El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cien años de Fidel Castro: “El último ‘monstruo sagrado’ de la política internacional”

Hoy se cumple el centenario del nacimiento de uno de los personajes más polémicos de la historia de Latinoamérica. Fragmentos de “Fidel Castro. Biografía a dos voces” (sello editorial Debate, 2010).

Ignacio Ramonet * / Especial para El Espectador

13 de agosto de 2026 - 09:00 a. m.
Fidel Alejandro Castro Ruz fue un político revolucionario marxista y abogado cubano que ejerció el poder ejecutivo en su país durante casi 50 años, como primer ministro entre 1959 y 1976 y presidente de 1976 a 2008. Nació el 13 de agosto de 1926, en Birán, y murió el 25 de noviembre de 2016 en La Habana. Esta foto fue tomada el 3 de septiembre de 2010, mientras Castro daba un discurso en la Universidad de La Habana.
Foto: AFP - ADALBERTO ROQUE
PUBLICIDAD

Cien horas con Fidel

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

Daban las dos de la madrugada y llevábamos horas conversando. Nos hallábamos en su despacho personal del palacio de la Revolución. Una pieza austera, amplia, de techo alto, con anchos ventanales cubiertos por cortinas de color claro que dan a una gran terraza desde donde se divisa una de las principales avenidas de La Habana. Adosada a la pared del fondo, una inmensa biblioteca y, delante de ella, una larga y maciza mesa de trabajo repleta de libros y de documentos. Todo muy ordenado. Dispuestas en las estanterías o sobre mesitas a ambos extremos de un sofá: una figura en bronce y un busto del «apóstol» José Martí, así como una estatua del «Libertador» Simón Bolívar, otra del mariscal Antonio José de Sucre y un busto de Abraham Lincoln.

En un rincón, realizada con alambre, una escultura del Quijote a lomos de Rocinante. Y en las paredes, además de un gran retrato al óleo de Camilo Cienfuegos, uno de sus principales lugartenientes en la Sierra Maestra, tres documentos enmarcados: una carta autógrafa de Bolívar, una foto dedicada de Hemingway exhibiendo un enorme pez espada («Al doctor Fidel Castro, que clave uno como éste en el pozo de Cojímar. Con la amistad de Ernest Hemingway»), y una foto de su padre, don Ángel, llegado de su lejana Galicia hacia 1895.

Sentado frente a mí, alto, corpulento, con la barba ya casi blanca y su impecable uniforme verde olivo de siempre desprovisto de toda condecoración, sin un asomo de cansancio pese a lo tardío de la hora, Fidel contestaba con calma. A veces en voz tan baja, como susurrada, que apenas lo alcanzaba a oír. Estábamos a finales de enero de 2003 y empezaba la primera serie de nuestras largas conversaciones que me harían regresar de nuevo a Cuba varias veces en los meses siguientes, y hasta diciembre de 2005.

La idea de este diálogo había surgido un año antes, en febrero de 2002. Yo había ido a La Habana a dar una conferencia en el marco de la Feria del Libro. También estaba allí Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001. Fidel Castro me lo presentó diciendo: «Es economista y norteamericano, pero es lo más radical que he visto jamás. A su lado, yo soy un moderado». Nos pusimos a hablar de la globalización neoliberal y del Foro Social Mundial de Porto Alegre, del que yo acababa de llegar. Quiso saberlo todo, los temas en debate, los seminarios, los participantes, las perspectivas… Expresó su admiración por el movimiento altermundialista: «Se ha levantado una nueva generación de rebeldes, muchos de ellos norteamericanos, que utilizan nuevas formas, métodos distintos de protestar, y que están haciendo temblar a los amos del mundo. Las ideas son más importantes que las armas. Menos la violencia, todos los argumentos deben emplearse para enfrentar la globalización».

Como siempre, a Fidel le salían ideas a borbotones. Stiglitz y yo lo escuchábamos impresionados. Tenía una visión global de la mundialización. Analizaba sus consecuencias y los medios para hacerles frente, con argumentos de una modernidad y de una audacia que ponían de relieve esas cualidades que muchos biógrafos han subrayado en él: su sentido de la estrategia, su capacidad para «leer» y valorar una situación concreta, y su rapidez de análisis. A todo ello se añadía la experiencia acumulada en tantos años de gobierno, de resistencia y de combate.

Escuchándolo, me pareció injusto que las nuevas generaciones no conocieran mejor su trayectoria, y que, víctimas inconscientes de la constante propaganda contra Cuba, tantos amigos comprometidos con el movimiento altermundialista, sobre todo los más jóvenes, en Europa, lo consideren a veces como un hombre de la guerra fría, un dirigente de una etapa superada de la historia contemporánea y que poco puede aportar a las luchas del siglo XXI.

Para muchos, y en el seno mismo de la izquierda, Cuba suscita hoy recelos, críticas y oposiciones. Y aunque en América Latina la Revolución cubana sigue provocando entusiasmo en los movimientos sociales y en muchos intelectuales, en Europa es objeto de controversias. Un tema apasionado que fragmenta y divide. Cada vez resulta más difícil encontrar a alguien —a favor o en contra de la Revolución cubana— que, a la hora de hacer un balance, consiga dar una opinión serena y desapasionada.

Yo acababa de publicar un breve libro de conversaciones con el subcomandante Marcos, el héroe romántico y galáctico de los zapatistas mexicanos. Fidel lo había leído y le había interesado. Le propuse al comandante cubano hacer algo parecido con él, pero de mayor amplitud. Él no ha escrito sus memorias, y es casi seguro que, por falta de tiempo, ya no las redactará. Sería, pues, una suerte de «biografía a dos voces», un testamento político en forma de conversación, un balance oral de su vida hecho por él mismo al alcanzar los casi ochenta años, y cuando se ha cumplido más de medio siglo desde aquel ataque al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en julio de 1953, donde, en cierta medida, empezó su epopeya pública.

No ad for you

Pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la historia y en la leyenda. Fidel es uno de ellos. Es el último «monstruo sagrado» de la política internacional. Pertenece a esa generación de insurgentes míticos —Nelson Mandela, Ho Chi Minh, Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Carlos Marighela, Camilo Torres, Mehdi Ben Barka— que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Como miles de intelectuales y de progresistas a través del mundo, y entre ellos hasta los más brillantes, esa generación pensaba con sinceridad que el comunismo anunciaba un porvenir radiante, y que la injusticia, el racismo y la pobreza podían ser extirpados de la faz de la Tierra en pocos decenios.

En aquella época, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, en más de medio planeta se sublevaban los pueblos oprimidos. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y una buena parte de Asia seguían dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras, las naciones de América Latina, en teoría independientes desde hacía siglo y medio, permanecían explotadas por minorías privilegiadas, y a menudo sojuzgadas por crueles dictadores (Batista en Cuba, Trujillo en República Dominicana, Duvalier en Haití, Somoza en Nicaragua, Ydígoras en Guatemala, Pérez Jiménez en Venezuela, Stroessner en Paraguay…), instalados en el poder y amparados por Washington.

No ad for you
Uno de los encuentros de Fidel Castro con el periodista Ignacio Ramonet entre 2003 y 2005.
Foto: Archivo Particular

Fidel escuchó mi propuesta con una sonrisa leve, como medio divertido. Me miró con ojos maliciosos, y me preguntó con ironía: «¿De verdad quiere usted perder su tiempo charlando conmigo? ¿No tiene cosas más importantes que hacer?». Por supuesto, le contesté que no. Decenas de periodistas de todo el mundo, y entre ellos los más célebres, llevan años esperando la oportunidad de conversar con él. Para un profesional de la prensa, ¿qué entrevista más importante puede haber que el diálogo con una de las personalidades históricas más significativas de los últimos sesenta años? ¿No es acaso Fidel Castro el jefe de estado que más tiempo lleva ejerciendo su cargo? A título de comparación, recordemos que el mismo día —el 8 de enero de 1959— que Fidel, entonces con treinta y dos años, después de haber vencido al ejército de Batista, entró victorioso en La Habana, en Francia el general De Gaulle tomaba posesión de su cargo de primer presidente de la V República.

Fidel Castro ha tenido que lidiar nada menos que con diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones personales y a menudo amistosas con algunos de los principales líderes que marcaron la marcha del mundo después de 1945 (Nehru, Nasser, Tito, Jruschov, Olof Palme, Willy Brandt, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, Mitterrand, Jiang Zemin, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, Nelson Mandela, etcétera). Y ha conocido a algunos de los principales intelectuales, artistas y personalidades de nuestro tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway, Graham Greene, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Oswaldo Guayasamín, Henri Cartier-Bresson, Oscar Niemeyer, Julio Cortázar, José Saramago, Gabriel García Márquez, Claudio Abbado, el comandante Cousteau, Harry Belafonte, Angela Davis, Jesse Jackson, Danielle Mitterrand, Costa-Gavras, Gérard Depardieu, Dany Glover, Robert Redford, Jack Nicholson, Steven Spielberg, Eduardo Galeano, Maradona, Oliver Stone, Noam Chomsky y muchísimos otros).

No ad for you

Bajo su dirección, su pequeño país (cien mil kilómetros cuadrados, once millones de habitantes) ha podido conducir una política de gran potencia a escala mundial, llegando incluso a echarle un pulso a Estados Unidos, cuyos dirigentes no han conseguido derribarlo, ni eliminarlo, ni tan siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana.

La Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar en octubre de 1962 a causa de la actitud del gobierno estadounidense que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba, cuya función era, sobre todo, defensiva y disuasiva para impedir un nuevo desembarco como el de 1961 en la bahía de Cochinos, realizado esta vez directamente por los estadounidenses con el objetivo de derrocar el régimen cubano.

No ad for you

Desde 1960, Estados Unidos lleva a cabo una guerra económica contra Cuba y le imponen unilateralmente, a pesar de la oposición cada vez más viva de la ONU, un devastador embargo comercial (acentuado en la década de 1990 por las leyes Torricelli y Helms-Burton, y reforzado de nuevo por la Administración Bush en mayo del 2004), que obstaculiza su normal desarrollo y contribuye a agravar la difícil situación económica, con consecuencias trágicas para sus habitantes.

Estados Unidos prosigue, además, una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las potentes Radio Martí y Televisión Martí, instaladas en la Florida para inundar la isla de propaganda como en los peores tiempos de la guerra fría. Las autoridades estadounidenses, a través, en ocasiones, de oficinas pantalla —como la National Endowment for Democracy (NED), una «ONG» creada por Ronald Reagan en 1983—, financian en el extranjero a grupos que difunden propaganda hostil a Cuba.

No ad for you

Por ejemplo, según la agencia de prensa norteamericana Associated Press, en 2005 la NED distribuyó 2,4 millones de dólares a organizaciones que militan en Europa por un cambio de régimen en Cuba. Por otra parte, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que depende directamente del Gobierno de Estados Unidos, ha entregado, desde 1996, más de 65 millones de dólares a grupos comprometidos contra Cuba con base, principalmente, en Florida. En mayo de 2004, la administración Bush creó un fondo suplementario de 80 millones de dólares destinado a reforzar la ayuda a estos mismos grupos. Decenas de periodistas en diferentes lugares del mundo son pagados por difundir informaciones inventadas contra Cuba.

Una parte de estas sumas sirven para subvencionar a varias organizaciones terroristas hostiles al régimen cubano —Alpha 66 y Omega 7, entre otras—, que tienen sus bases en Florida, donde poseen campos de entrenamiento y desde donde envían regularmente a la isla comandos armados para cometer sabotajes y atentados, con la complicidad pasiva de las autoridades estadounidenses. Cuba es uno de los países que más víctimas de atentados ha tenido (cerca de tres mil quinientos muertos y dos mil lisiados de por vida) y que más ha sufrido por el terrorismo en los últimos cuarenta años.

No ad for you

Despreciando la soberanía de Cuba y considerando que la isla es, por así decirlo, un «asunto interno», Washington no dudó, en 2005, en nombrar un «coordinador para la transición en Cuba», Caleb McCarry (anteriormente destinado en Afganistán).

El 10 de julio de 2006, un informe de la Comisión de Ayuda para una Cuba Libre, copresidido por la secretaria de Estado Condoleezza Rice y el secretario de Comercio Carlos Gutiérrez, reclamó que se hiciera todo lo necesario «para que la estrategia de sucesión del régimen de Castro no se vea coronada por el éxito». El documento, que fija el montante de la subvención de Estados Unidos a sus aliados del interior de la isla —esos que el escritor norteamericano Ernest Hemingway, en un contexto muy diferente, calificaba de «quinta columna»— en más de 62,8 millones de euros, precisa que estas sumas serán remitidas directamente a los «disidentes», que serán entrenados y recibirán equipos y material.

No ad for you

Se trata de una injerencia innegable de una gran potencia para desestabilizar un pequeño país y, a la vez, de un verdadero «beso de la muerte» para los opositores. Porque, como ha subrayado el presidente del Parlamento cubano Ricardo Alarcón, «mientras exista esa política, habrá cubanos implicados que conspiren con los americanos, que acepten su dinero, y […] no conozco ningún país que no califique semejante actividad como un delito». Con mayor motivo aún si se piensa que el «plan» americano incluye un «anexo secreto […] por razones de seguridad nacional» para garantizar su «realización efectiva». En materia de «medidas secretas», la historia de América Latina —desde el Chile de Salvador Allende a la Nicaragua de los sandinistas— no permite ninguna ingenuidad. De lo que se trata aquí, sin duda, es más bien de una «guerra secreta».

A pesar de los ataques tan persistentes por parte de Estados Unidos y de los seiscientos intentos de asesinato fomentados contra él, Fidel Castro nunca ha respondido haciendo uso de violencia. Desde hace cuarenta y ocho años, no se ha producido en Estados Unidos un solo acto violento promovido por Cuba. Fidel Castro declaró, al contrario, después de los odiosos atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, que «su actitud en contra nuestra no disminuye en nada el profundo dolor que sentimos por las víctimas de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Hemos dicho en muchas ocasiones que, cualesquiera que sean nuestras relaciones con el Gobierno de Washington, nunca saldrá nadie de Cuba para cometer un atentado en Estados Unidos». Y añadió también: «Que me corten una mano si alguien encuentra aquí una sola frase dirigida a mancillar al pueblo norteamericano. Seríamos una especie de fanáticos ignorantes si fuésemos a echar la culpa al pueblo americano de las diferencias entre nuestros dos gobiernos».

No ad for you
La portada de “Fidel Castro. Biografía a dos voces” (sello editorial Debate, 2010).
Foto: Cortesía Penguin

Como reacción ante las agresiones constantes venidas de fuera, el régimen ha preconizado en el interior del país la unión a ultranza. Ha mantenido el principio del partido único, y a menudo ha sancionado con severidad las discrepancias aplicando a su manera el viejo lema de san Ignacio de Loyola: «En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición». Por eso, el informe anual de 2006 de Amnistía Internacional critica la actitud del gobierno en materia de libertades (libertad de asociación, libertad de opinión, libertad de movimiento) y recuerda que en Cuba «siguen encarcelados unos setenta presos de opinión». Sea cual fuere la causa, se trata de una situación que no se justifica. Como tampoco se justifica la aplicación de la pena de muerte, hoy día suprimida en la mayoría de los países desarrollados (con las notables excepciones de Estados Unidos y de Japón). Ningún demócrata puede aceptar la existencia de presos de opinión y el mantenimiento de la pena capital.

Los informes críticos de Amnistía Internacional no indican, sin embargo, que existan en Cuba casos de tortura física, de «desapariciones», de asesinatos de periodistas, crímenes políticos o manifestaciones reprimidas con violencia por la fuerza pública. Tampoco se ha registrado ningún levantamiento popular desde 1959. Esos mismos informes señalan, en cambio, que en algunos estados de la región que no despiertan la atención de los grandes medios de comunicación —como Guatemala, Honduras, El Salvador, República Dominicana, y también México, por no hablar de Colombia—, mujeres, sindicalistas, opositores, periodistas, sacerdotes, magistrados, alcaldes y líderes de la sociedad civil siguen siendo impunemente asesinados, sin que estas violaciones ordinarias de los derechos humanos susciten ningún tipo de emoción mediática internacional.

No ad for you

A ello habría que añadir, en estos países y en la mayoría de los países pobres del mundo, la violación permanente de los derechos económicos, sociales y culturales de millones de ciudadanos, la escandalosa mortalidad infantil, la escasa esperanza de vida, el hambre, el analfabetismo, los sin techo, los sin empleo, los excluidos del sistema sanitario, los mendigos, los niños de la calle, los barrios de chabolas, la droga, la criminalidad y toda clase de delincuencias; fenómenos, todos ellos, desconocidos o casi inexistentes en Cuba. Igual que es inexistente el culto oficial de la personalidad. Aunque la imagen de Fidel está muy presente en la prensa, en la televisión y en las calles, no existe ningún retrato oficial ni hay ninguna estatua, moneda, avenida, edificio o monumento dedicado a Fidel Castro ni a ninguno de los líderes vivos de la Revolución.

A pesar del incesante hostigamiento exterior, este pequeño país, apegado a su soberanía, ha obtenido resultados muy notables en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil,elevación del nivel cultural general… En cuestiones de educación, de salud, de investigación médica y de deporte, Cuba ha alcanzado niveles que muchos países desarrollados envidiarían.

No ad for you

***

¿Qué ocurrirá cuando desaparezca, por causas naturales, el presidente cubano? Es obvio que se producirán cambios, ya que nadie en la estructura de poder (ni en el Estado, ni en el Partido, ni en las Fuerzas Armadas) posee su autoridad. Una autoridad que le confiere su cuádruple carácter de teórico de la Revolución, jefe militar victorioso, fundador del Estado y estratega, desde hace cuarenta y ocho años, de la política cubana. Algunos analistas vaticinan que, como ocurrió en Europa del Este después de la caída del Muro de Berlín, el régimen actual será muy pronto derrocado. Se equivocan. Y son víctimas del mismo espejismo que los neoconservadores norteamericanos, que se autointoxicaron con la convicción de que todos los regímenes autoritarios sin excepción eran solo fachadas huecas que iban a derrumbarse al primer golpe, convicción que, como es sabido, ha conducido a Estados Unidos a la trampa afgana y al cenagal iraquí. Es muy poco probable que asistamos en Cuba a una transición semejante a la de Europa oriental, donde un sistema impuesto desde el exterior y detestado por una parte importante de la población se desmoronó en muy poco tiempo.

Antes de sentarnos a trabajar en la quietud, la penumbra y el silencio del despacho personal de Fidel Castro —ya que una parte de las entrevistas se filmaba para un documental—, quise conocer un poco mejor, en proximidad, al personaje, descubrirlo en sus quehaceres diarios, en su manejo de los asuntos cotidianos. Hasta entonces sólo había conversado con él en breves encuentros profesionales sobre temas muy precisos: con ocasión de reportajes en la isla o de mi participación en algún congreso o algún evento como el ya mencionado de la Feria del Libro de La Habana. Él aceptó la idea, y me invitó a acompañarlo durante varios días en diversos recorridos, tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador).

No ad for you

Durante todo ese tiempo, a bordo de su vehículo oficial, un pesado Mercedes negro blindado de los años ochenta —con una metralleta rondando por el suelo—, en su avión presidencial, un vetusto Ilyushín Il-18 soviético —un modelo que dejó de fabricarse en 1970—, o también caminando, almorzando o cenando, conversamos sobre las noticias del día, sobre sus experiencias pasadas y sus preocupaciones presentes, sobre todos los temas imaginables, y sin grabadora. Yo reconstruiría luego esos diálogos, de memoria, en mis cuadernos, ya que habíamos convenido que él podría releer y enmendar sus respuestas antes de la publicación.

Descubrí así un Fidel íntimo, casi tímido, muy bien educado y afable, que presta atención a cada interlocutor y habla sin afectación. Con modales y gestos de una cortesía un poco anticuada que le vale, a veces, el calificativo de «último caballero español». Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores, a sus escoltas, y sin emplear nunca una palabra más alta que la otra. Nunca le oí dar una orden. Pero ejerce una autoridad absoluta en su entorno. Por su aplastante personalidad. Donde está él, sólo se oye una voz: la suya. Él es quien toma todas las decisiones, pequeñas o grandes. Aunque consulta con las autoridades políticas que dirigen el Partido y el Estado, y se muestra muy respetuoso con los procedimientos de toma de decisión colectiva, en última instancia es él quien toma la decisión final. No hay nadie, desde la muerte de Che Guevara, en el círculo de poder en el que se mueve, que tenga un calibre intelectual comparable al suyo. En ese sentido, da la impresión de ser un hombre solo. Sin amigo íntimo, ni socio intelectual de su talla.

No ad for you

También es un hombre que vive, por lo que pude apreciar, de manera modesta, austera, casi espartana: lujo inexistente, mobiliario sobrio, comida sana, frugal, macrobiótica. Hábitos de monje-soldado. La mayoría de sus enemigos admiten que figura entre los pocos jefes de Estado que no se han aprovechado de sus funciones para enriquecerse.

Apenas duerme cuatro horas y, de vez en cuando, una o dos horas más en cualquier momento del día. Su jornada de trabajo, siete días a la semana, suele terminar a las cinco o las seis de la madrugada, cuando despunta el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada para ir a participar, cansado pero sonriente, en una «reunión importante»… Es también un gran madrugador. Viajes, desplazamientos, reuniones, visitas e intervenciones se encadenan sin tregua, a un ritmo intenso. Sus asistentes —todos jóvenes, de unos treinta años, y brillantes—, al final de la jornada, acaban molidos. Se duermen de pie, agotados, incapaces de seguir el ritmo de este infatigable señor de ochenta años.

No ad for you

Fidel reclama notas, informes, cables, noticias de la prensa nacional y extranjera, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, resultados de encuestas de opinión nacionales… Continuamente hace y recibe llamadas con el móvil de su asistente personal, Carlitos Valenciaga. De una curiosidad infinita, no cesa de pensar, de cavilar, de animar a su equipo de asesores. Siempre alerta, en acción, «conspirando» a la cabeza de un pequeño estado mayor —el grupo que constituyen sus asistentas y asistentes —, librando una batalla nueva. Rehacer la Revolución una y otra vez. Nada más contrario a él que el dogma, el precepto, la regla, el sistema, la verdad revelada. Es el antidogmático por antonomasia. Un transgresor instintivo y, aunque parezca obvio decirlo, un rebelde permanente.

Ver a Fidel Castro en acción resulta apasionante. Es contemplar la política en marcha. Siempre con ideas, pensando lo impensable, imaginando lo inimaginable. Con una creatividad que hay que calificar de genial. En este sentido podría decirse de él que es un creador político, como otros son creadores en el campo de la pintura o de la música. Incapaz de concebir una idea que no sea descomunal, su atrevimiento mental es espectacular.

No ad for you

Una vez discutido y aprobado un proyecto, ningún obstáculo lo detiene. «La intendencia seguirá», decía el general De Gaulle. Fidel piensa igual. Dicho y hecho. Cree con pasión en lo que está haciendo. Su entusiasmo mueve las voluntades. Debe de ser eso el carisma. Las palabras se transforman en realidades. Dice a menudo: «Son las ideas las que transforman el mundo, como las herramientas transforman la materia».

Antes de su accidente de salud del 26 de julio de 2006, Fidel Castro era, a pesar de su edad, un hombre dotado de un físico impresionante, de elevada estatura (1,85 m), atlético y robusto. Sobre los numerosos visitantes que recibe, a menudo extranjeros, el comandante cubano ejerce una poderosa atracción, y sabe utilizar, como los grandes actores, su innegable seducción.

No ad for you

Brillante y barroco, tiene una necesidad visceral de comunicar con el público. No ignora que una de sus cualidades principales es la palabra, con la que convence y persuade. Sabe como nadie captar la atención de un auditorio, mantenerlo subyugado, electrizarlo, entusiasmarlo y provocar tempestades de aplausos. No hay espectáculo comparable al del Fidel Castro orador. Siempre de pie, balancea el cuerpo, palmea el micrófono, hace retumbar su voz, marca largos silencios, fija los ojos en la multitud, agita los brazos como un desbravador, alza su dedo índice y apunta al público de pronto amansado. Pues bien cierto es, como afirma el ensayista español Gregorio Marañón, que «un gran orador de masas debe tener gestos de domador».

El escritor Gabriel García Márquez, que lo conoce bien, relata así su modo de dirigirse a las multitudes: «Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo».

No ad for you

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Ignacio Ramonet (1943) es un periodista español catedrático de teoría de la comunicación establecido en Francia. Autor de varios libros y durante años catedrático en la Universidad Denis Diderot, ha dirigido la edición española de “Le Monde diplomatique”.

Por Ignacio Ramonet * / Especial para El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.