
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La primera visita al baño público japonés, donde al final del día los vecinos del barrio se lavan completamente desnudos, fue calificada por una amiga latinoamericana residente en Tokio como un acontecimiento que partió su biografía en dos. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Entrar al húmedo recinto y encontrar en la sección femenina a las empleadas del supermercado o a la vecina del piso de arriba charlando como Dios las trajo al mundo fue un momento traumático para quien en su vida adulta solo había sido vista sin ropa por su marido.
El estigma pecaminoso de la desnudez, común a quienes crecimos con el relato bíblico de las oportunas hojas de higuera tapando la vergüenza de Adán y Eva surgida con el pecado original, se le subió a la cabeza, le sonrojó las mejillas y se tradujo en un intenso bochorno. Pero cuando llegó a la alberca de agua caliente donde un grupo de mujeres sentadas y con los pechos al aire se ponían al día en las últimas noticias, fue recibida con tal naturalidad que su turbación se tornó en sorpresa.
Le indicaron con señas que antes de meterse al agua, debería ducharse. Se enjabonó, restregar su piel con una toalla pequeña que le habían dado a la entrada y se lavó el pelo con champú.
Una vez purificada se sentó y dejó que la alta temperatura del agua y el aroma a pino silvestre del recinto obraran el milagro de sosegar cuerpo y alma con el que millones de japoneses concluyen su tensa jornada laboral.
Pese a contar con duchas y bañeras en su casa, un alto porcentaje de japoneses participa del baño colectivo en su barrio, donde acceden al que para muchos es el único contacto social del día por el precio equivalente a un café con leche.
Después del baño iniciático en su barrio, mi amiga dejó atrás sus tabúes religiosos, consideró su pundonor malgastado y se dedicó a disfrutar en su traje de recién nacida de los abundantes baños termales distribuidos a lo largo de todo el archipiélago gracias a más de un centenar de volcanes activos. Se convirtió en una entusiasta evangelizadora de los beneficios físicos y mentales del baño a la japonesa y solo sufrió un serio revés cuando su sexagenaria madre estuvo de visita y se negó de forma rotunda a desnudarse delante de su hija.
La piadosa señora le recordó las estampas religiosas llenas de muchedumbres en cueros abrasadas por las llamas anaranjadas del infierno católico y sobre todo, confesó su horror a tener que mostrarle a su hija los estragos obrados en sus otrora firmes carnes por la implacable ley de la gravedad.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.