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Para inculcar a los japoneses el gusto por el churrasco argentino, un empresario porteño, llamado Ricardo N., empezó a servir en su restaurante de Tokio unos filetes descomunales que eran tan caros y tuvieron tan poca acogida que, después de un año, optó por ofrecer comidas rápidas de su tierra, como las empanadas y el choripan. (Lea acá más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Con la intención patriótica de mostrarle al mundo el genuino churrasco, Ricardo ponía a cada comensal unos cuatrocientos gramos de carne en formato de veinte centímetros de extensión y casi 4 centímetros de altura, una cantidad equivalente al consumo semanal de un japonés solo.
Su tozudez me vino a la memoria a propósito de un reciente intercambio de correos electrónicos con Ernst Higa, un consultor hawaiano famoso por haber convertido el archipiélago nipón a la pizza norteamericana.
Lo que para muchos fue una hazaña comercial, tuvo lugar a finales del siglo pasado.
Antes de empezar, Higa estudió los gustos culinarios y las costumbres sociales niponas.
Su primer reto resultó ser el enorme tamaño de la pizza original que su cliente, la cadena Domino’s Pizza, insistía en mantener por formar parte de la fórmula que había tenido éxito en el mercado americano.
“En EE.UU. se gana el cliente con la cantidad. Todo es ‘super-size’ (tamaño súper). En Japón se satisface al cliente ofreciéndole mejor calidad”, me dijo Higa para explicar por qué perseveró y logró que le dejaran reducir los tamaños de las pizzas y aumentar los ingredientes.
“Como al consumidor japonés le gusta la variedad y se aburre pronto, aumenté de 12 a 38 ingredientes y añadí sabores inusuales para el consumidor americano de pizzas de ese entonces, como los calamares y la salsa teriyaki”.
El credo de Higa, que en su momento tal vez hubiera salvado el negocio original de Ricardo, es “pensar global y actuar local”.
Lo atribuye al fundador de Sony, Akio Morita (1921-1999) y dice que gusta de añadirle al final “…pero no te vuelvas nativo”.
Definir qué elementos conservar es tan crucial como decidir cuáles adaptar, concluye. Ricardo, con su entusiasmo, no tuvo en cuenta que para un oriental acostumbrado a proporciones menores, ver un filete del mismo grosor de la mesa lo podía intimidar.
Restaurantes que vinieron después ofrecieron tamaños y grosores más acordes a los estómagos locales que, con la occidentalización de la dieta, toleran mejor los tamaños americanos.
La aventura de Ricardo vendiendo choripan duró algunos años y los latinos que conocimos su negocio inicial nos quedamos con la frase “querer venderle un churrasco entero a quien come con palillos” como una versión íntima del pragmático y romano consejo “Donde fueres, haz lo que vieres”.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.