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El asesinato del jefe de la guardia suiza del Vaticano

Fragmento del libro “Crímenes sorprendentes en el Vaticano”, del periodista argentino Ricardo Canaletti, recién publicado en Colombia por Ediciones B.

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Ricardo Canaletti * / Especial para El Espectador
29 de agosto de 2021 - 02:00 a. m.
El papa Juan Pablo II y Alois Estermann, su amigo y jefe de la Guardia Suiza vaticana, en compañía de su esposa, la también asesinada en 1998, la venezolana Gladys Meza Romero. / Reuters
El papa Juan Pablo II y Alois Estermann, su amigo y jefe de la Guardia Suiza vaticana, en compañía de su esposa, la también asesinada en 1998, la venezolana Gladys Meza Romero. / Reuters
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Llovía. Los asesinos se empaparon al cruzar el patio. Uno al menos llevaba una Parabellum en un bolsillo. Dejaron los tres cadáveres en la entrada del pasillo de una habitación. Todas las víctimas tenían disparos de arma de fuego. Se trataba de dos hombres y una mujer. Ella había abierto la puerta. Todos estaban vestidos. Había cuatro vasos sobre una mesa. Esa habitación no estaba en cualquier parte, sino en el recinto contiguo a la puerta de Santa Ana, una de las principales entradas públicas del Vaticano, y a unos cien metros del amplio complejo de dependencias privadas de un papa, Juan Pablo II, en la Ciudad del Vaticano, el Estado independiente más chico del mundo.

Eran cerca de las nueve de la noche del 4 de mayo de 1998 cuando una monja escuchó ruidos de dispararos provenientes del interior del Vaticano. La monja encontró la puerta de la residencia abierta, se asomó y vio los tres cadáveres. Uno era del jefe de la Guardia Suiza, el comandante Alois Estermann, de cuarenta y cuatro años. El cargo de comandante estaba vacante desde hacía siete meses, cuando renunció el coronel Roland Buchs por problemas familiares, y Estermann, con el mismo grado, lo había reemplazado de manera interina. (Recomendamos una investigación de Nelson Fredy Padilla sobre los escándalos financieros del Vaticano).

Justo la mañana del día de su asesinato se había oficializado su nombramiento en ese puesto. Era una función muy prestigiosa pero poco remunerada, y fue el bajo salario lo que demoró tanto la búsqueda del reemplazante del último jefe, hasta que las autoridades vaticanas decidieron dejar a Estermann al mando de los ciento diez hombres que componen la Guardia Suiza, cuyo cuartel está ubicado a la derecha de la Plaza de San Pedro —y llega, justamente, hasta la puerta de Santa Ana—, en un edificio color rosa en cuyas ventanas se suelen ver camisetas deportivas y alguna musculosa. Pero había otra razón para aquella demora, y era que el papa, según la tradición, prefería como comandante a un miembro de la aristocracia suiza, y Estermann era de origen humilde.

Había nacido en Gunzwil, en el cantón de Lucerna, y había ingresado en el cuerpo en 1980 con veinticinco años. Estudió teología en Roma, pero no era necesario ese tipo de estudios para ingresar en la guardia, sino ser suizo de nacimiento, varón, católico, haber realizado el servicio militar en Suiza, tener entre dieciocho y treinta años, ser soltero —pues el matrimonio es permitido solamente para los guardias con grado— y tener una altura mínima de uno setenta y cuatro. Otras condiciones venían más detenidamente analizadas por medio de exámenes psicofísicos rigurosos y periódicos. La historia oficial dice que Estermann hizo carrera en la guardia gracias a su abnegación y coraje. Su acción más destacada fue proteger con su contundente cuerpo a Juan Pablo II cuando el turco Ali Agca le disparó en la Plaza de San Pedro, en mayo de 1981.

El papa le tenía estima y confianza a tal punto que fue jefe de su custodia personal en treinta viajes que el pontífice realizó al exterior. En el Vaticano se afirmaba que Estermann era miembro del Opus Dei, la misma importante, polémica, secreta e influyente institución católica a la que pertenecía el portavoz del papa, Joaquín Navarro-Valls, quien había empujado la carrera de Alois. (Más: Fragmento del libro sobre el papa Francisco y sus enfermedades).

Por ejemplo, cuando Estermann entró al cuerpo, lo hizo con el grado de capitán, y era un hecho inédito en la historia que un joven soldado entrara directamente con el grado de oficial. Sobre la protección al papa en el atentado de Agca, las malas lenguas aseguraban que no hizo de escudo de Juan Pablo II con su cuerpo, sino que una fotografía hábilmente distribuida (Estermann cerca del papa herido) fue “interpretada” como una acción de defensa del guardia hacia el sumo pontífice. El 27 de octubre de 1982 fue elegido para escoltar al papa durante su visita pastoral a España. Se trataba de una promoción sorprendente, porque hacía apenas dos años que estaba en la Guardia Suiza y le otorgaban una tarea de semejante prestigio y responsabilidad.

Al año siguiente, Estermann fue ascendido y se convirtió de hecho en el tercero en la línea de mando de la guardia. También un ascenso demasiado veloz para la antigüedad que tenía, y además otra excepción, porque a ese grado solo podían acceder los oficiales casados, y Estermann aún era soltero. Y en 1989 fue otra vez ascendido a teniente coronel y se le nombró responsable administrativo y económico del cuerpo: tenía más poder e influencia que el comandante Buchs. Estermann siguió escoltando al papa en sus viajes, encargándose del servicio de seguridad, y todo esto terminó enemistándolo tanto con Camillo Cibin como con Raoul Bonarelli, inspectores del Cuerpo de Vigilancia del Vaticano.

¿Por qué se ponía el acento en que el vocero papal, Joaquín Navarro-Valls, y el jefe de la Guardia Suiza eran del Opus Dei? Se decía (porque nunca hay que olvidarse de que el Vaticano es el reino del “se dice”) que esta circunstancia habría alarmado al llamado “clan masónico”, adversarios de los miembros del Opus Dei. Que el Opus Dei tuviera a uno de sus hombres nada menos que como comandante de la Guardia Suiza era un problema para ellos. Se estaría desarrollando un enfrentamiento intestino entre estas dos facciones que, desde hacía años, se disputaban el poder en el Vaticano: la del Opus Dei, que había apoyado la elección de Juan Pablo II, y la masónica —también llamada Logia Vaticana—, que tomó fuerza durante el papado de Paulo VI y con la que debió enfrentarse —y perder— el papa Juan Pablo I en su corto reinado.

La mujer muerta era la esposa de Estermann, atractiva y culta venezolana de 49 años, de pelo negro y cara redonda. Se llamaba Gladys Meza Romero, había sido modelo en su país y también policía. Había llegado a Roma en 1981 para hacer una especialización en derecho canónico y derecho civil en la Universidad vaticana de Letrán y se convirtió en agregada cultural venezolana ante la Santa Sede. Era la segunda de diez hermanos, nacida en una familia humilde de la localidad de Urica, en el estado Anzoátegui (al noreste de Venezuela). Conoció a Alois cuando compartieron un curso de italiano en el instituto Dante Alighieri. Hacía quince años que estaban casados.

El departamento donde se hallaron los cuerpos era la residencia del matrimonio. Todos los definían como una pareja feliz aunque sin hijos, con importantes e influyentes amistades. Raiza, María y Claudia, tres de las hermanas de Gladys, viajaron inmediatamente a Roma cuando se conoció la noticia. Las tres calificaron los hechos contados por el Vaticano como “sospechosos”. La tercera víctima, que estaba boca abajo (¿estaba boca abajo?), era Cédric Tornay, un joven de veintitrés años, cabo de la Guardia Suiza. La tarde del 4 de mayo hizo la guardia en la entrada del palacete de oficiales. Este servicio habría terminado a las 19 horas. Había ingresado hacía tres años en el cuerpo y no tenía una buena relación con su comandante. Estermann le había llamado la atención por no volver a dormir al cuartel una noche que había salido con sus amigos. En la habitación del matrimonio Estermann, bajo su cuerpo, se encontró su arma reglamentaria, una SIG-Sauer 75 Parabellum, de fabricación suiza, calibre 9 milímetros. Rara la parábola del arma para terminar allí.

Fue la única arma encontrada. Tenía una de las seis balas habituales en el cargador; es decir que se dispararon cinco. Según lo informado, había dos proyectiles en el cuerpo de Estermann y uno en el techo. Antes de ser asesinados, Estermann y su mujer hablaban por teléfono con un amigo que, sin quererlo, se convirtió en testigo de la tragedia. El Vaticano nunca dio su nombre y solamente reveló que era de Orvieto, en la región de Umbría. Se cree que era un sacerdote amigo de la pareja.

El caso quedó en manos del juez único del Vaticano, Gianluigi Marrone, quien dispuso que las autopsias fueran realizadas por médicos legales del Vaticano: los profesores Piero Fucci y Giovanni Arcudi, consejeros de la Dirección de Servicios Sanitarios. La habitación, como era obvio, estaba bañada en sangre. El 7 de mayo declaró el amigo del matrimonio Estermann que hablaba por teléfono con ellos. Dijo que a las 20:46 llamó a la casa de los Estermann para saludar a Alois por su nombramiento.

La hora la recordó con precisión porque justo en ese momento estaba viendo el reloj. Reveló que habló primero con Gladys y que la conversación giró en torno a la salud, porque el amigo en cuestión estaba resfriado. Gladys le dijo que Alois también estaba congestionado y le recomendó que comprara un medicamento llamado Ventolin. Luego ella le pasó con Alois. Los tres hablaron en español. La conversación fue sobre el pronóstico del tiempo para el día de la asunción, el 6 de mayo.

El amigo le dijo que había escuchado que no iba a haber buen tiempo y Alois en cambio tenía confianza en que sería un día agradable. Entonces el amigo sintió como una interrupción, como si el auricular hubiese sido apoyado sobre el pecho o sobre algo blando, oyó una voz a lo lejos, que parecía de Gladys, después un zumbido y luego un golpe seco y otro y otro, el último más alejado.

No pensó que podían ser disparos. Pensó que habían recibido una visita importante y sorpresiva, y que hicieron caer el auricular con cierta violencia. No le preocupó ese corte tan abrupto de la conversación. Colgó pensando que mejor era no molestarlos y que luego los volvería a llamar. Mientras esto ocurría, a los pocos minutos de producidos los disparos llegaron al lugar Joaquín Navarro-Valls, experiodista español y jefe de la Sala de Prensa del Vaticano; monseñor Giovanni Battista Re; Pedro López Quintana, encargado de Asuntos Generales; el juez Marrone, Bonarelli, Cibin y otros prelados, y miembros de la vigilancia vaticana. Entraron, miraron y buscaron no mancharse con la sangre. Sacaron fotos con una Polaroid, pero las que aparecieron después fueron las que sacó un fotógrafo de L’Osservatore Romano.

La Policía italiana no fue informada enseguida, aunque la práctica y el entendimiento entre la seguridad vaticana y la italiana preveían que ambos trabajaran en la más estrecha colaboración. Pero en este caso eso no ocurrió. La escena del crimen no fue preservada ni vigilada, lo que dejó abierta la posibilidad de que cualquiera, incluso involuntariamente, hubiera podido modificar el ambiente o alterar rastros e indicios y, en consecuencia, las circunstancias de las muertes.

Se hizo todo lo contrario a lo que se debía hacer en una investigación criminal, la residencia fue rápidamente limpiada, todo colocado en su lugar, bien ordenado y cerrado. Así, se perdió una indeterminada cantidad de evidencia para saber, más allá de toda duda razonable, qué pasó allí. La pregunta subyacente era por qué las autoridades vaticanas actuaron de esa manera. Los hombres del destacamento de la Policía italiana en el Vaticano se acercaron a ayudar, pero fueron invitados a retirarse.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Ricardo Canaletti * / Especial para El Espectador

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Francisco(82596)29 de agosto de 2021 - 04:20 p. m.
Hola, amigos. Es curioso el secretismo del Vaticano en este y en otros sucesos que conmovieron el mundo, tales como el asesinato de Juan Pablo I, la desaparición misteriosa de Emmanuela Orlandi y otros varios secretos muy bien guardados, que lo que han hecho ha sido socavar la confianza del mundo en el Vaticano.
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