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El valor de un huevo duro en Auschwitz

Fragmento del libro “Yo, Dita Kraus”, sobre cómo esta mujer sobrevivió al régimen nazi luego de declararse pintora y de que el asesino Josef Mengele le pidiera que lo retratara.

Dita Kraus * / Especial para El Espectador

18 de diciembre de 2021 - 09:00 p. m.
Dita Kraus nació en Praga en 1929, y desde los 13 años estuvo en campos de concentración bajo trabajos forzados hasta salvarse de manera milagrosa. Se casó con Otto Krus, otro prisionero sobreviviente, y tuvieron tres hijos. Es conocida como "La bibliotecaria de Auschwitz". / EFE
Foto: EFE - Gustavo Monge
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Un día me fijé en un joven polaco entre los barracones del sector de al lado, que en ese momento estaba deshabitado. Su uniforme de rayas era de buena calidad y llevaba un gorro que mostraba su rango de reparador. Esos prisioneros tenían un estatus privilegiado y podían moverse con mayor libertad entre sectores. Arreglaban los tejados con tela asfáltica y hacían otros trabajos de mantenimiento. También recibían más comida y tenían un aspecto sano y fuerte. (Recomendamos: El día que el ejército nazi le rindió honores a Simón Bolívar).

El espacio entre los barracones de madera y la valla electrificada era rigurosamente vigilado por guardias desde las torres. Si osabas acercarte a la alambrada, disparaban. No recuerdo por qué estaba allí, tal vez solo para alejarme de la multitud, para estar sola un rato. Yo iba caminando por mi lado de la valla de separación mientras él hacía lo propio por el suyo, y entre barracón y barracón me sonreía y hacía gestos amigables.

Varios días después ocurrió lo mismo, y luego otra vez. Un día me dijo algo en polaco, pero no lo pude entender. La única palabra que comprendí fue yayko, y entonces dibujó algo redondo con las manos. (Más: la supuesta visita de Hitler a Tunja).

-Ah, dije, jabko (manzana).

-No, no, respondió él moviendo la mano. Nie jabko, jajko!

Comprendí que quería darme algo. Evidentemente no me lo podía dar en la mano, era demasiado peligroso acercarse a la valla. Si tocabas la alambrada, te electrocutabas: algunos prisioneros habían decidido poner fin a sus vidas así. Sin embargo, tenía ganas de ver lo que quería darme, fuera lo que fuese. La siguiente vez, en lugar de caminar entre los barracones, atravesé las letrinas, que tenían una puerta trasera que daba a la valla.

Me quedé allí ocultándome del guardia y, cuando el polaco me vio, me hizo un gesto de que esperase. El espacio detrás de la fila de barracones estaba vacío, porque los cadáveres que colocaban allí cada día ya habían sido recogidos temprano por la mañana. La única persona a la vista era un anciano prisionero judío, que estaba en cuclillas junto a un fuego quemando viejos harapos, tal vez infestados de piojos.

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Puede que no fuese tan mayor; en el campo, hasta los hombres de cuarenta años parecían ancianos, sin afeitar, pálidos y encorvados. El suyo era un trabajo fácil comparado con el de la mayoría, que tenían que cargar piedras pesadas para pavimentar la calle del campo. Yo estaba observándole mientras esperaba, cuando, de pronto, un guardia de las SS se puso delante de mí. Era el que llamábamos “el cura”, porque caminaba con las manos cruzadas y escondidas en las mangas de su larga guerrera. Le teníamos un miedo especial: había algo aterrador en aquella actitud aparentemente amable y sus andares lentos y sigilosos, cuando nosotros sabíamos de su fría crueldad.

Se acercó tanto que su cara estaba a pocos centímetros de la mía y podía oler su aliento.

-Was macsht du hier?, preguntó bruscamente, en apenas un suspiro.

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No me atrevía a recular, así que bajé los ojos y señalé al hombre junto al fuego.

-Ich wollte mit dem Mann dort sprechen (Quiero hablar con el hombre en cuclillas.)

-Und warum willtest du mit ihm sprechen? (¿Por qué quieres hablar con él?)

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-Er ist ein Freund von meinem vater (Es amigo de mi padre.)

El hombre de las SS se volvió hacia el prisionero junto al fuego, luego miró al otro lado de la valla, donde no se veía nadie, volvió a mí y se quedó mirándome fijamente. Yo me quedé inmóvil durante lo que me pareció una eternidad, esperando a que sacara su pistola y me matara. Entonces, sin decir una palabra, dio un paso a un lado y empezó a caminar junto a la alambrada, mirando de vez en cuando hacia el sector al otro lado. Mi amigo polaco tuvo la astucia de quedarse escondido.

Varios días después el hambre me hizo vencer el miedo y volví a ir a la parte trasera de las letrinas. El polaco me vio y me indicó que esperara. Entró en uno de los barracones y reapareció con algo en la mano. Miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie nos veía, aquel día ni siquiera estaba el anciano quemando harapos. Moviendo el brazo como un deportista, arrojó una cosa blanca y redonda, que aterrizó a mis pies. La cogí a toda prisa y me quedé mirándola pasmada.

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Era un huevo duro. La última vez que había visto un huevo fue antes de que me deportaran, hacía dos años. ¡Un huevo! Los días siguientes estaba muy nerviosa. Temía que aquel hombre viniera a nuestro campo a exigir que le pagase su generosidad. En el mundo de Auschwitz era habitual comprar el favor de una mujer a cambio de pan o unos cuantos cigarrillos. Sin embargo, en mi caso, el huevo fue un regalo gratuito. Jamás he olvidado que huevo se dice jajko en polaco.

Creíamos que nos enviarían a las cámaras de gas en junio, seis meses después de llegar a Auschwitz. Nuestros nombres estaban marcados como 6 SB. Eso significaba Sonderbehand-lung después de 6 meses: “tratamiento especial”, un eufemismo para decir ejecución por gas. Sin embargo, en mayo los alemanes cambiaron de planes. Decidieron que sería más barato y rentable mandar a los prisioneros a trabajar a Alemania, donde acabarían muriendo de hambre y agotamiento.

El doctor Mengele tenía la labor de decidir qué prisioneros parecían todavía aptos para hacer trabajos físicos. La selección se hizo en el Kinderblock, que fue vaciado para ese propósito. Solo aquellos entre dieciséis y cuarenta años podían presentarse a la selección, pero, como nadie tenía documentos, unos cuantos consiguieron colarse. Teníamos que ponernos en una fila con el torso desnudo junto a la chimenea horizontal, dar un paso al frente y decir tres palabras: nuestro número, edad y profesión, y el doctor Mengele señalaba hacia la izquierda o hacia la derecha.

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La mayoría de las mujeres decían oficios que pensaban serían necesarios en Alemania, como jardinera, cocinera o enfermera. Cuando llegó mi turno, dije tres cosas: 73 305, dieciséis, pintora. En realidad tenía quince años.

En vez de señalar hacia un lado, el doctor Mengele hizo una pausa y me preguntó:

-¿Pintora de retratos o de casas?

-De retratos.

-¿Podrías hacerme un retrato?

Mi corazón se paró, pero logré contestar:

-Jawohl (Sí).

Sonrió levantando la comisura de los labios y señaló el grupo de mujeres más jóvenes y con aspecto más saludable. El turno de Madre vino varias mujeres después y la enviaron al otro grupo. ¡Ay! En realidad, no sabíamos qué grupo tenía más posibilidades de sobrevivir, pero ella no se sentía capaz de separarse de mí. Imperceptiblemente se dejó caer hasta el final de la fila, eligió a dos ancianas escuálidas y se colocó entre ellas. Mengele no se dio cuenta, evidentemente, porque no se fijaba en las caras, y le señaló hacia mi grupo. Mi madre, Liesl, y yo estábamos entre las destinadas a vivir.Alrededor de mil quinientas mujeres fuimos enviadas desde Auschwitz a trabajar en Hamburgo, Christianstadt y Stutthof. Otras siete mil personas, los viejos, los débiles y todos los niños que se quedaron allí, fueron asesinadas en las cámaras de gas en julio de 1944. Las seleccionadas para trabajar permanecimos durante varios días en el espantoso Frauenlager.

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Antes de viajar nos hicieron hacer cola en la plataforma para cortarnos el pelo. Lo hacían dos prisioneras del Frauenlager vestidas con uniforme de rayas, mientras todas nosotras intentábamos retrasar todo lo posible el temido calvario. Yo me salí varias veces de la fila y me puse al final, tratando de zafarme de las tijeras. De repente se oyó una orden: “Todas a bordo”. El tren estaba listo para salir. Varias prisioneras tuvimos la suerte de conservar el cabello intacto. Nos dieron una ración de pan, nos subieron a los vagones de ganado y nos despacharon hacia un destino desconocido.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Dita Kraus * / Especial para El Espectador

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