“En este club de lectura los libros se diseccionan”, advierte David Carrión, jefe de biblioteca del Instituto Cervantes de Tokio, antes de que la escritora colombiana Juliana Javierre se dirija a los lectores japoneses de su novela Plaga. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El libro, publicado por Seix Barral, cuenta la historia de un pueblo fluvial llamado Sopinga donde una plaga de moscas desencadena una crisis sanitaria y moral.
Tomoko, una lectora de sesenta años, anota que la novela “no es apta para leer durante las comidas”; una educada referencia al persistente olor a excremento y a las descripciones de larvas, gusanos y sapos aplastados.
El escenario de la plaga es un pueblo donde la violencia racial y la violencia estatal comparten el mismo espacio. Pero también es el cuerpo de la protagonista, una adolescente negra llamada Emilia.
Entre los veinte miembros del Club de lectura del Instituto Cervantes que la leyeron, algunos la consideran “una metáfora de la vida en Colombia, con un atisbo de esperanza”.
La segunda novela de la autora, nacida en Pereira en 1993, ha sido descrita por la crítica especializada como “realismo sucio”. La contraportada cita su “estilo económico” y su “estética realista”.
Después de Polonia y Alemania, la de Japón es la tercera presentación de Plaga en países no hispanohablantes.
“En Japón, siento una conexión muy fuerte con los personajes. Esa necesidad de que se resuelva lo que sucedió con los desaparecidos o de querer saber más. ¿Qué pasó con la maestra?”, dice Javierre.
Plaga está compuesta de capítulos breves y espacios en blanco intercalados para “dar oxígeno”.
“La necesidad de ir retomando el aire en medio de todo ese asco que, por supuesto, era algo que yo quería transmitir”, reconoce.
Juliana Javierre habla de la ruptura de la sintaxis como un acto político que comparte con otras autoras colombianas.
“Entendimos que hay que romperlo todo para deconstruir. O sea, para hacer una casa donde quepamos diversos grupos que hemos sido dejados por fuera”, afirma.
Nombra como referentes la literatura fragmentaria de Vanessa Londoño y Andrea Salgado. Y se declara hija espiritual de Albalucía Ángel, autora de Dos veces Alicia a quien homenajeó titulando su primera novela Siete veces Lucía.
La embajada de Colombia en Tokio envió a Pablo Cardona, segundo secretario, para explicar que la lectura de Plaga en el Instituto Cervantes de Tokio coincide con la política oficial de incluir las narrativas del conflicto armado en la difusión cultural en el mundo.
A continuación, invitó a los participantes a una mesa a La Virginia, el municipio que dio origen a la Sopinga de la novela. Se materializó en una bandeja de empanadas y botellas de jugo de guayaba.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.