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La historia de Donald Keene, traductor que pasó de descifrar diarios de soldados japoneses en la Segunda Guerra Mundial a ser el principal experto extranjero en la literatura nipona, suele citarse para demostrar que conocer al enemigo revela la humanidad compartida y hace inevitable la empatía. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Nacido en Nueva York en 1922 y fallecido en Tokio en 2019, Keene se ganó una beca para entrar a la Universidad de Columbia a los 16 años.
Encontró su vocación cuando en una librería de Times Square descubrió una traducción al inglés del clásico Historias de Genji, escrito por Murasaki Shikibu en el siglo XI.
En medio de la guerra que consumía a Europa encontró solaz en una narrativa lejana y decidió que aquella cultura misteriosa le ocuparía el resto de su vida.
Bajo de estatura, enjuto, tímido y más apto para las letras que para las armas, la Marina norteamericana le dio la oportunidad de servir a su país descifrando el idioma de un enemigo oriental cuya mentalidad escapaba a cualquier lógica conocida hasta entonces.
Los Servicios de Inteligencia enviaron a Keene al frente como traductor y la Oficina de Información de Guerra asignó a la antropóloga Ruth Benedict un estudio etnológico a distancia que con el título de El crisantemo y la espada (1946), se convertiría en la obra que fijó las metáforas sobre Japón más aceptadas en Occidente.)
Keene había perfeccionado sus conocimientos del idioma nipón en una escuela militar donde después de once meses pronunció su discurso de despedida en japonés.
Estados Unidos se había dado cuenta de la particularidad japonesa de permitir a sus soldados escribir diarios íntimos sin sospechar que constituían una invaluable fuente de detalles logísticos y psicológicos después de la captura o muerte de sus autores.
Keene pasaba horas escrutando la caligrafía apresurada de jóvenes calificados por la propaganda como “fanáticos” y se enteraba de sus reflexiones desgarradoras sobre el hambre extrema, el deseo de volver a ver a sus madres o los libros de literatura francesa que extrañaban leer.
Al terminar la guerra Keene enseñó japonés en Columbia, regresó con frecuencia a Japón y escribió, entre otros muchos libros, los cuatro tomos de su monumental Historia de la Literatura Japonesa.
Después del terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de Fukushima en marzo de 2011, se instaló de forma definitiva en el archipiélago.
En 2012, a los 89 años, se nacionalizó japonés. Adoptó luego a un músico local que rondaba los sesenta años, y que lo había acompañado gran parte de su vida, Seiki Uehara, asegurando así el legado de su apellido y habiendo cumplido la promesa de dedicar su vida a la cultura que lo cautivó.
*Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.