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Cuando supo que en japonés se usa la palabra inglesa stoic (estoico) para significar autocontrol, humildad y resiliencia, un profesor americano comentó que adoptar ese anglicismo en el país de los samuráis equivalía a reemplazar en español el término “macho” por algún vocablo camboyano o hindú. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo).
El estoicismo, filosofía práctica originada en la Grecia antigua y pregonada en la era actual por magnates del mundo tecnológico como Elon Musk y Bill Gates, contiene valores arraigados en la cultura japonesa como la austeridad y el minimalismo.
La conducta de los japoneses en el hogar, el colegio o la empresa gira alrededor de un principio estoico de origen budista denominado gaman, que exhorta a aguantar lo inaguantable con paciencia y dignidad.
Se enseña cada día en los parques infantiles de Tokio, donde las madres animan a sus niños a practicar el gaman para enmudecer después de una aparatosa caída, en un equivalente oriental de nuestro “no llore, sea macho”.
El ejemplo más vistoso de gaman en lo que va de siglo tuvo lugar en 2011 cuando, tras la triple tragedia de terremoto, tsunami y accidente nuclear en Fukushima, multitudes de supervivientes mantuvieron la compostura, se abstuvieron de saquear y formaron ordenadas colas para comprar los escasos productos que vendían las pocas tiendas que quedaron en pie.
Por instar a soportar el sufrimiento con paciencia y dignidad, el gaman pone en desventaja a quien lo practica cuando se enfrenta a un jefe despótico que magnifica el más mínimo error para justificar el abuso verbal y psicológico.
Invocar el gaman para aguantar en silencio el sermón vejatorio de un superior es una dura realidad en miles de empresas japonesas de todos los sectores, según me contó una productora amiga que trabajó con uno de los grandes canales televisión de Tokio. Durante dos años, su jefe la humillaba constantemente a gritos delante de sus compañeros por no cumplir peticiones imposibles. Cada vez, ella esperaba callada e impasible a que terminara la arenga.
Su jefe fue transferido y mi amiga atesoró el recuerdo de su largo suplicio como una lección de gaman digna de compartir con las generaciones venideras.
La comparé con Séneca, el estoico filósofo romano que por cumplir sin rechistar el mandato imperial de quitarse la vida, ha sido equiparado a un valeroso samurái.
Mi amiga, que había leído a Séneca, se mostró incómoda con la comparación y confesó que después de cada sesión de insultos salía corriendo a encerrarse en un inodoro para llorar y desahogarse dando manotazos contra la pared. Luego, me informó que Séneca predicaba la frugalidad y el desapego a las cosas materiales, pese a ser uno de los más famosos millonarios de su época.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.