A finales del siglo pasado se difundió la noticia de un millonario japonés cuyo último deseo era ser incinerado junto a dos célebres pinturas compradas en subastas a precios exorbitantes: el Retrato del doctor Gachet, de Vincent van Gogh, y el Baile en el Moulin de la Galette, de Pierre Auguste Renoir. (Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre la cultura japonesa).
El antojo resultó ser una chanza familiar del magnate Ryoei Saito, quien solía decir a sus hijos que la única forma de eximirlos de los impuestos sobre su fabulosa herencia sería llevarse a la tumba los dos cuadros.
La faraónica intención fue publicada como noticia por un diario inglés que, al explicar que en Japón es costumbre incinerar a los muertos, sentenció a las dos obras maestras a la hoguera.
Saito fue noticia en mayo de 1990 cuando estableció un récord mundial de subastas al pagar a la casa Christie’s 82,5 millones de dólares por el cuadro de Van Gogh y 78,1 millones de dólares y por el de Renoir.
Cuando murió, en 1996, ya no era dueño de las obras, pues las deudas de su empresa, el fabricante de papel Daishowa, obligaron a sus acreedores a confiscar las célebres pinturas.
A partir de entonces, las obras iniciaron una incierta ruta y hoy su paradero es objeto de elucubraciones que incluyen la posible contratación de un detective por parte del Museo Städel de Munich para intentar localizar y recuperar el Van Gogh que había sido expropiado por el régimen nazi en los años treinta como parte de una campaña contra el “arte degenerado”.
Ryoei Saito se recuerda por no haber mostrado la obra a nadie, aparte de algún especialista francés. Su nombre simboliza el inicio de la transformación de las obras maestras del arte en instrumentos de especulación financiera durante la “burbuja económica” nipona, un período de inflación de precios en los años ochenta.
Tras el estallido de la burbuja, muchas obras fueron confiscadas o adquiridas por cantidades menores a las que habían costado y los almacenes de muchas instituciones financieras se convirtieron en depósitos ocultos del arte universal. La venta reciente en Nueva York de un plátano a un coleccionista chino, que tras pagar 6,2 millones de dólares convocó a los medios y se lo comió, confirma el papel de las casas de subastas en la distorsión del arte como actividad cultural.
El ostentoso gesto es además una perversa muestra de la indiferencia hacia problemas como la desigualdad o la falta de recursos en muchas partes del mundo e invita a recordar el titular del diario económico japonés Nikkei para informar en 1997 sobre la cantidad de obras maestras durmiendo en los almacenes de entidades financieras: “Van Gogh estará llorando”.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.