La ciudad rusa de Sochi se ha convertido en un fortín. No está permitido el ingreso de vehículos y se ha implementado una operación inédita para revisar los antecedentes y credenciales de todos los espectadores de los Juegos Olímpicos de Invierno que empezarán allí el próximo viernes. Las autoridades rusas van de puerta en puerta buscando sospechosos de terrorismo.
Sochi está en el radar de las amenazas terroristas, principalmente debido a su proximidad al lugar donde Rusia libró dos sangrientas guerras contra separatistas chechenos, la que ocurrió entre 1994 y 1996 y la de 1999 a 2000. En un informe publicado en Global Security, Brian Michael Jenkins explica que en esos enfrentamientos las fuerzas rusas pudieron suprimir a los insurgentes, pero el norte del Cáucaso —Chechenia, Daguestán, Ingushetia— sigue siendo una región violenta donde los ataques terroristas son comunes.
Joseph Trevithick, analista de Global Security, explica a El Espectador que el terrorismo en el Cáucaso parece ser una consecuencia natural de la enemistad histórica entre grupos tribales que viven allí y las autoridades centrales rusas, que han tratado desde hace siglos de “pacificarlos”. “La afiliación tribal parece tener mucho que ver con la actividad terrorista. Gran parte de los combates en la región involucran a miembros de los diversos grupos étnicos, sea en nombre del gobierno ruso o en nombre de los grupos separatistas. Esta lucha interna afecta la cohesión de los distintos grupos”.
Con más de 30 millones de habitantes, 60 etnias distintas y al menos un centenar de lenguas, el Cáucaso es una de las regiones más complejas del mundo y el principal dolor de cabeza del Kremlin. Allí, la lucha armada por la independencia se combina con el fanatismo religioso.
La mayor amenaza contra los Juegos Olímpicos de Sochi viene, según Trevithick, de grupos y agentes individuales asociados con el Emirato del Cáucaso, liderado por el islamista checheno Doku Umarov, quien tal vez sea el único sobreviviente de los comandantes rebeldes que iniciaron la lucha contra Rusia en 1994. “Desde mediados del año 2000, Umarov ha trabajado para crear en la región una especie de frente unido en contra del gobierno ruso. También se le acusa de estar asociado con Al Qaeda, aunque lo ha negado”, dice Trevithick.
En 2007, Umarov se autoproclamó “emir del Cáucaso” y jefe de todos los grupos combatientes activos en la región. En noviembre de 2009 declaró la imposición de la sharia —la ley islámica— en la región y la responsabilidad de todo musulmán de luchar “contra los infieles rusos en una yihad o guerra santa”.
Umarov ha calificado los Juegos de Sochi como “bailes satánicos sobre los huesos de nuestros antepasados” y ha advertido que hará todo para estropearlos: “Como muyahidines estamos obligados a impedirlo por cualquier medio permitido por Alá”, afirmó en un video divulgado recientemente.
En el pasado, el líder checheno cumplió algunas de sus amenazas. Por ejemplo, el 14 de febrero de 2010 emitió un mensaje que decía: “Graben en sus mentes esto, rusos: la guerra no se derramará sólo en nuestras ciudades y pueblos. La guerra vendrá a sus ciudades”. El 29 de marzo siguiente, dos mujeres se inmolaron en pleno metro de Moscú y mataron a más de 35 personas.
Esos son apenas dos episodios en el grueso expediente de ataques terroristas en Rusia, perpetrados también por otras organizaciones armadas del Cáucaso. En la larga lista se cuentan la toma del teatro moscovita Dubrovka, donde murieron alrededor de 39 terroristas islámicos chechenos y 129 de sus rehenes, y la cruel masacre en la escuela de Beslan, donde murieron más de 370 personas. Según el informe de Brian Michael Jenkins, desde mediados de los años 90, 3.000 personas han muerto en atentados en el país. La mayoría de los ataques están relacionados con los rebeldes del Cáucaso Norte.
A finales de diciembre los atentados suicidas en la estación de trenes de la ciudad de Volgogrado, al sur de Rusia, causaron la muerte de 34 personas. Apenas dos meses antes, el 21 de octubre, una terrorista suicida mató a seis personas en un autobús. El Emirato del Cáucaso ha reivindicado su responsabilidad por estos ataques.
Las autoridades rusas informaron que el atentado de Volgogrado fue cometido por una “viuda negra”, que es como se llama a las esposas o novias de guerrilleros fallecidos en enfrentamientos contra las autoridades rusas en el Cáucaso Norte. En venganza, las viudas negras realizan atentados suicidas contra civiles o instalaciones oficiales. Desde la década pasada estas mujeres bomba se convirtieron en una herramienta muy útil para los terroristas de las repúblicas caucásicas de Chechenia y Daguestán.
Tras los atentados de Volgogrado, la república norcaucásica de Daguestán comenzó a comprobar quién salía de ahí hacia otras ciudades del país. Sin embargo, no se descarta que las viudas negras ya estén en Sochi u otras ciudades del país.
Después de las explosiones en Volgogrado han sido frecuentes las amenazas terroristas contra el Comité Olímpico Internacional, así como para los comités olímpicos de Eslovenia, Hungría, Alemania e Italia.
Putin, sin embargo, está obstinado en garantizar la seguridad en Sochi. El reporte de Jenkins dice que el Gobierno ha rodeado las instalaciones olímpicas con un “anillo de acero”. Entre 60.000 y 100.000 policías y soldados han sido desplegados para asegurar la ciudad, incluyendo 400 cosacos con sus uniformes tradicionales. “Los cosacos agregarán color, pero, dado el papel que jugaron en la conquista del Cáucaso, su presencia enojará a los enemigos radicales”.
Al presidente ruso no le basta con sus unidades militares y de inteligencia. Recibirá la cooperación de Estados Unidos, un país con el que tiene rivalidades que se han intensificado últimamente por los escándalos de espionaje, pero con el que al mismo tiempo comparte la determinación de hacer la “guerra contra el terrorismo”, en especial el llamado terrorismo islámico. Por ejemplo, como señala el internacionalista Mauricio Jaramillo Jassir, Washington y Moscú coinciden en apoyar al gobierno uzbeko de Islam Karimov, que es abiertamente autoritario, pero repele al Movimiento Islámico de Uzbekistán.
Dos navíos de guerra estadounidenses ya están en el mar Negro. Se trata del destructor lanzamisiles Ramage y el navío anfibio Mount Whitney, con 600 miembros de las fuerzas especiales de la marina de guerra de EE.UU. a bordo. La ayuda de la Casa Blanca también incluye equipos de alta tecnología para detectar bombas caseras activadas a distancia, los cuales el Ejército ha desarrollado y perfeccionado en las guerras de Irak y Afganistán.
A pesar de que Sochi es hoy un fortín, la amenaza del terrorismo está latente. Desde la masacre en los Olímpicos de Múnich de 1972, es normal que el país anfitrión exija seguridad extrema para estos eventos deportivos. Sin embargo, según Brian Michael Jenkins, nunca antes una amenaza contra los Juegos Olímpicos ha estado tan abiertamente dirigida, como ahora.
El antecedente en EE.UU. se presta para muchas preguntas. Un bombazo en plena maratón de Boston dejó tres muertos y más de 260 heridos en abril del año pasado. Dzhokhar y Tamerlan Tzarnaev, autores del atentado, eran chechenos. Fuentes de la inteligencia de EE.UU. dijeron al Washington Times que los hermanos pudieron haber encontrado inspiración en la lucha islámica de que se libra en Chechenia.
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@DanielSalgar1