Han pasado diez años desde el día en el que los británicos votaron su escisión de la Unión Europea con el Brexit y este martes, fecha exacta del aniversario, el Reino Unido está sumido en una crisis política que parece tornarse en un bucle de inestabilidad. El lunes, tras semanas de soportar la presión interna, el laborista Keir Starmer dimitió al cargo de primer ministro después de casi dos años en el poder.
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Desde el conservador David Cameron (2010-2016), es el quinto primer ministro en dejar el cargo en el Reino Unido, después de Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak. Ampliando el panorama al menos a este siglo, solamente Cameron y Tony Blair (1997-2007) han logrado permanecer más de cinco años en el cargo, lo que muestra un panorama mucho más amplio de crisis de liderazgo. Sin embargo, el caso de Starmer no puede compararse, por lo menos, con el de su predecesor, Sunak.
La de este último fue una crisis mucho más amplia y terminó costándole a los conservadores casi 15 años de dominio en la Cámara de los Comunes, dando paso al regreso laborista que protagonizó precisamente Starmer. Su popularidad venía en picada y, para el momento de su renuncia, era el líder menos popular del Reino Unido, con solo un 20 % de aprobación, según la encuestadora YouGov para marzo. Pero antes de que la debacle terminara como la de los conservadores, los laboristas vivieron su propia rebelión, que terminó con la caída de su líder.
Al acecho de que esto pasara estaba Nigel Farage, ultraderechista, antiinmigración y euroescéptico, que desde su plataforma Reform UK viene pidiendo que se celebren comicios antes de 2029, la fecha establecida. Poco a poco ha venido capitalizando los tropiezos de los dos partidos tradicionales y construyendo una base que para marzo le daba un 27 % de favorabilidad. Pero los laboristas parecen haber actuado a tiempo. Andy Burnham, un viejo conocido, ministro con Tony Blair y su sucesor, Gordon Brown (2007-2010), aprovechó el descontento interno para ganar un escaño en la Cámara de los Comunes por Makerfield y poner así el último sello en el destino de Starmer en el poder.
Para Javier Sajuria, docente de la Universidad Queen Mary de Londres, el hecho de que los laboristas todavía tengan margen de maniobra responde más a un fracaso del proyecto de Starmer que del partido: “Si es que Burnham toma el cargo en julio, como se espera, se va a convertir en primer ministro y va a mantener esa mayoría. La pregunta que uno tiene que hacerse es qué hizo Starmer con esa mayoría; es decir, qué tipo de políticas propiamente laboristas llevó adelante. Tuvo bastantes zigzagueos con respecto a la economía, en inmigración tomó posturas bastante parecidas a las de la derecha y la ultraderecha, y no ha avanzado mucho en otros temas. Quizás hubo un pequeño aumento de impuestos, pero no fue compensado con un mayor crecimiento”.
Tom Clark, editor de la revista británica Prospect, explicó en The Guardian que la rápida sucesión de primeros ministros desde el Brexit refleja una política británica atrapada en cambios constantes de liderazgo que dificultan la ejecución de reformas de largo plazo. Más que resolver las crisis, los relevos terminan alimentando una sensación permanente de inestabilidad.
¿Qué rol viene jugando Burnham?
Con poco más de 35 años ya ocupaba cargos ministeriales con Blair y, bajo el tutelaje de Brown, lo siguió haciendo, siendo ese el comienzo de una larga carrera laborista que lo llevó a ganarse el apodo del “hombre del pueblo”. Duró casi diez años como alcalde del Gran Manchester, territorio que aglomera a más de dos millones y medio de personas, y se hizo popular por enfrentarse a Boris Johnson durante la pandemia por el trato que le dio a su territorio. Es descrito en el Reino Unido como pragmático y su recorrido laborista respalda la tesis. Fue “blarista”, trabajó con Brown y antes de saltar a Manchester se acogió al liderazgo de Jeremy Corbyn.
Como acota Sajuria, no es un hecho que sea el próximo primer ministro. Los laboristas deberán llegar a un consenso y, a más tardar el 16 de julio, Burnham podría convertirse en primer ministro si no se llega a presentar otro rival en la contienda interna. Starmer se perdió en su propio intento de reformar el Reino Unido y darle un norte al laborismo, pero ahora la prioridad, más que recuperar el rumbo, es frenar el avance de Farage. Los éxitos de Burnham en Manchester, con reformas importantes como la nacionalización del transporte público, terminaron por darle una popularidad que puede ser la clave para mantener a flote al partido en el gobierno.
Ahora el reto para Burnham no es menor. Clark anticipa en The Guardian que el “cambio de primer ministro implica que una gran proporción de los demás ministros también cambiarán automáticamente. Naturalmente, cualquier nuevo primer ministro querrá formar su propio gabinete, y ningún político con la astucia necesaria para llegar a la cima del poder ignorará las oportunidades que ofrece el uso de los rangos inferiores del gobierno para recompensar a los leales y mantener a raya a los más problemáticos”.
El problema será que, de seguir esa tendencia, podría cimentar el camino para caer en el mismo patrón de sus antecesores. Clark también sentencia que parte del mal de Starmer fue “su falta de comprensión e imaginación. Se aferró a una visión de la opinión pública como irremediablemente reaccionaria e intentó impresionarla con conservadurismo cultural”.
Suena lógico, pero la necesidad de consenso, incluso en el mismo seno laborista, puede ser clave para el nuevo gobierno. Por otro lado, para Sajuria, haber sido tan cerrado le costó poder implementar un proyecto. Ahora, explica, los sectores, particularmente los más a la izquierda de Starmer, que están rondando alrededor de Burnham en este momento, lo ven como una oportunidad. La incógnita es si Burnham logrará romper el ciclo de gobiernos efímeros que se instaló tras el Brexit o si terminará siendo otro nombre en la larga lista de primeros ministros que no consiguieron convertir una mayoría parlamentaria en un proyecto político duradero.
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