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La vieja máxima “Los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, que como las empanadas o las bebidas fermentadas apareció en muchas culturas a la vez, fue recordada la semana pasada a raíz de la condena a cadena perpetua al asesino del exprimer ministro Shinzo Abe en Japón. (Lea acá más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El magnicida, Tetsuya Yamagami, aseguró que la razón de su crimen fue la estrecha relación de Abe con una religión coreana que sedujo a su madre para que le donara la fortuna familiar.
El grupo religioso fundado por Sun Myung Moon (1920-2012), y llamado la Iglesia de la Unificación, exige a los japoneses expiar con donaciones sus culpas por la colonización de la península coreana entre 1910 y 1945.
Abe era un político ultraconservador adepto al revisionismo histórico y se negaba a reconocer los excesos del Ejército Imperial nipón en los países vecinos de Asia, incluida Corea, en la primera mitad del siglo XX.
Para entender la paradójica pareja de un político nacionalista japonés y un grupo religioso coreano anti-nipón, Koichi Nakano, politólogo de la Universidad de Sofía en Tokio, me explicó el ancestral refrán aplicado a menudo por políticos en todo el mundo.
Tanto Moon como el abuelo de Abe, me dijo, eran enemigos acérrimos del comunismo y, pese a su divergencias, el odio hacia las ideologías de izquierdas fue la salsa secreta que amalgamó el agua y el aceite presentes en la improbable receta.
Cuando la Iglesia de la Unificación quiso abrir sedes en Japón, acababa de terminar la guerra de Corea y Moon venía de cumplir una condena en la que hoy es Corea del Norte y albergaba un ferviente sentimiento anticomunista.
En el Japón recién derrotado por Estados Unidos, el comunismo soviético y chino era una amenaza.
Moon encontró un socio ideal en un poderoso político del momento, el ex primer ministro Nobusuke Kishi, abuelo materno de Abe.
Kishi consiguió que los fieles de la Iglesia de la Unificación sirvieran en las campañas electorales de su Partido Liberal Democrático (PLD) y a cambio les ofreció protección política para los métodos coercitivos con los que conseguían donaciones y adeptos.
Tal apoyo otorgó ventaja competitiva al PLD y le ha permitido conservar el poder a lo largo de siete décadas, casi sin interrupciones.
La muerte de Abe, sin embargo, destapó la función de la secta en Japón y provocó indignación en la opinión pública.
Los políticos del PLD han tenido que renunciar a su ventajosa amistad pues ser amigos del grupo religioso se ha convertido en estigma.
Y como suele suceder con los amigos encontrados por ser enemigos de nuestros enemigos, tarde o temprano se vuelven, también ellos, enemigos.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.