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Dos aderezos muy populares en Occidente para aliñar conversaciones y conferencias: la ironía y el sarcasmo, causan fuertes indisposiciones entre los japoneses, gente para la cual pronunciar una frase opuesta a la que se quiere decir produce confusión, suspicacia y hasta enfado. “Aléjate de la ironía con los japoneses”, aconseja un manual para hombres de negocios en inglés hallado en la web. (Recomendamos: Más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Cita el episodio de un ingeniero de sistemas estadounidense que, agradecido con un colega japonés por haber detectado un error de programación letal para la reputación de la empresa, lo felicita tildándolo de “alborotador” (troublemaker).
Aunque le explicaron el retorcido elogio, el ingeniero japonés se consideró insultado, pues la muy codificada, exquisita y a veces anticuada urbanidad nipona rehúye cualquier indicio de descortesía en las conversaciones cotidianas.
En japonés, el término ironía se fusiona con sarcasmo y define palabras rudas y malintencionadas, usadas casi siempre para criticar de forma indirecta, burlarse o herir. Los profesores de idiomas extranjeros en Japón conocen bien la dificultad para hacer entender a sus estudiantes el uso frecuente de la ironía en español o en inglés para aligerar una situación difícil.
En las conferencias donde ofrecen traducción simultánea en Tokio, los intérpretes primerizos realizan sacrificadas acrobacias verbales y pierden tiempo precioso intentando transmitir al público japonés el humor irónico de los oradores extranjeros.
La ironía es un pasajero problemático, cuyo traslado entre culturas exige, además del dominio lingüístico, una bien desarrollada sensibilidad cultural y velocidad mental de relámpago para encontrar expresiones alternativas en el nuevo idioma.
A menudo requiere adaptar referencias culturales y encontrar un tono adecuado para garantizar un aterrizaje feliz en el idioma final.
Apremiados por la falta de tiempo y acostumbrados al enorme abismo cultural, los intérpretes veteranos no lo piensan dos veces y proceden sin pausa a comunicar el significado directo diciendo, en el caso del citado ingeniero americano, “excelente trabajo” en vez de “alborotador”.
Fuera del trato diario, la ironía japonesa vive y goza de buena salud. Uno de los pocos chistes japoneses que he podido entender, sin ninguna explicación, narra la insinuante, pero equívoca invitación de una atractiva jovencita a un fogoso pretendiente.
“El próximo fin de semana no va haber nadie en mi casa. Así que… ven. El ardoroso muchacho se presentó, raudo y perfumado, a la residencia de la muchacha, pero ella tampoco estaba”.
La viñeta me permitió confirmar que un idioma milenario, orgulloso de tener en su literatura la primera novela de la historia (Los cuentos de Genji, en el siglo XI), cultiva desde siempre la ironía y la esparce a lo largo y ancho de sus manifestaciones culturales, incluidos videojuegos, manga, ánime y chistes despiadados.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.