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Torre de Tokio: celestina digital

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

15 de agosto de 2026 - 09:00 p. m.
Promoción de la aplicación japonesa de citas románticas Bachelor Date.
Foto: Gonzalo Robledo
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Las aplicaciones digitales para conseguir cónyuge ayudan a muchos japoneses a encontrarse y han suplantado un sistema medieval de presentaciones familiares muy usado hasta la primera mitad del siglo XX. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).


“No busques, solo espera”, dice el eslogan de Bachelor Date (Citas para solteros), una exclusiva plataforma que pregona eficiencia y garantiza encuentros semanales.

El sistema aplica filtros de inteligencia artificial calcados de los criterios más tradicionales para formar parejas: la foto es el requisito clave para las mujeres, y el salario y la posición social son el rasero predominante para ellos.

Su texto promocional promete rigurosos estándares de privacidad: no revela la identidad de sus usuarios y solo permite que se vean los rostros cuando se encuentran, casi siempre en una cafetería o lugar público de alguna sosegada zona residencial.

“Mi sobrina ha conocido cinco candidatos en dos meses”, dice la señora Miho, una amable vecina que accede a compartir el caso de la hija de su hermano, una profesional de las telecomunicaciones que ronda los treinta años. Por ser mujer, la sobrina de la señora Miho tiene acceso gratuito a la plataforma.

En cada reunión estudia con ojo clínico a su interlocutor pues, aunque decida que no es su futuro marido, está obligada a entregar una puntuación que determina la reputación del candidato para futuras citas. Si la pareja acepta seguir conectada a través de sus cuentas digitales, la cita fue un éxito y hay posibilidad de, como mínimo, un nuevo encuentro. En caso contrario se despiden para siempre con una educada reverencia.

En su juventud la señora Miho recurrió varias veces al omiai, un sistema de casamenteros que se remonta a la era Kamakura (siglos XII al XIV), cuando se practicaban matrimonios estratégicos entre familias de samuráis, cortesanos y nobles para consolidar alianzas de linaje.

Aunque en la segunda parte del siglo pasado la práctica decayó, la señora Miho encontró a su marido después de entregar fotos suyas en quimono, tomadas por un profesional, a un profesor de su universidad que las distribuyó entre conocidos con hijos en edades compatibles.

Las familias de ambas partes se conocían en un hotel o restaurante y la búsqueda de pareja era un gasto constante en cenas, peluquería, alquiler de quimonos y transportes.

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Aplicaciones como Bachelor Date han abaratado el mecanismo y, aunque perpetúan los criterios patriarcales de siempre, para la señora Miho se han convertido en una fuente de información.

Cada vez que su sobrina finaliza una cita, le envía un texto donde resume la personalidad, las virtudes, los defectos y las posibilidades del nuevo pretendiente. No ha encontrado mejor forma de estar al día con los sentimientos de la nueva generación.

*Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

Por Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

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