La Segunda Guerra Mundial dejó casi trece millones de niños muertos y, en 1945, solo en Bielorrusia vivían en los orfanatos unos veintisiete mil huérfanos, resultado de la devastación producida por la guerra en ese país. A finales de los años ochenta la premio Nobel Svetlana Aleksievich entrevistó a aquellos huérfanos, y estos testimonios componen un emocionante relato de una de las mayores tragedias de la historia.
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En lugar de prefacio…,
una cita: Entre 1941 y 1945, durante la Gran Guerra Patria, murieron millones de niños soviéticos: rusos, bielorrusos, ucranianos, judíos, tártaros, letones, gitanos, kazajos, uzbekos, armenios, tayikos… Revista mensual Druzhba naródov, 1985, n.º 5 …
y una pregunta de un clásico de las letras rusas:
Mucho tiempo atrás, Dostoievski formuló la siguiente pregunta: «¿Puede haber lugar para la absolución de nuestro mundo, para nuestra felicidad o para la armonía eterna, si para conseguirlo, para consolidar esta base, se derrama una sola lágrima de un niño inocente?». Y él mismo se contestó: «No. Ningún progreso, ninguna revolución justifica esa lágrima. Tampoco una guerra. Siempre pesará más una sola lágrima…».
«LE DABA MIEDO MIRAR ATRÁS…»
Zhenia Bélenkaia, seis años. Actualmente es operaria.
Junio de 1941… Lo recuerdo perfectamente. Yo era muy pequeña pero se me quedó grabado en la cabeza… Lo último que recuerdo de mi vida antes de la guerra es un cuento. Mamá me lo leía cuando me iba a dormir. Era mi favorito, el del pececillo dorado. Yo siempre le pedía algo al pececillo dorado: «Pececillo dorado… Querido pececillo…». Mi hermana pequeña también le pedía un deseo, pero ella lo hacía de otra forma: «Por arte de magia, por mi voluntad, yo te ordeno…». Nuestro deseo era pasar el verano con la yaya, y que papá viniera con nosotros. ¡Mi padre era tan divertido! Una mañana me desperté de pronto, asustada. Se oían unos ruidos desconocidos para mí… Mis padres no se dieron cuenta. Creían que mi hermana y yo dormíamos, pero yo solo lo fingía. Me quedé en la cama junto a mi hermana pequeña, muy quieta. Miraba: papá besaba a mamá sin parar, le besaba la cara, las manos… Me sorprendió: nunca antes la había besado así. Después salieron al patio, cogidos de la mano. Me acerqué hasta la ventana de un brinco: mamá se había colgado de su cuello y no lo dejaba marcharse. Él la apartó y corrió, ella lo alcanzó y volvió a abrazarlo; lo quería detener, le gritaba. Entonces yo también grité: «¡Papá! ¡Papá!». Mi hermana pequeña se despertó, mi hermanito Vasia también. Ella me vio llorar y gritó: «¡Papá!». Salimos afuera corriendo: «¡Papá!». Nuestro padre, al vernos (lo recuerdo como si fuera ayer), se llevó las manos a la cabeza y empezó a andar, a correr. Le daba miedo mirar atrás. El sol me daba en la cara. Hacía calor… Ni siquiera ahora me puedo creer que aquella mañana mi padre se fuera a la guerra. Yo era muy pequeña, pero tengo la sensación de que comprendía que aquella era la última vez que lo veía. Nunca nos volveríamos a encontrar. Yo era muy… muy pequeña… Así es como ha quedado asociado en mi memoria: guerra es cuando papá no está… También recuerdo, de más adelante: el cielo negro y un avión negro. Al borde de la carretera yace nuestra madre con los brazos abiertos. Le pedimos que se levante, pero ella no responde. No se levanta. Los soldados envolvieron a mamá en una tienda de campaña, la enterraron en la arena, allí mismo. Nosotros gritábamos y suplicábamos: «No metáis a nuestra mamaíta en ese hoyo. Ella se despertará y seguiremos andando». Había unos escarabajos gigantes arrastrándose por la arena… Yo no podía imaginarme cómo iba a vivir mamá debajo de la tierra con esos escarabajos. ¿Cómo íbamos a encontrarnos después, cómo lo haríamos para volver a estar juntos? ¿Quién le escribiría a nuestro papá? Uno de los soldados me preguntó: «Niña, ¿cómo te llamas?». Pero a mí se me había olvidado. «¿Cuál es tu apellido, niña? ¿Cómo se llamaba tu madre?» No me acordaba de nada… Nos quedamos sentados junto a la montañita de mamá hasta que se hizo de noche, hasta que nos recogieron y nos subieron a un carro. Era un carro lleno de niños. Nos llevaba un señor muy mayor, nos iba recogiendo a todos por la carretera. Llegamos a una aldea, allí gente desconocida nos cobijó en sus casas. Pasé mucho tiempo sin hablar. Tan solo miraba. Después recuerdo un día de verano. Un día espléndido de verano. Una mujer extraña me acaricia el pelo. Y yo rompo a llorar. Y empiezo a hablar… A contar cosas sobre mi mamá y mi papá. Cómo papá se había ido corriendo sin ni siquiera mirar atrás… Cómo mamá yacía en el suelo… Cómo los escarabajos se arrastraban por la arena… La mujer me acariciaba el pelo. En aquel momento lo comprendí: aquella mujer se parecía a mi madre… (Recomendamos una crónica de Nelson Fredy Padilla sobre la visita de Svetlana Alexiévich a Colombia para oír a las víctimas de la violencia).
«MI PRIMER Y ÚLTIMO CIGARRILLO…»
Guena Iushkévich, doce años. Actualmente es periodista.
La mañana del primer día de guerra… El sol… Y un silencio insólito. Un silencio incomprensible. Nuestra vecina estaba casada con un militar. Salió al patio con la cara bañada en lágrimas. Le susurró algo a mi madre y le hizo señas para que lo mantuviera en secreto. A todo el mundo le daba miedo pronunciar en voz alta lo ocurrido, aunque todos estuvieran ya informados. Les daba miedo que los acusaran de agitadores. De alborotadores. Eso podía ser peor que una guerra. Tenían tanto miedo a una denuncia… Ahora lo veo. Así que, claro, nadie acababa de creer en la posibilidad de una guerra. ¡Qué va! ¡Nuestro ejército protege las fronteras, nuestros jefes están en el Kremlin! ¡El país está protegido, es impenetrable para los enemigos! Eso es lo que yo pensaba entonces… Era un joven pionero. Pusimos la radio a todo volumen. Todos estábamos esperando que Stalin diera un discurso. Necesitábamos su voz. Pero Stalin no dijo nada. Habló Mólotov. Todos escuchábamos. Mólotov dijo: «La guerra». Pero nadie se lo creyó. ¿Dónde estaba Stalin? De pronto aparecieron unos aviones… Decenas de aviones desconocidos. Con unas cruces dibujadas. Taparon el cielo, taparon el sol. ¡Terrorífico! Las bombas empezaron a caer por todas partes… Se oían explosiones sin parar. El estruendo. Todo ocurría como en un sueño. Como si no fuese real. Yo ya no era pequeño, recuerdo bien lo que sentía. El miedo que se extendía por todo mi cuerpo. Por las palabras. Por los pensamientos. Salimos corriendo de casa, corríamos por las calles… Me parecía que ya no existía la ciudad, solo había ruinas. Y humo. Fuego. Alguien dijo: «Hay que ir al cementerio, ahí nunca bombardearían». ¿Para qué iban a bombardear a los muertos? En nuestro barrio había un gran cementerio judío cubierto de árboles frondosos. Todo el mundo se precipitó hacia allí, miles de personas se amontonaron allí. La gente abrazaba las lápidas, se escondía detrás… Mi madre y yo nos quedamos allí hasta la noche. Nadie a nuestro alrededor pronunciaba la palabra «guerra», se oía otra palabra: «provocación». Todos la repetían. Se hablaba de que nuestras tropas pasarían al ataque de un momento a otro. Stalin ya había dado la orden. Eso creían todos. Las chimeneas de las fábricas de los suburbios de Minsk estuvieron aullando toda la noche… Llegaron los primeros muertos… El primer cadáver que vi… fue el de un caballo… Luego vi a una mujer muerta… Eso me sorprendió. Yo creía que en la guerra solo mataban a los hombres. Me despertaba por la mañana… y mi primer impulso era levantarme; luego me acordaba…, ¡la guerra!, y volvía a cerrar los ojos. No quería creerlo. Dejaron de disparar por la calle. De repente hubo silencio. Durante unos días no se oyó nada. Y entonces empezó el movimiento… Veías por ejemplo a un hombre caminando por la calle completamente blanco, de pies a cabeza, blanco del todo. Estaba cubierto de harina. Iba cargando con un saco de harina. Otro corría… Se le iban cayendo las latas de conservas de los bolsillos, también llevaba las manos llenas. Bombones… Cajetillas de tabaco… Otro iba con el gorro a rebosar de azúcar. O con una cazuela llena de azúcar… ¡Es imposible de describir! Uno arrastraba un trozo de tela, otro andaba envuelto en una tela fina de color azul. O amarilla… Era gracioso, pero nadie se reía. El bombardeo había destruido los almacenes de alimentación. Era una tienda enorme que había cerca de nuestra casa… La gente se echó a la calle a coger lo que pudiera. En la fábrica de azúcar unos cuantos se ahogaron en las tinas de melaza. ¡Terrorífico! La ciudad entera comía pipas. Habían vaciado un almacén entero de pipas. Por delante de mí, una mujer corría hacia la tienda. No tenía ni saco, ni bolsa…, y se quitó la combinación. Y también los leotardos. Y lo atiborró todo de alforfón. Tuvo que llevárselo a rastras. Por alguna razón aquello pasaba en silencio. Nadie hablaba. Cuando avisé a mamá, lo único que quedaba era mostaza, tarros amarillos de mostaza. «No cojas nada», me pidió mamá. Tiempo después me confesó que todo aquello le hizo sentir mucha vergüenza, ella se había pasado la vida enseñándome otros valores… Incluso cuando poco después empezamos a pasar hambre y recordábamos aquellos días, nunca nos lamentamos. Así era mi madre. Los soldados alemanes se paseaban tranquilamente por toda la ciudad…, por nuestras calles… Iban filmándolo todo con cámaras. Se reían. Antes de la guerra, nuestro pasatiempo favorito era dibujar alemanes. Los dibujábamos con unos dientes enormes. Con colmillos. Y de repente estaban allí… Jóvenes, apuestos… Con unas bonitas granadas metidas en las cañas de sus resistentes botas. Tocaban armónicas. Bromeaban con nuestras muchachas más bonitas. Había un alemán de cierta edad que arrastraba un cajón. El cajón era pesado. Me llamó y me hizo señas: «Ayúdame». Había dos asas, entre los dos lo levantamos. Cuando dejamos el cajón en su destino, el alemán me dio unas palmaditas en el hombro y sacó del bolsillo un paquete de cigarrillos. Que lo cogiera, que era el pago. Volví a casa. Estaba impaciente. Me senté en la cocina y me encendí un cigarrillo. No oí la puerta, mamá entró: —¿Estás fumando? —Eh… eh… —Y los cigarrillos, ¿de dónde los has sacado? —De los alemanes. —O sea, que no solo fumas, sino que encima fumas tabaco del enemigo. Eso es una traición a tu patria. Fue mi primer y mi último cigarrillo. Una tarde ella se sentó a mi lado: —No puedo soportar verlos aquí. ¿Me entiendes? Ella quería luchar. Desde el primer día. Decidimos ponernos en contacto con miembros de las organizaciones clandestinas, estábamos seguros de que existían. Ni por un instante lo dudamos. —Te quiero más que a nadie en esta vida —me dijo mamá—. Pero tú me entiendes, ¿verdad? ¿Me perdonarás si nos pasa algo? Me enamoré de mi madre, desde ese momento la obedecí sin rechistar. Y me duró toda la vida.
«LA ABUELA REZABA… PEDÍA QUE MI ALMA REGRESARA…»
Natasha Gólik, cinco años. Actualmente es correctora.
Aprendí a rezar… A menudo recuerdo la guerra, cómo aprendí a rezar durante la guerra… Oí: «La guerra». Yo, y es comprensible, a mis cinco años no tenía en la cabeza ninguna imagen para esa palabra. No tenía temores. Pero el miedo estaba ahí y, solo por ese miedo en el aire, caí dormida. Pasé dos días durmiendo. Dos días enteros tirada, como una muñeca. Todos creían que me había muerto. Mamá lloraba, la abuela rezaba. Se pasó dos días y dos noches enteros rezando. Lo primero que recuerdo de cuando abrí los ojos es la luz. Una luz deslumbrante, increíblemente fuerte. Esa luz me hacía daño. Oí una voz, la reconocí: era la voz de mi abuela. Mi abuela estaba rezando frente a una imagen santa. «Abuela… Abuela…», la llamé. No se volvió. No se creía que realmente fuera yo quien la llamaba… Pero yo ya me había despertado… Tenía los ojos abiertos… —Abuela, ¿cómo rezabas cuando estaba muerta? —le preguntaba yo después. —Pedía que tu alma regresara. Un año más tarde la abuela murió. Para entonces yo ya sabía rezar. Rezaba y pedía que su alma volviese. Pero no volvió.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Svetlana Alexiévich (1948) es una prestigiosa periodista y escritora bielorrusa cuya obra ofrece un retrato profundamente crítico de la antigua Unión Soviética y de las secuelas que ha dejado en sus habitantes. Su espíritu crítico, su profundo compromiso con los que sufren y su fructífera carrera literaria han sido reconocidos con innumerables galardones, entre los que cabe destacar el premio Nobel de Literatura (2015), el Premio Ryszard-Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013). Es oficial de la orden de las Artes y las Letras de la República Francesa. En castellano ha aparecido también Voces de Chernobil (Debolsillo, 2015).