Un laboratorio apropiado para sentir las olas de calor que recorren el mundo y constatar las reacciones de al menos 150 nacionalidades distintas es la Expo de Osaka 2025, que acaba de entrar en su segunda mitad y terminará el 13 de octubre. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El evento internacional, cuyo lema principal es “Diseñando la sociedad del futuro para nuestras vidas”, se perfila como un éxito financiero y de reputación, según dicen sus organizadores.
Construidas sobre una isla artificial, las 155 hectáreas de la Expo se benefician de brisas frecuentes similares a las que recibiría un barco en permanente cabotaje frente a la bahía de Osaka.
El viento refrescante, sin embargo, tiene un efecto nimio para quienes hacen cola a 34 o más grados bajo el sol durante dos o tres horas para ver un dibujo original de Leonardo da Vinci que el pabellón de Italia promueve, con el característico ingenio comercial de los descendientes de Marco Polo, como si fuera una oportunidad única en la vida para acercarse a la genialidad.
Las colas para los restaurantes más populares, como el de Arabia Saudí o el de España, son un desfile de sombrillas, un accesorio diseñado para producir un misericordioso trozo de sombra y que muchos sureños del mundo creíamos relegado a complemento infaltable de las damas decimonónicas en las historias de Marcel Proust o en las películas de Luchino Visconti.
Un invento reciente cada vez más popular es un ventilador del tamaño de una máquina de afeitar eléctrica que se sostiene frente a la cara como un micrófono.
Los pabellones muestran sus programas para reducir la contaminación o explican cómo su economía azul usa los recursos oceánicos para el crecimiento económico de forma responsable.
Para ayudar a aminorar el calentamiento global usan pantallas gigantes led (sigla en inglés de diodos emisores de luz) supuestamente lo más ecológico en formatos visuales expositivos que existe.
Los participantes de países árabes visten largas túnicas blancas, los africanos pasean en prendas de algodón de colorido exquisito y los americanos, y los americanizados del mundo, recurren al ubicuo atuendo de pantalón corto, camiseta y zapatos deportivos o sandalias.
Hay máquinas vendedoras de refrescos por todas partes y estaciones expendedoras de agua fresca que uno puede recibir gratis si lleva su propia botella.
A la entrada de muchos pabellones es posible bañarse en la brisa húmeda de los pulverizadores de agua que por unos segundos cubren de vapor blanco el ambiente.
Pero de vez en cuando alguien se desvanece y llegan los servicios de socorro. Y se lo llevan acostado en una camilla, en una lección elocuente del avance imparable del calentamiento global que toca aprender.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.