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El mayordomo infiel

El juicio de Liliane Bettencourt, heredera del emporio de cosméticos L’Oreal, y su amante, el fotógrafo François-Marie Banier, sacude a la sociedad francesa.

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Antonio Jiménez Barca / Especial de El País
02 de julio de 2010 - 10:30 p. m.
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El mayordomo Pascal entraba en uno de los aposentos de la casa de la mujer más rica de Francia, dueña de una fortuna de 16.000 millones de euros, colocaba la bandeja de té y los bombones, y justo antes de que llegaran la señora y su visita, conectaba la pequeña grabadora escondida en una mesa próxima, envuelta en una tela para que nadie la viera. Otro día, Pascal, como siempre, se anticipaba con el café y las pastas, y antes de que la anciana madame Bettencourt se sentara junto a alguno de sus invitados, el mayordomo sacaba la grabadora de la chaqueta y la colocaba donde siempre, encima de la mesa, envuelta en la tela negra de siempre.

Las reuniones siempre se celebraban en el viejo despacho del señor Bettencourt, fallecido hace años, de cuya limpieza y mantenimiento se encargaba siempre su ex mayordomo personal, Pascal, quien se ocupó de él hasta su muerte. Por eso nadie notó jamás que el pequeño bulto envuelto en la tela negra encima de la mesa a veces estaba y a veces no.

Durante más de diez meses, Pascal B., de 47 años, distinguido mayordomo de lujo de la familia Bettencourt desde 1998, con un sueldo de 7.000 euros al mes, grabó las conversaciones privadas (y a veces íntimas) que Liliane Bettencourt, de 87 años, heredera única del imperio L’Oréal, mantuvo, entre otros, con el gestor de su inacabable fortuna, Patrice de Maistre, con su notario o con su mejor amigo, el fotógrafo, François-Marie Banier, declarado heredero universal y objeto de regalos por parte de la anciana por valor de 1.000 millones de euros.

En las grabaciones se distinguen las voces de los interlocutores, que, forzados por la sordera de la millonaria, se ven obligados a repetir todo varias veces. Incluso hay una ocasión en que madame Bettencourt se queda dormida y se escuchan sus ronquidos. En otras, simplemente, De Maistre informa a la anciana que va a tener que moverse para arreglar sus cuentas suizas.

Pascal grabó furtivamente, desde mayo de 2009 hasta mayo de 2010, en un ambiente resbaladizo: en 2008, dos semanas después del entierro de su padre, la hija única del matrimonio, Françoise Bettencourt Meyers, denunció ante los tribunales al amigo de su madre, François-Marie Banier, por “abuso de debilidad”, acusándole de aprovecharse de la senilidad de la anciana para hacerse regalar cheques multimillonarios, cuadros de Picasso, Dalí o Matisse, o islas enteras. Banier, con 26 años menos que Liliane, conocido en la sociedad mundana de París desde los años sesenta, ha sido fotógrafo, escritor, pintor e inventor de nombres de perfumes (Poison, de Dior, se le ocurrió a él). También es un inteligentísimo vividor, amigo de arrimarse siempre a los que más tienen, de infancia desgraciada con padre violento y madre desapegada, y juventud gloriosa al lado de Dalí y Horowitz, entre otros.

“Ya es hora de que la justicia aparte de un vez a Banier y su banda de mi madre, que es la víctima. A mí me corresponde, como única hija, protegerla”, dijo la hija en Le Figaro-Magazine, en la que recuerda que ella, como descendiente, controla ya las acciones de L’Oréal, que constituyen el 80% de la fortuna de su madre. El resto, el 20%, más de 3.000 millones, se decidirá en el testamento tantas veces aludido en las conversaciones grabadas por Pascal.

Mientras, el mayordomo Pascal grababa movido, según su abogado, Antoine Gillot, por un afán de supervivencia y también por cierto amor y afecto a la familia, sobre todo al difunto señor Bettencourt. El abogado de la anciana, Georges Kiejman, niega las angélicas intenciones de Pascal y sostiene que detrás de todo el embrollo se oculta la larga y poderosa mano del abogado de la hija, el penalista más conocido de Francia, Olivier Metzner, que ya defendió a Dominique de Villepin en el caso Clearstream. “Metzner es el cerebro de todo este complot”, sostiene el abogado de la millonaria. Sea como fuere, las grabaciones de Pascal se convirtieron no sólo en un venenoso asunto de familia, sino en una explosiva cuestión de Estado. Porque en las conversaciones de la mujer más rica de Francia con sus asesores y amigos han salido a relucir políticos, ministros y hasta el mismísimo presidente de la República.

Por Antonio Jiménez Barca / Especial de El País

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