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Torre de Tokio: Gabo nipón

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

08 de marzo de 2025 - 09:00 p. m.
Portada de "El otoño del patriarca" en la versión de bolsillo con portada del ilustrador japonés Ryuto Miyake.
Foto: Gonzalo Robledo
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Acaba de aparecer una nueva edición nipona de El otoño del patriarca, la obra con la que García Márquez vino a Tokio en 1990 para intentar convencer al cineasta Akira Kurosawa de hacer una película.

El nobel colombiano llegó como invitado ilustre del Gobierno japonés, acompañado de una comitiva que incluía a su esposa Mercedes y a su agente literaria, la legendaria catalana Carmen Balcells. El grupo había partido de España y, apenas despegó el avión, recibí una llamada de los servicios informativos de Televisión Española para avisarme, de manera precipitada y entusiasta, que Gabo viajaba para firmar un inminente contrato cinematográfico con Kurosawa. (Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Di instrucciones a mi equipo y nos preparamos para grabar el histórico apretón de manos y las declaraciones de los dos titanes atribuyéndose mutuamente el éxito de la futura empresa. Las reuniones con Kurosawa fueron muy discretas y el último día los dos acudieron al restaurante de un céntrico hotel para degustar una cena de sushi y despedirse.

Al terminar, Gabo apareció cordial pero contrariado, se plantó frente a nuestra cámara, señaló su rostro dilatado por el efecto del sake y nos dijo que no estaba en condiciones de aparecer en televisión y menos con una mala noticia.

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“Kurosawa me dice que está muy mayor para rodar la película en Colombia y no la ve como una adaptación al mundo japonés”, afirmó antes de despedirse con un apretón de mano tan repentino y efusivo que rompió un delicado lápiz japonés que yo tenía para tomar notas.

Atesoré el episodio y no volví a recordarlo hasta que un día viendo por quinta o sexta vez Kagemusha (1980), una de mis películas favoritas del director de Rashomon y Los siete samuráis, me di cuenta de una semejanza esencial con El otoño del patriarca.

En Kagemusha (traducido a veces como El guerrero de la sombra), Kurosawa narra la historia de un delincuente del Japón feudal que se parece mucho a un jefe militar del momento, Shingen Takeda, y es obligado a suplantarlo cuando el poderoso guerrero resulta mortalmente herido y pide ocultar su muerte durante tres años.

Al igual que Takeda, el anónimo dictador de García Márquez tiene un doble, llamado Patricio Aragonés, encargado de reemplazarlo en actos públicos y crear la ilusión de que puede aparecer en varios lugares al mismo tiempo.

Ambas obras contienen reflexiones sobre la artificialidad del poder, la manipulación política y el temor a la muerte. Es posible que a Kurosawa, a quien le quedaban ocho años de vida y dos rodajes más para completar 31 largometrajes, entrar en el argumento macondiano le pareciera una idea atractiva pero, sobre todo, redundante.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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Por Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

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