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Al terminar una entrevista para un artículo de una publicación japonesa sobre la vida nocturna en la España de finales del siglo pasado, el cómico catalán Eugenio invirtió los papeles y me empezó a interrogar sobre cómo era la vida en Japón. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Cuando le expliqué la meticulosidad extrema de sus habitantes en las facetas más minúsculas de la cotidianidad, se maravilló, dio una calada a su sempiterno cigarrillo y me dijo que tenía un chiste aplicable a esa característica que se puede considerar la mayor virtud, y al mismo tiempo, la más grande desventaja del pueblo nipón.
“Dígame un nombre típico de mujer japonesa”, inquirió y procedió a contarme la escena protagonizada por un hombre que en Barcelona busca con urgencia un bloc de notas y llega a la única papelería de la zona atendida por una pulcra y muy abotonada señorita japonesa llamada Hiroko.
Nada más escuchar que el cliente busca un bloc, Hiroko lleva a cabo un detallado cuestionario que empieza por determinar si el bloc es para hombre o para mujer.
—Los tenemos en gamas marrón, azul marino, rosado, bermellón… —le dice al apurado cliente. Tras aclarar que es para uso personal y que basta con un bloc azul, la solícita vendedora le pregunta si lo quiere rayado, cuadriculado, con renglón doble…
El hombre le especifica que le sirve uno de renglón simple. “Solo quiero escribir una carta”, le explica dando muestras de impaciencia. Hiroko asiente y le informa que dispone de blocs cosidos a mano, con grapas o encuadernados en espiral…
Ya molesto, el hombre le suplica que “por favor” le venda el primer bloc que tenga a mano.
Impertérrita, Hiroko intenta avanzar con su interrogatorio para identificar el producto ideal y le enumera varios tipos de papel, entre los que enumera el normal sin textura, uno extraligero o el sofisticado papel vegetal.
Cuando el cliente duda entre arrodillarse o salir corriendo, entra a la papelería un señor llevando en el hombro un inodoro blanco que descarga sobre el mostrador del negocio.
—Mire, señorita Hiroko. Yo mi trasero se lo enseñé ayer. El inodoro es este. Y el papel higiénico que quiero, es aquel, aquel de allá —dice, señalando la correspondiente estantería.
Pese al esperpéntico final, el episodio describe con exactitud una actitud japonesa habitual en muchas interacciones diarias en las que se evita a toda costa cometer un error, entregar un producto inadecuado o pecar de descuido. En Occidente pecamos de espontáneos y superficiales, y valoramos la venta más rápida sobre la más apropiada. Eugenio falleció en 2011 en Barcelona y yo atesoro su anécdota por inigualable y precisa para describir una idiosincrasia haciéndonos sonreír.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.