Europa resolvió el jueves en Bruselas decirle no a la solicitud de Estados Unidos de participar en una misión militar para reabrir el estrecho de Ormuz. La razón es sencilla: es una irracionalidad económica. Estados Unidos gastó solo en 12 días de guerra USD 16.500 millones, más de lo que destinó a ayuda humanitaria en todo 2024.
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Los líderes europeos saben que entrar en el teatro de guerra será costoso; con el gas subiendo un 35 % y castigando la economía de los hogares, no quieren agravar una situación fiscal que ya demanda un enorme gasto propio. Cada euro puesto en el estrecho de Ormuz es un euro menos para proteger la frontera este de Europa frente a Rusia.
Entrar a una guerra que ha sido calificada por los mismos líderes europeos de “ilegal” socavaría el apoyo popular al rearme europeo, algo que países como Francia ven necesario para adquirir una autonomía en defensa. También están presionados públicamente por no dar una respuesta contundente frente a los ataques de Israel en Gaza. Y, por último, en la inteligencia europea hay desconfianza para involucrarse en un conflicto sobre el que Washington ni siquiera les consultó y del que parece no tener una ruta clara. Por eso han resuelto que la mejor vía para salir de la crisis actual en Ormuz es la diplomacia secreta con Irán.
La decisión, como era de esperarse, enfureció al presidente Donald Trump, solo que esta vez el mandatario estadounidense no solo ha insultado a sus aliados, sino que al tiempo les ha implorado su ayuda. Luego de años de ataques indiscriminados a los europeos, la guerra con Irán le ha hecho ver al republicano que no solo la Unión Europea depende de Estados Unidos, sino que Washington también depende de Bruselas. A pesar de esto luce empeñado en firmar los papeles de divorcio si no hacen lo que dice.
La importancia de la UE para Trump
La retórica de “América Primero” ha chocado con un muro geográfico infranqueable. Aunque el presidente Trump insista en que la OTAN es una carga prescindible, la operatividad de sus misiles en Oriente Medio depende de suelos que no le pertenecen. La infraestructura de las bases en Alemania (Ramstein), España (Rota y Morón) e Italia (Sigonella) representa el sistema circulatorio del poder estadounidense, no meros lujos diplomáticos.
Sin estas bases, proyectar fuerza, recolectar inteligencia en tiempo real o evacuar heridos sería logísticamente inviable. EE. UU. no puede defender sus intereses en el golfo Pérsico desde Carolina del Norte. Esta “dependencia inversa” de la que poco se habla en la Casa Blanca revela que la seguridad de Washington también está anclada a la cooperación europea.
Para Rafael Piñeros, experto en relaciones internacionales, Europa también es estratégica para EE. UU. no solo por su geografía, sino por su peso político: cuenta con dos miembros permanentes en el Consejo de Seguridad y capacidades navales de primer orden en Francia, Reino Unido y España que podrían estabilizar Ormuz.
La ironía es total. Luego de múltiples humillaciones públicas a su presidente, Volodímir Zelenski, Estados Unidos ha llegado al extremo de pedirle ayuda a Ucrania para que le enseñe a derribar drones Shahed, los mismos que Kiev lleva años destruyendo bajo el fuego ruso. Trump ha descubierto que necesita la experticia de los aliados que él mismo intentó abandonar a su suerte.
“El estilo de Trump se enfrenta a la complejidad que son los asuntos internacionales. La diplomacia, la mediación, los buenos oficios y los apoyos logísticos y militares no se obtienen amedrentando o amenazando, sino generando confianza porque se ponen en riesgo recursos compartidos”, agrega Piñeros.
¿Es exagerado hablar de divorcio?
Lo que hoy vemos en Ormuz es mucho más que un desacuerdo puntual: es la culminación de un “quiebre de fe” transatlántico. Mientras el canciller alemán, Friedrich Merz, intenta equilibrar la lealtad a su aliado con la realidad de una “Pax Americana” (período de relativa paz y estabilidad global liderado por EE. UU.) moribunda, como él mismo la ha llamado, otros vecinos han pasado de la cautela a la autodefensa.
El caso de Dinamarca es el síntoma definitivo del estado del matrimonio. En enero, según “The Financial Times”, Copenhague envió explosivos y suministros a Groenlandia, preparándose para minar sus propias pistas ante la amenaza de una incursión hostil de Washington. Que un aliado de la OTAN planifique una resistencia militar contra EE. UU. demuestra que Europa ya no solo no le sigue el juego a Trump, sino que ha empezado a protegerse de él. La operación contra Nicolás Maduro, aseguran, aceleró los planes para una posible confrontación directa.
Para Piñeros, sin embargo, el trasfondo es más complejo: “Estados Unidos presiona muy fuerte a Dinamarca para que haga más en Groenlandia, no porque quiera invadir, sino porque ante la eventualidad de una invasión de Rusia, EE. UU. tendría que entrar en guerra”, explica. Según el analista, la estrategia de seguridad danesa no es contra Washington, sino contra “el oso gigantesco ruso que tiene cerca y que ha demostrado que quiere expandirse como lo hace en Ucrania”.
Desde esta óptica, más que un divorcio inminente entre socios confiables como Alemania, Francia o Reino Unido, lo que emerge es una grieta profunda en los cimientos de la alianza. “Veo con preocupación una creciente desconfianza, unos intereses divergentes, unos principios y valores excesivamente pragmáticos de EE. UU. para alcanzar victorias visibles”, concluye Piñeros.
Las opciones de EE. UU.
Ante el “No” europeo, Washington se asoma a un abismo táctico. Como señala el analista Argemino Barro, a Irán el cierre de Ormuz le sale “relativamente barato”: no ha necesitado una gran flota, sino drones y misiles para transformar el cálculo de riesgo global. Con los europeos, entre ellos Francia e Italia, en negociaciones privadas con Teherán para garantizar el paso seguro de los barcos por el estrecho de Ormuz , la Casa Blanca, según Axios, baraja ahora opciones desesperadas y de alto riesgo.
Una de ellas es ocupar la Isla de Jarg, que procesa el 90 % del crudo iraní. La otra es desembarcar a tropas en tierra en la costa del Estrecho para neutralizar los ataques. Con tres unidades de marines en camino y una solicitud de USD 200.000 millones al Pentágono para sufragar una guerra que cuesta hasta USD 2.000 millones diarios, Trump se enfrenta a una realidad dramática a nivel electoral: sin el apoyo de la OTAN, el costo lo asumirá el contribuyente estadounidense, lo que podría verse reflejado en su apoyo interno. Pero también es la tormenta perfecta para que Trump cumpla su vieja amenaza de abandonar una Alianza que, a sus ojos, no sirve para nada si no sirve para su guerra.
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