Un diplomático europeo, con el que coincidí en un restaurante a la hora del almuerzo en Tokio, me comentó que había encontrado parecidos entre su oficio como representante de los intereses de su país y el de los empleados japoneses de las grandes empresas. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
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“Ambos trabajos conllevan una tremenda aversión al riesgo”, me dijo y enumeró una lista de razones que, en su profesión, incluían el temor a ocasionar crisis internacionales, dañar la reputación de su país, violar protocolos o arruinar su propia carrera.
“La enorme responsabilidad suele generar parálisis”, dijo cuando nos sirvieron la sopa. “También explica la pasividad de muchos enviados extranjeros que hacen el menor número posible de acciones para evitar meter la pata”. La prudencia exagerada es muy parecida, según su análisis, a la que inculca la empresa japonesa en sus empleados, otorgándoles puntos cuando no cometen errores.
Si lo habitual en las empresas occidentales es que los trabajadores empiecen desde cero y reciban puntos por realizar ventas fabulosas, en las firmas niponas se restan puntos por cada fracaso. Por eso, en Japón, la puntuación máxima es cero.
Aunque el pánico nipón al riesgo es una característica presente en la primera página de los manuales extranjeros para hacer negocios en Japón, nunca lo había escuchado descrito de una manera tan contundente.
Me explicó que el razonamiento lo había aprendido leyendo a Tim Romero, un analista norteamericano cuyo pódcast, titulado Disrupting Japan (algo así como Perturbando a Japón), desglosa las virtudes y los defectos del mundo corporativo japonés.
Para Romero, además del terror a equivocarse, el problema más grave de las empresas emergentes japonesas es el “glorioso fracaso”, un tipo de descalabro respetado porque en él se implican muchos empleados motivados por la unidad y el deseo de trabajar juntos, pese a que el objetivo sea utópico y las posibilidades de éxito nimias.
Durante la Segunda Guerra Mundial el ejército nipón libró enfrentamientos suicidas en los que desde un comienzo tenía todas las de perder, comparables con la célebre batalla de las Termópilas, donde un reducido contingente griego luchó pese a la apabullante ofensiva del enemigo persa.
Cuando llegaron los postres el diplomático se refirió de nuevo al pánico al error en su profesión y se declaró como la excepción a la regla. Había encontrado el perfecto equilibrio entre cautela e innovación y su eslogan era “pensar como un hombre de acción y actuar como un hombre de pensamiento”.
Lo felicité y le presté una pequeña cantidad en efectivo cuando su tarjeta de crédito no funcionó. Como poco después se marchó de Japón sin despedirse ni pagarme, catalogué el educativo e inolvidable almuerzo como mi “glorioso fracaso”.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.