En un viaje reciente por el Japón que poco a poco se despuebla, un colega y yo nos enteramos de que en un pueblo habitado en su mayoría por ancianos acababa de nacer un bebé. (Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre la cultura japonesa).
Supimos del nacimiento gracias a dos funcionarios de la alcaldía y decidimos darle valor de hito histórico en un pueblo que ha perdido más de diez mil personas en los pasados veinte años y tiene hoy 1.400 habitantes. Numerosos estudios hablan del pesimismo por el futuro del medioambiente y la precariedad laboral, para explicar la reticencia de muchos jóvenes japoneses a formar su propia familia.
En ese contexto, el recién nacido era, además, un símbolo de esperanza. Pedimos a los funcionarios que nos presentaran a la afortunada pareja para felicitarla y preguntarles de paso por qué no habían emigrado como los demás. Con el argumento de que enviar dos periodistas constituía una forma de presión, los funcionarios declinaron la petición. “Solo les podemos decir que se llaman los Sato”, afirmaron con timidez.
Después de tocar sin éxito a cuatro puertas, confirmamos que la investigación sobre el terreno tendría el carácter de incierta ruleta dada la condición desértica del pueblo. Nos habían informado que más de quinientas casas estaban vacías. En las calles no circulaba un alma y los automóviles que transitaban eran todos vehículos de paso.
En el único restaurante del pueblo preguntamos a un grupo de señoras mayores que charlaban animadas, por nuestro recién nacido. Negaron tener conocimiento de la buena nueva y una de ellas sugirió preguntar en una tienda cercana. “Allí venden pañales”, dijo servicial y aguda.
Compramos una chuchería y en el momento de pagar le preguntamos al empleado si conocía a los Sato y la cara se le iluminó. Salió a la calle y señaló en la distancia detrás de una colina un techo negro que en una película de misterio podría ser la imagen premonitoria de que algo no va a salir bien.
Al llegar volvimos a encontrar casas vacías. El sonido de los timbres que tocábamos resonaba en las montañas magnificando la desolación.
Finalmente, en una casa vieja apareció una señora con apariencia de haberlo visto todo en esta vida y nos explicó que en el pueblo casi la mitad de los habitantes se apellidaba Sato. Sin mentir y sin quedar mal, los funcionarios se habían sacado de encima a dos ingenuos extranjeros. Buscamos en la escuela y en la guardería, pero nadie nos supo dar razón.
Concluimos que tener un hijo en el Japón vacío puede ser un afortunado acontecimiento que la gente respeta y atesora como una parte íntima de su monótona existencia.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.