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Mirada de un viejo de una generación zarandeada. Marzo de 2026, ante la inminencia de la invasión a Cuba… y quizás a nosotros por la ilusión de ciertos herederos de la misma clase dirigente que le entregó Panamá a Teddy Roosevelt.
Saudade
Tenía yo doce años en enero de 1959 y pasaba vacaciones en una finca en Guarne, Antioquia. Ya desde comienzos de diciembre, alternando con las consuetudinarias celebraciones de navidad y el disfrute del campo, veía la agitación que se producía en una familia católica y en su mayoría conservadora como pocas, a la hora de las noticias radiales del medio día, de extras y de la noche: todos los adultos (incluídos algunos tíos y primos) pendientes del avance de “los barbudos cubanos” desde la Sierra Maestra hacia Santiago y La Habana; eran los héroes que iban a liberar a Cuba de la horrenda dictadura de Fulgencio Batista. Ansiosos de escuchar la noticia del triunfo de la revolución. Mi papá, conservador exlaureanista, abogado, curiosamente nada afecto, como no pocos conservadores, a la cercanía con Estados Unidos (no todos comulgaban con el réspice polum de su por otra parte admirado Marco Fidel Suárez), ya más bien alineado mi papá con la secta de Mariano Ospina Pérez después de la experiencia de la todavía reciente caída de Rojas Pinilla; sus razones tenía, después de haber sido abogado díscolo de una multinacional minera angloestadinense. Eran las de mis padres y abuelos dos generaciones que en pocos años habían sido agitadas por brutales vientos contrarios de la historia colombiana y mundial reciente y ya pocas cosas tenían ellos consigo excepto su catolicismo. Escasa cultura política de amplios horizontes por ello mismo y por la inconmovible desconfianza en los liberales de aquí o de allí, aún después de haberse convertido rojos y azules al Frente Nacional que supuestamente acabaría con nuestra Violencia. Conservaron entonces y siempre, sí, un acendrado sentido de la justicia; mantenían una tradición familiar de mirar con curiosidad atenta al resto del mundo, leída y conversada durante décadas, que incluía una vieja identidad con el falangismo desde antes de la Guerra Civil Española y había comprobado con frustración el horror del fascismo alemán e italiano, la Guerra de Corea, las contradicciones por los afectos divididos entre los victimarios y las víctimas del colonialismo ya en quiebra por entonces -sin que tuvieran muy claro mis parientes quiénes eran unos y quiénes otras, si los pobres negros o indochinos masacrados o los pobres europeos tan distinguidos y expulsados del Africa y del Asia y del Caribe-, la conversa alineación sin sombras con los aliados ganadores de la Segunda Guerra Mundial y con la ya pujante Guerra Fría en la que, con la ayuda del Cristo Rey y de la Virgen de Fátima heredados de la Cruzada de la Guerra Civil Española, iban a perecer los comunistas de todas las pelambres.
Pero para ellos lo de Cuba de 1959 era otra cosa; superada la memoria de la Guerra del 98 y resignados a la derrota de España allí, que ya era historia, y reconfortados por el recogimiento virtuoso, católico, de “la España Eterna” de Franco (la que apenas comenzaba a coquetear con Eisenhower), lo de Cuba se entendía y resolvía en una guerra entre un tirano de muy mal gusto (Batista), otro chafarote como del que aquí ya se habían despercudido (Rojas) o el Perón de Argentina tan chocante con su Evita y sus “descamisados” o los otros milicos del mismo jaez (Stroessner, Pérez Jiménez, Trujillo…) aunque fueran conservadores como casi siempre, cualquiera sea el disfraz incluso el de socialistas, y por otra parte unos muchachos que habían pasado por todas las penalidades en el mar a bordo del Granma, en el juicio famoso de Fidel (otros nombres aún no tenían mayor notoriedad aquí), estudiantes y trabajadores luchando en la Sierra Maestra bajo el comando del Fidel que, además, había peleado con el Partido Comunista Cubano, pa’que vea. David y Goliat. Los gringos de Cuba eran sobre todo turistas y mafiosos cómplices de Batista, y los ricos locales tendrían que terminar apoyando a los barbudos. La Iglesia ya estaba con ellos y Fidel había estudiado con los jesuitas. Temas como el histórico de la Enmienda Platt y el enclave de Guantánamo sólo aparecerían en el paisaje más adelante, cuando Fidel y compañía “se quitaron la máscara”, decían, pero en enero de 1959 a mi familia Cuba la tenía en ascuas. Nunca olvidaré el júbilo clamoroso de los adultos oyendo por radio en aquella finca detalles de la entrada de los barbudos a La Habana y la derrota de Batista y los suyos. Todo cambió, claro, cuando empezaron los discursos “¡al paredón!” y las expulsiones de curas no comprometidos, de disidentes y de empresarios, y sobre todo cuando Fidel y los compañeros fundaron un nuevo Partido Comunista muy amigo “de los rusos ateos”. Consecuencia en mi familia, parentela y amigos: alineación en la Guerra Fría y elección del socio norteamericano para y por los buenos que somos más, aquí.
Luego vendría en la juventud, con los lentos avances de una tortuosa formación política (nunca he sido un iluminado1) la primera identificación con la Revolución socialista desembozada, la incierta elección considerando las urgencias de la justicia social exigida por siglos y al mismo tiempo los logros rotundos en los derechos para el pueblo cubano, contrastados con los primeros excesos, paredones, abusos y crímenes contra la vida y la libertad de expresión; la Crisis de los Misiles de 1962 en la que luego no hubo bando para escoger, ni Kennedy ni Khrushov, cuando se empezó a revelar toda la película por parte de las propias “estrellas” rusas y gringas2; la alineación de Cuba con todos los atropellos de la Unión Soviética: retrospectiva contra Hungría, y presente contra Checoslovaquia o Polonia; la Guerra de Angola y la de Afganistán y las revelaciones de los Gulags; la ambigüedad del Campo Socialista (nada monolítico pese a la proclamada fuente común del marxismo y supuestos objetivos comunes antiimperialistas3) ante la Guerra de Vietnam; los cuestionamientos del Eurocomunismo profundamente crítico del estalinismo y de sus herederos; la otra guerra fría del campo soviético y el chino con mutuas invasiones de territorios, y los crímenes de Pol Pot; la Revolución Cultural de Mao y las hazañas de la Banda de los Cuatro (increíblemente la fórmula que en nuestras universidades todavía nos recetan unos ignorantes, revejidos y esperpénticos maoístas encapuchados y bombarderos, en sus grafitis de los baños); el desconcierto por la inhumanidad de los regímenes pero los innegables aportes del humanismo de una parte de su intelectualidad, la ilustración y la excelencia de las Artes. Una solidaridad que se manifestó a otros países de muy diversas formas pero que Colombia recibió en una dosis excelsa: acoger las conversaciones que culminaron con el Acuerdo de La Habana de 2016, el que aquí la derecha irracional ha hecho esfuerzos denodados por destruír, caso inédito en el mundo y en la Historia. Pero al mismo tiempo, en el régimen interno de Cuba la censura, la homofobia, el exilio interior y el exilio forzado al exterior y la cárcel para los disidentes, en fin, lo que es tan conocido hasta la náusea; lo que algunos politólogos de aquí, políticamente correctos entre ellos mismos, quieren que sólo se mencione selectivamente. El derrumbe de todo el sistema y de toda la comprensión ante lo inocultable y lo intolerable, ya desde fines de la década de 1980.
Con todo esto, lo que he querido decir es que la presencia de Cuba y las promesas del “socialismo”, para todos los efectos, ha sido constante para mi generación. El desafío intelectual, político, planteado por tantas contradicciones, que en mi caso llega a la conclusión de seguir creyendo en el socialismo como lo soñó el siglo XIX con la condición de que sea ciertamente democrático, con las críticas serias y profundas del XX y lo que en algunos países se ha logrado, aún sin llegar a justas certezas. En el caso de Cuba, hasta la miseria y las tinieblas de hoy que la pone ante las fauces golosas y de enormes colmillos de Trump y del Rubio-Pelinegro-Cubanodemiami-de Vuelta-por-las-Sobras. O sea, lo que ya sabemos por Venezuela y lo que le espera a Gaza (el capítulo que Trump y Netanyahu creen será el último): allá y acullá distribuír las sobras entre los locales, incluídas las sobras políticas que podrían quedarse como nuevos virreyes, oidores y encomenderos garantes de los negocios de Trump y CIA. En Cuba no hay petróleo, claro, pero hay todavía infraestructura turística un poco arrugada y un mar Caribe encantador y Son y Ron y Salsa y todo por vender; importado, claro. Hasta la nostalgia de Hemingway… De Socialismo, NADA. Ahí está el ejemplo del feroz y eficaz capitalismo de Estado de los chinos y sus espléndidos derechos humanos, que se puede replicar con emprendedores trumpistas e inversores del Israel que sigue a Netanyahu o de sus amigos colombianos conducidos por Duque y Uribe y algunos dirigentes gremiales, además, por supuesto y en primer lugar, del exilio cubano republicano de Miami que ya apresta sus maletas y sobre todo sus portafolios: son bien conocidos y están en campaña ahora mismo, los de aquí y los de allá.
¿Independencia?
Empecé diciendo que Cuba nunca ha sido independiente. Decirlo es, frente a los fanáticos irredentos, políticamente incorrecto muy, pero es que la propia Revolución lo pregonó como razón de su necesidad hasta su propia ocurrencia.4 Ya veremos lo que pasó después. Ahí está la historia: Primero la colonia española más larga, más que la de todos los otros países latinoamericanos, colonia larga que cobija también a Puerto Rico y a Filipinas víctimas también, conjuntamente con Cuba, de la apropiación por Estados Unidos en 1898. Al fin de ella viene la Guerra de Independencia heroica desde 1895, la Guerra Necesaria de Martí, de Maceo y Gómez, que se tuerce cuando interviene el Monstruo en cuyas entrañas estuviera Martí, como lo dijo; la intervención norteamericana con episodios entre trágicos y farsescos como las bravuconadas de Teodoro Roosevelt: su hundimiento criminal del Acorazado Maine; su Caballería sin caballos5 y con falsos heroísmos en la batalla de Las Colinas de San Juan con sus Rough Riders (los mismos de sus aventuras del middle y del far west), bruto y perdonavidas como Trump, pero con mucha publicidad épicoamarillenta por parte de su amigo William Randolph Hearst, el Ciudadano Kane; la humillación definitiva al dominio español y la consecución, por parte de Estados Unidos, de la posición estratégica para su marina en el Caribe, esa que le dará alientos y bases navales a Roosevelt para quitarle Panamá a Colombia y conseguir su Canal Interoceánico (negocio pionero de los de Trump y de otros antecesores), entonces con humillación a las potencias europeas que querían lo mismo pero burlados mutuamente en sus acuerdos de 1878 y siguientes, especialmente entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Y se quedará Estados Unidos en Cuba, segunda dependencia con dominio para todos los efectos hasta la Revolución triunfante de 1959. Etapa ésta llena de complejos acontecimientos políticos, de denodados pero frustrados intentos (algunos de origen estudiantil) por sacudir esa dominación de norteamericanos y chafarotes cubanos. Y la dictadura de Batista, rodeado de “padrinos” gringos y otras faunas de casino, de cabaret y de rumbas surtidas.
¿Independencia económica?
Hasta un ignorante miserable de la economía como el suscrito puede entender esto que sigue: La historia de Cuba desde la Conquista Española hasta, por lo menos, la independencia con aquella sofocante ayuda de Estados Unidos, está profundamente asociada con el casi absoluto basamento en el modo de producción esclavista, incluyendo las propias luchas de antes y durante la Independencia cuando no se pueden entender las hazañas conseguidas sin la intervención de los mambises macheteros negros, presentes también en República Dominicana (desde mediados del XIX) y en Filipinas, y en los tres países en las del fin de ese siglo: era su combate por la independencia nacional y por la liberación de la propia población esclava, que al llegar el fin de la dominación española apenas cambió a la dolorosa dependencia del trabajador agrícola “en libertad” con jornales de hambre y discriminación social como pocas en una sociedad blanca marcada por el clasismo español de siglos, que se perpetuará hasta la llegada de la Revolución, hasta su reforma agraria, pero con una mentalidad racista que a pocos cubanos he oído negar incluso para la población mulata y mestiza, como en el resto de Iberoamérica.
Imposible resumir una historia posterior de más de sesenta años, pero a grandes rasgos hay que señalar: tras la clara dependencia de Estados Unidos desde 1898 hasta la Revolución de 1959 y la dominación interior de la oligarquía del azúcar, el tabaco y el ron (prácticamente las únicas industrias, aparte del turismo y sus ya señalados “padrinos” o empresarios a secas locales y extranjeros), una dependencia del mercado mundial de esos productos pero con notable preeminencia de Cuba aún sobre sus vecinos del Caribe, llega la pesada dependencia de la Unión Soviética y del Bloque Socialista europeo: el llamado agudamente “socialismo real” el de “eso es lo que hay”. La relación solidaria pero costosa de Cuba con las luchas de liberación colonial de países africanos, caribeños y asiáticos (con las confusiones de bandos como en la guerra de Angola), se da en el marco de un “internacionalismo proletario” de la teoría marxista leninista, ahora ordenado por la Unión Soviética, una relación desigual que en Antioquia los campesinos llamarían caridad con uñas: en pocas palabras, una descolonización con cambio de colonizador, el que en los tres continentes suple las necesidades de educación superior prestada en las universidades del bloque soviético, con tendencia a formar clase dirigente para los países descolonizados, alineada en las urgencias de la Guerra Fría y en los estertores de ésta, con ese mismo bloque socialista; el que propone e impone tecnologías y máquinas de todo tipo, provee los buses (“guaguas”), barcos, aviones, camiones y los pocos automóviles para la Nomenclatura (los del común, es bien sabido y visto, tendrán que lograr hazañas de mantenimiento del viejo parque norteamericano o europeo del pasado). Con algunos del bloque socialista y unos cuantos aliados del entonces llamado Tercer Mundo, Cuba se avendrá a la curiosa y nunca bien explicada entelequia de Los No Alineados (cuando ya no lo eran) que sólo será vista por fuera (o en Colombia con Belisario) como una ilusa estrategia para captar mercado político y económico “de centro” diríamos en Colombia hoy; estrategia que quizá venía de quienes de adentro del mundo “socialista real” ya avizoraban el colapso y buscaban nuevas amistades políticas y comerciales.
Cuando llega el colapso desde 1991, Cuba se enfrenta, como otros países dependientes de ese extremo, al hecho incontestable de que había llegado al punto de encarar el ser por fin dependiente de sí misma: había sobrevivido, mal que bien, al infame y estúpido bloqueo norteamericano que empezó desde la década de 1960, absurdo aun en los propios términos del capitalismo pragmático. Pero ante el desafío, Cuba nunca logró ser independiente: característico del subdesarrollo había desarrollado una mentalidad de dependencia como se conserva la mentalidad del colonizado y en Colombia lo sabemos bien, sobre todo en una derecha que se precia de ilustrada y civilizada pero, como ahora frente a Trump, incapaz además de remontar los desafíos políticos de una izquierda en avance, de una sociedad que al fin está despertando en la afirmación de sus derechos; entonces esa derecha prefiere la intervención de la potencia que esperan les va a conservar sus privilegios.
Pero hay gran diferencia en las historias de Cuba y de Colombia: pese a todo, pese a la incapacidad de la clase empresarial afincada en el progreso del sector financiero en desmedro del productivo, que dejó desmontar el gran avance industrial de tres cuartas partes del siglo XX; que con la torpeza política de su represión y de su obediencia a la política norteamericana de la Guerra Fría convirtió (el Presidente Guillermo León el abuelo de Paloma Valencia, empujado por Alvaro Gómez Hurtado) la violencia liberal-conservadora en lucha de clases y en ejércitos guerrilleros que, además, se auparon con el ejemplo de la Revolución Cubana como en buena parte de Latinoamérica y más allá. Pese a todo ello, Colombia no ha tenido toda su clase empresarial dominada por aquella mentalidad del colonizado tan cara a las élites; a diferencia de buena parte de éstas, hemos tenido una mayoritaria luchadora en la pequeña empresa y en las clases medias: Colombia no ha tenido esa enorme sombra en toda la población de una dependencia (que se vuelve mentalidad cerril) como la de Cuba primero con la larga colonia española y luego con la norteamericana y luego con el bloque comunista (¿?) ruso y europeo: Cuba vivió enteramente de ello, fue incapaz de desarrollar una industria que “sembrara el azúcar” como en Venezuela se habló a mediados del siglo XX (Carlos Andrés Pérez por otra parte tan fallido) de “sembrar el petróleo” (apenas conseguido entonces y luego desmontado por Chávez y Maduro). El bloqueo norteamericano ha sido asfixiante para Cuba pero no lo explica todo, excepto ahora mismo bajo Trump y sus expectativas de negocio: muchos fueron los países (los latinoamericanos, incluso Colombia a partir de López Michelsen -descontando al indigno Turbay- aunque después arrepentido López) y algunos potentes europeos, o como el siempre solidario México, o los aliados caribeños y africanos de Cuba que no le cerraron sus mercados; España nunca la dejó de su mano y le montó su nueva industria turística (de la que nunca se apropió Cuba como nunca se apropió en otros frentes de la maquinaria ni de la capacitación ni de los subsidios soviéticos para su propio emprendimiento), política española asombrosa de apoyo a un Estado comunista aún desde el franquismo anticomunista como pocos, por una solidaridad entre los gallegos hermanos Castro y el gallego Francisco Franco. Pero la exigencia era principalmente hacia adentro y no supieron responder a tiempo; se acostumbraron a que todo el azúcar lo compraban los “socialistas” y cuando se fue el comprador y proveedor de todo dejaron caer la caña y ya no había quien les parara la caña; ahora importan azúcar y no tuvieron de donde sacar fuerzas para la iniciativa privada: antes cada ciudadano vivía del Estado para todo y el Estado vivía de la Unión Soviética. Algo se logró años después tolerando pequeños negocios, forzadamente en el sector de servicios, pero apenas sobrevive sin combustibles y sin materias primas; dependen todos de las remesas, no sólo de dinero sino de los bienes más elementales: ahora los exiliados y “los gusanos” movilizan la economía. Y ahora Cuba es la mesa servida y arrinconada por Trump para ser invadida, inerme y con un gobierno enfrentado con su pueblo, sin que el resto del mundo pueda o se anime a decir ni mú. Dolorosa historia. Y con Trump, nadie está seguro sobre todo si los poderes de adentro tienen la ilusión de ser invadidos y recolonizados, como en Colombia. Y en Cuba y Venezuela. No pasa lo mismo en Groenlandia, ni en México ni en Canadá, a las que Trump también considera mesa servida.
1 No resisto la tentación de recordar una anécdota histórica: en Cali aterriza a mediados de los años 1960 el periodista José Pardo Llada, exrevolucionario cubano que trabajó allí en el diario Occidente. Rabioso enemigo del régimen cubano. Pardo entrevista a Enrique Buenaventura e, “ingenioso”, le pregunta: “Enrique, ¿es verdad que Usted es comunista desde chiquito?”. Respuesta inmediata del dramaturgo: “Nunca fuí niño prodigio”.
2 Interesantes los recuentos del grupo conjunto norteamericano (con el coprotagonista Robert MacNamara, ex Secretario de Estado de Kennedy encabezando) y el soviético que, desde fines de los años 1980, se reunió alternativamente en Moscú y en Washington para analizar con minucia cómo ocurrieron los momentos de esa crisis que puso en peligro atómico a todo el mundo; informes publicados por la revista New Yorker.
3 Por entonces (1960 a 2000 por lo menos), según la propaganda (tan cara a los grupúsculos de las universidades colombianas) de cada bando, había “Expansionismo imperialista chino” y “Socialimperialismo soviético”, rotundamente enfrentados aunque supuestamente todos opuestos al Imperialismo Yanqui, cuestionado y enfrentado por la heroica Cuba en la opinión de todos. Así se vería bien temprano cuando la imbécil Invasión de cubanos y CIA por la Bahía de Cochinos, liquidada por eso mismo en forma inmediata por la Revolución.
4 Hasta este punto, incluso hasta 1970, además de varias fuentes vale la pena señalar la monumental de tres tomos de Hugh Thomas (CUBA. Grijalbo, Barcelona-Mexico, 1973), tan seria como sus otras EL IMPERIO ESPAÑOL DE CARLOS V (Planeta, 2010) y LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (Planeta, 1961). Y para el período entre el 98 y la Revolución, el libro de Fernando Mires CUBA, LA REVOLUCIÓN NO ES UNA ISLA (Ediciones Hombre Nuevo, Medellín Colombia).
5 La Caballería de Roosevelt se subió al barco rumbo a Cuba, pero en Florida se quedaron los caballos…