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De las muchas e ingeniosas etiquetas inventadas por los sociólogos japoneses para describir los fenómenos que afectan a sus paisanos, una de las más precisas, poéticas y desoladoras cataloga personas que, cansadas de vivir y no queriendo suicidarse, optan por desaparecer para siempre: los evaporados. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
La policía compila estadísticas anuales de personas de todas las edades que se esfuman de forma voluntaria por razones como violencia doméstica, deudas o fracaso escolar.
En 2021, de las 79.218 personas reportadas como desaparecidas 50.289 eran hombres y 28.929 mujeres. Una vez evaporados, lo habitual es iniciar una nueva y discreta biografía en un lugar distante. Cualquier intento de seguimiento es desalentado por una legislación que protege a rajatabla la privacidad e impide a bancos, empresas telefónicas o de tarjetas de crédito entregar información personal a terceras personas.
Evaporarse empezó a ser una alternativa frecuente al suicidio a finales del siglo XX, cuando la explosión de la llamada “burbuja económica” desató una cascada de quiebras corporativas e individuales.
El único evaporado que he conocido se apellidaba Asai, tenía unos sesenta años, provenía del norte de Japón y dormía debajo de un puente de Roppongi, en el centro de Tokio. Sobrevivía con una variada dieta internacional de sobras que le ofrecían al final de la noche los restaurantes franceses, italianos e hindúes del cosmopolita vecindario.
Aunque en mi entrevista reveló mucho de su presente y poco de su pasado, deduje que las principales razones para evaporarse fueron el desacuerdo marital y el agotamiento psicológico con su trabajo.
El alto número de desapariciones voluntarias en Japón se atribuye en parte a la llamada “cultura de la vergüenza”, una implacable presión social ejercida por familiares, vecinos, amigos o colegas sobre personas que incurrieron en una quiebra, un divorcio o un fracaso académico.
Muchos preparan su evaporación ayudados por un viejo manual que aún se vende en Amazon, donde se recomienda dejar un mensaje que implique la posibilidad del regreso, para desalentar de esa manera el inicio de una investigación policial.
Para completar el acto máximo de prestidigitación social, es necesario tener también cierto talento narrativo para fabricar una o varias biografías coherentes, estructuradas y convincentes. El relato que compartió conmigo el señor Asai incluía una escena en la que, tras ganar US$500 como jornalero en una obra, contrató un taxi que lo llevó hasta su pueblo natal.
Después de husmear por las ventanas de su casa y escuchar las voces de su esposa y sus hijos, y confirmar que todos estaban bien, se volvió a subir y regresó. Lo recuerdo cuando veo las estadísticas anuales y pienso en los casi ochenta mil nuevos dramas que cada año crean los evaporados.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.