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La milenaria costumbre de componer mensajes usando dibujos, presente en los jeroglíficos egipcios o mayas, tiene su continuidad en los emoji, una serie de iconos nacidos en Japón a finales del siglo pasado y que, gracias a los teléfonos inteligentes y la estandarización digital, figura hoy en la conversación diaria de miles de millones de personas. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Los primeros emoji se atribuyen al diseñador Shigetaka Kurita, empleado de la telefónica NTT DoCoMo y creador en 1999 de un catálogo de 176 figuras cuadriculadas (corazones, paraguas, soles o caras), pensadas como pictogramas funcionales para mensajes breves.
Por considerarlos el origen de un fenómeno estético y de comunicación crucial para la era digital, en 2016 los emoji fueron incluidos en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Aunque emoji puede sugerir semejanzas con “emoción”, el término está compuesto de las palabras japonesas e (imagen) y moji (carácter), y está instalado en muchos idiomas junto a términos de la cultura popular nipona como manga, anime, otaku o karaoke.
Los emoji de Kurita evolucionaron, se internacionalizaron y se reprodujeron y, desde 2010, bajo la regulación de un consorcio californiano llamado Unicode, llegaron a las grandes plataformas tecnológicas del mundo.
Los diseños más recientes los producen empresas como Apple, Google o Meta, y hoy el catálogo ronda las 3.790 unidades.
Existe una Emojipedia, un repositorio digital que documenta significados y donde se puede confirmar la connotación sexual que en ciertos contextos se le da al emoji de la berenjena y o del melocotón.
La gran difusión del emoji ha motivado estudios pioneros en disciplinas tan dispares como las ciencias de la computación, la lingüística, la semiótica y el derecho. Una decisión jurídica histórica tuvo lugar en 2023 en un tribunal de la provincia canadiense de Saskatchewan donde un juez determinó que el emoji de la mano con el pulgar levantado👍equivalía a una firma.
El magistrado obligó al propietario de una granja a reconocer que al usarlo como respuesta única a la fotografía de un contrato en un mensaje de texto que le había enviado la empresa South West Terminal, había aceptado los términos de la transacción. Aunque el emisor del emoji argumentó que solo había confirmado la recepción del contrato, el juez examinó el historial de los negocios entre ambas partes, y su forma de comunicarse, y concluyó que el pictograma era equivalente a los “Sí” y “OK” que usaban habitualmente.
El litigio generado por un dibujo de apariencia inocente convenció a muchos que aún creían que los emoji eran un simple adorno, de su importancia como parte indisoluble de la comunicación contemporánea.
De paso demostró cómo la evolución humana mira a su infancia para aprender.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.