
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Para emular el trabajo de Jorge Andrés Colmenares, antropólogo colombiano, ciego y creador de guías sensoriales de varias ciudades, desgloso los olores de Tokio, una capital que hasta mediados del siglo pasado apestaba a caca humana y hoy huele a salsa de soya con azúcar, cemento, gasolina y flores de cerezo. A falta de acueductos y alcantarillas, los tokiotas reunían las heces familiares en una cuba de madera que se estacionaba por las noches en la esquina más próxima para su recolección. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
La hediondez a estiércol marcó la infancia de varias generaciones e incluso propició la epifanía homosexual más célebre de la literatura japonesa.
En su novela de 1949, Confesiones de una máscara, el escritor Yukio Mishima cuenta cómo su joven protagonista ve un recio muchacho de ojos vivaces y pantalones apretados transportando cubos de excrementos humanos y decide que ha encontrado el tipo de hombre que le perturbará por el resto de sus días. Hoy Tokio tiene acueductos y desagües en todos sus barrios y sus ciudadanos suelen ser obsesivos en su rechazo a los malos olores.
Si Jorge Andrés recorriera sus calles se maravillaría de que el trayecto matinal para ir al trabajo en metro, que en muchas capitales mundiales donde el baño diario no es una costumbre aúna perfumes de marca con rancios aromas orgánicos, en Tokio tiene esencias frutales de champú, camisas almidonadas y enjuague bucal.
Acostumbrado a llegar a las facultades de arte, de veterinaria o la cafetería de la Universidad Nacional de Bogotá siguiendo el olor a trementina, a caca de cabra o a mermelada caliente, Jorge Andrés tendría que empezar a conocer nuevos olores para orientarse en las calles de Tokio.
El primero sería la salsa de soya con azúcar, una mezcla omnipresente que marca el mediodía japonés de la misma manera que los ajos fritos en aceite de oliva anuncian la hora del almuerzo en los países mediterráneos o el cilantro divide en dos la jornada laboral bogotana.
Al pisar un tatami, Jorge Andrés se percataría de que la casa japonesa tradicional, además de higiénica por obligar a entrar sin zapatos, es cómoda y relaja con su olor a paja fresca y a césped.
Por el olor a polvo de cemento se daría cuenta de que Tokio no cesa de construir rascacielos, puentes, estaciones y viviendas para regocijo de empresas constructoras empeñadas en ignorar que el archipiélago se queda sin inquilinos y envejece sin parar.
Por eso la empresa de cosmética Shiseido investiga glándulas sebáceas y determina el olor de los ancianos japoneses para desarrollar fragancias que hagan llevadero el futuro de una capital donde el olor a viejo será el efluvio dominante.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.