atreven a expresar con tranquilidad sobre lo que esperan que suceda. Claro que, hay que decirlo, se deja ver cierta esperanza de que las cosas mejoren y eso, sea como sea, no deja de ser positivo. Obviamente, también hay temor, pues no son del todo claro las posibles reacciones que en diferentes sectores se puedan presentar, incluso, disputándose el control del gobierno, que sigue en manos del chavismo.
En el resto del mundo, por el contrario, todo el mundo opina de acuerdo con su sesgo político particular, el cual sirve para justificar o rechazar lo que pasó. Hay también, por supuesto, varias celebraciones y a muchos no les importa que Trump haya dejado claro que lo que le interesa es el petróleo venezolano, dejando en evidencia que todo lo demás fue una simple excusa. Pero también hay incertidumbre sobre lo que lo que ha anunciado el mismo Trump, de preparar una transición, que, ojalá, no resulte convirtiéndose en algo peor.
Eso sí, sigue siendo muy rara la manera en que capturaron a Maduro y lo sacaron del país, sobre todo porque la estructura del chavismo continúa gobernando, con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta, y, sobre todo, el poderoso Diosdado Cabello, en el poder (quienes, desde hace mucho tiempo, han sido señalados de ejercer verdaderamente el poder en Venezuela). Incluso, no han faltado lo que afirman que todo estaba previamente cuadrado con Maduro y que las explosiones y bombardeos fueron la puesta en escena, con muertos incluidos, para que todo pareciera “real”, aunque no creo que eso haya sido así. También, resulta curioso que el mismo Trump haya descartado en una rueda de prensa las opciones de la flamante Premio Nobel de la Paz María Corina Machado (quien, no hay que olvidar, parecía mostrarse favorable a una intervención estadounidense en Venezuela), al no considerarla relevante para la “transición política”, pues considera que “no es respetada en su país”. Todo esto lleva a pensar que Maduro, quien sin duda había sido infiltrado desde hace rato, fue traicionado por algunos de sus compañeros, varios de los cuales están en el más alto nivel del aparato estatal.
Y mientras tanto, Donald Trump continúa reviviendo la vieja doctrina Monroe (o “Donroe”, como él le dijo, porque quiere que todo tenga que ver con él) sobre el antiguo “patio trasero” de Estados Unidos, buscando, por ejemplo, intervenir en las elecciones de varios países latinoamericanos. Ya lo hizo en Ecuador, un país antes muy pacífico que vive una tremenda crisis; también en Honduras, con indulto de expresidente incluido, y, sin duda, lo hará en Colombia, donde, al parecer, tiene muchos intereses de que no haya algún tipo de continuidad del gobierno actual. Además, ha lanzado múltiples comentarios hostiles, tanto a la presidenta de México Claudia Sheinbaum, a quien señaló de “no gobernar”, y, sobre todo, al presidente Gustavo Petro, lo que hace que los comicios que se vienen en el país estén aún más cargados de tensión. Y en el escenario de polarización extrema que se vive, hay candidatos presidenciales y otros políticos —y sus seguidores— que parecieran desear que a Petro le pase lo mismo que a Maduro, así no haya ninguna razón para eso, mientras ofrecen un tapete rojo a Trump para que haga lo que se le dé la gana (lo cual es vergonzoso, aunque, como se ha dicho, eso ya tampoco importa).
Si bien la situación en Venezuela era muy complicada, con un gobierno ilegítimo que cometió fraude electoral y se había transformado, ya desde hacía rato en una dictadura, la invasión estadounidense se tiene que cuestionar bajo todo punto de vista, sobre todo por los precedentes que deja. De hecho, muchos de los que hoy siguen y aplauden a Trump y sus violentas acciones, no solo en su política exterior, sino en sus actuaciones internas, no se dan cuenta de que pertenecen a esos sectores de la población, y a países, que este desprecia. Por eso, como enseñó el poeta popular, siempre hay que denunciar al tiburón y sus acciones, aunque sin negar a esos tiburones más pequeños que al final resultan devorados por uno más grande (el que “nunca duerme”) que ladrando violentamente (este tiburón ladra) les dice a todos que tienen que alinearse con sus intereses o sufrir las consecuencias. Además, como una trágica paradoja, puede pasar —ya ha pasado— que muchos de los que celebran la caída de Maduro en las calles de las ciudades de Estados Unidos resulten siendo capturados por el ICE y deportados de forma agresiva.
Sí, el régimen venezolano, transformado en dictadura, era —es— terrible y su legitimidad, que alguna vez realmente existió, estaba en entredicho por su abuso del poder, pero la manera en que Estados Unidos se metió, bombardeó, asesinó, irrespetó la soberanía, violó todas las normas del derecho internacional y se llevó a Maduro, es tremendamente cuestionable. Y es que el problema de estar felices con la arbitrariedad y las decisiones de un sátrapa, porque “el fin justifica los medios” (y sí, que sacó del camino a otro sátrapa), es que de pronto un día esas acciones terribles sustentadas en esa misma lógica nos llegarán a nosotros y ahí no habrá nadie que nos defienda o, al menos, nos dé la razón.
* Petrit Baquero es autor de los libros El ABC de la Mafia. Radiografía del Cartel de Medellín (Planeta, 2012); La Nueva Guerra Verde (Planeta, 2017), y Las Guerras Esmeralderas en Colombia (Planeta, 2025).