Es un mantra, una forma casi impostada de mostrar que se sabe lo que ocurrirá cuando se trata de cuestiones de seguridad y, por defecto, de la guerra. La obsesión que ha hecho carrera, al menos desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, es esa manía por conjeturar cuál es el futuro de la guerra. En algún momento se hicieron una suerte de configuraciones y generaciones de esta, basadas en los métodos y la sofisticación del armamento en el teatro de operaciones. Se habló alguna vez de las cinco grandes generaciones y luego se añadieron unas dos más, como una metaexplicación asociada a las limitaciones de la cuarta y la quinta. Mara Karlin publicó un lúcido ensayo en Foreign Affairs sobre el tema. Pero su principal conclusión parece volver al comienzo de cualquier discusión estratégica en la materia: la tecnología.
Para Karlin, y seguramente para otros tantos, los misiles hipersónicos, la computación cuántica, los enjambres de drones y la inteligencia artificial han sido aclamados como tecnologías transformadoras que darán forma a los campos de batalla, redefinirán las estrategias y revolucionarán las doctrinas militares establecidas. Sin duda, son temas y aspectos fundamentales para entender la forma en la que los actores, tanto estatales como no estatales, entran en fricción o producen nuevos escenarios para la seguridad global. En esos términos, el futuro de la guerra luce muy parecido a su propio pasado; es decir, dependería de dinámicas propias de las capacidades tecnológicas, arrastrando la misma inercia del principio de los tiempos de la guerra: imponerse ante los enemigos. No se nos puede olvidar que la tecnología es lo más parecido a la magia, y la magia puede ser una ilusión óptica que desvía la atención de lo real.
Karlin ha sostenido que la excesiva confianza que hemos depositado en intentar mostrar las transformaciones de la guerra, producto de los avances tecnológicos, produce una trampa tecnológica. Esa trampa consiste en que tanto los hacedores de la política exterior como los operadores de seguridad y los analistas están en riesgo de caer en la falsa promesa de una cuantiosa explosión tecnológica como variable dependiente en la conducción de la guerra, la transformación de la seguridad y la construcción de nociones de amenazas. En esa trampa puede haber un enfoque excesivo en el papel de la tecnología, así como una tendencia a hipertrofiarla y sobreestimarla en algo tan primitivo. Es más, esa mirada puede ser miope y conducir a los operadores de seguridad por caminos aún más peligrosos, especialmente si los planificadores confían plenamente en cómo se desarrollarán las nuevas capacidades y toman decisiones en función de esa confianza, que casi con toda seguridad será infundada. Es más, puede ser más peligroso endilgarle tanto protagonismo a la tecnología en la guerra, pues la supuesta certidumbre solo produce el efecto contrario.
Tanta fe en cómo será el futuro de la guerra solo produce certezas sobre su impredecibilidad. Es más, como en alguna oportunidad lo mencionó Michael Howard, no importa con cuánta confianza se trabaje en la elaboración de una doctrina militar nueva que prevea los riesgos para la seguridad: siempre estará equivocada. Es más, yo me atrevería a decir que lo que sí es cierto que ha cambiado, de la mano de la tecnología, es esa idea del centro de gravedad. Ya no es tan fácil notar cuál es el punto de apoyo. Es más, suena bastante contradictorio y hasta paradójico, pero la tecnología deshumaniza aún más la guerra: la hace ver estéril, mecánica y poco humana. La idea de guerra tecnológica carece de toda noción clásica de lo que es una guerra: una suerte de colisión entre movimientos humanos. Por eso, el futuro de la guerra puede ser una imbricación y colisión de muchas formas de guerra, como la de Ucrania, que es, en palabras de Mara Karlin, una combinación entre la Primera y la Tercera Guerra Mundial, pasando por la Segunda, sin saber muy bien cómo fue la Tercera.
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com