Por estar poniendo flores en la tumba de Alberto Fujimori, el primer ministro japonés Shigeru Ishiba no pudo salir en la foto de los miembros de APEC en Lima, un error de protocolo que ayudó a poner el foco en la deferencia de la diplomacia nipona hacia el único mandatario peruano acusado, condenado y encarcelado por violaciones de derechos humanos en su país. (Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre la cultura japonesa).
Según los medios japoneses, el tráfico desde el cementerio de Huachipa, en las afueras de Lima, fue la razón de que el mandatario nipón no pudiera llegar a tiempo para el documento visual de la reunión con sus colegas del reciente foro de Cooperación Asia Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés).
El incidente se sumó a una serie de desafortunados gestos, triviales pero magnificados por la prensa japonesa por tener lugar dentro del encuentro multilateral de una zona que, según el mismo Ishiba señaló en un artículo publicado por el diario limeño El Comercio, abarca el 40% de la población del globo, y genera el 50% del volumen comercial y el 60% del Producto Interno Bruto mundial.
Los medios nipones y las redes sociales destacaron la falta de olfato diplomático de Ishiba cuando, en una pausa de las reuniones, ignoró a los demás jefes de Estado y se concentró en la pantalla de su celular.
Las televisiones repitieron con insistencia la imagen de Ishiba cuando ofrecía la mano a los mandatarios que se acercaban a saludarlo, incluida la anfitriona, la presidenta peruana Dina Boluarte, sin levantarse de su asiento.
La ofrenda floral a Fujimori fue destacada por el ministerio de Asuntos Exteriores japonés en su página web donde recuerda el asalto de 1996 a la residencia oficial del embajador japonés en Lima, y la liberación de los rehenes que “contribuyó al desarrollo de la larga relación amistosa entre Japón y Perú”.
Cuando Fujimori se exilió en Tokio, en noviembre del año 2000, se convirtió en un invitado de piedra en un país desacostumbrado a ofrecer refugio a políticos extranjeros, y más aún cuando dejan a su país ardiendo. La repetida petición peruana de extraditar a Fujimori para poder juzgarlo en Lima, fue rechazada en Tokio.
Japón respiró aliviado cuando encontró que podría cobijar al mandatario bajo la nacionalidad japonesa que le otorgaba su ascendencia nipona. Fujimori, sin embargo, siguió caldeando la política peruana con actitud beligerante y viajó a Chile, en 2005, convencido de que volvería a la presidencia y no a la cárcel.
Por ser Fujimori una figura política polémica, el homenaje de Ishiba involucra una cuestión fundamental que ahora deberán explicar los maestros peruanos de historia a sus estudiantes: ¿Qué tipo de legado estaba celebrando?
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.