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Cuando descubrimos que el propietario del apartamento donde vivimos en Tokio con mi pareja es un actor del teatro kabuki especializado en papeles de mujer, nuestra conducta de inquilinos empezó a sufrir modificaciones importantes. Nuestro interés por las artes escénicas japonesas creció y estudiamos los inicios del kabuki en el siglo XVII. (Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Compramos entradas para ver una función en un sitio privilegiado con la vaga esperanza de que nuestro arrendador nos hiciera un guiño cómplice desde el escenario con uno de sus ojos maquillados.
Aprendimos que la invención del kabuki se atribuye a una bailarina llamada Okuni y que, muy pronto, las actrices fueron desterradas del escenario por alternar su trabajo actoral con la prostitución.
Nació así una especialidad llamada onnagata (forma de mujer) que suele recurrir, como en el caso de nuestro propietario, a hombres heterosexuales de complexión menuda entrenados desde muy temprana edad para imitar la gestualidad, la voz y las actitudes de una japonesa tradicional.
Los dueños de nuestro apartamento viven en el piso de abajo y hasta enterarnos del inusual trabajo del marido, veíamos al Sr. M. como un hombre elegante que paseaba por el barrio agarrado de la mano de su esposa, una actitud rara para las parejas niponas, poco dadas a exteriorizar su afecto.
Ni su forma de caminar, ni de mover sus manos, revelaba su capacidad de transformarse en una pícara geisha que coquetea con los samurais y participa de divertidas situaciones con una actitud natural capaz de engañar a quien ignore su condición masculina.
El día de la función, la esposa del Sr. M. vino a nuestro asiento y nos indicó cuáles serían los momentos clave de las cuatro horas de representación, para la cual está permitido traer comida.
La obra era una historia de humor, amor, lealtad y malentendidos cuyo argumento podría haber sido escrito por Miguel de Cervantes para sus Novelas Ejemplares. Quedamos admirados y ahora, cada vez que nos saludamos en el garaje o en el supermercado, no dejamos de sentirnos orgullosos de nuestro vínculo con la cultura tradicional local.
La última vez que me encontré con su mujer, que vestía de pantalones, lleva el pelo corto y tiene casi la misma estatura (y como sucede con muchos matrimonios cincuentones, ha empezado a parecerse a su cónyuge), tuve la sospecha de que era en realidad el Sr. M.
Comenté con mi compañera la posibilidad de que, como ejercicio de perfeccionamiento, el Sr. M. se apropie de la personalidad de su esposa y se aventure de vez en cuando a pasear solo por el barrio.
La idea, por supuesto, le pareció descabellada, pero yo me reservo el beneficio de la duda.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.