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La tarde del 23 de diciembre de 2025 el teléfono de Kelly vibró. El número, no colombiano, era la confirmación de un presentimiento que cumplía cinco días. No hacía falta contestar, pero no hacerlo era la prolongación de la angustia. Tantas cosas por su cabeza: ¿cómo se lo iban a decir? ¿en español, en inglés, en ucraniano? ¿Tendrán tacto? ¿Fue algo rápido? ¿Lento? ¿Qué habrá quedado de él? Si estuviera vivo, él mismo llamaría para decir “¡Aquí estoy!”. Pero no. El balbuceo mental no permitió atender la llamada. Antes de que Kelly pudiera devolverla, entró otra vez. La mano temblorosa, la mirada al suelo, la voz quebrada:
—¿Aló?
—Buenas tardes. ¿Hablo con Kelly Gómez?
—Sí, señora, con ella. ¿Con quién?
—Mi nombre es Cloe y le llamo de parte de la Legión Internacional para la Defensa de Ucrania, Patronato de la Guardia Nacional Karthia.
Esa voz, femenina, amable, dulce, no solo significaba la salida de aquella penumbra llamada incertidumbre, sino el ingreso a la inescrutable oscuridad de la verdad: “Lamento informarle que su esposo, Hernán Emilio Padilla, perdió la vida en un combate a las afueras de la ciudad de Kupiansk, al noreste de Ucrania”, escuchó Kelly, en español bogotano. Kelly. A sus 45 años, volvió a sentir cómo el cáncer de la violencia hizo metástasis en su pecho.
—¿Cuándo fue?
—El 21 de diciembre.
—¿Cómo saben que es él?
—’Rascabuchi’ era su chapa, ¿cierto?
El 21 de diciembre Kelly se sintió muy intranquila. Su día laboral, de guarda de seguridad en Bogotá, estuvo atravesado por la imagen de las manos de su esposo llenas de nieve. Asumió que era la ansiedad, porque al día siguiente empezaban sus vacaciones: Barranquilla, su tierra, la esperaba para pasar las fiestas de fin de año… sin él. “Si te lo llevaste, dame fuerza, señor”, repetía a la par de sus pulsaciones. La última vez que hablaron había sido el 18 de diciembre: “Mija, por fin voy para el frente”, dijo Hernán, a lo que Kelly respondió: “Que Dios te bendiga”.
***
El martes 7 de octubre de 2025 amaneció lloviendo en Bogotá. Antes de ir a trabajar y con el primer café de la mañana, Kelly recibió la noticia por parte de Hernán: “Me voy para España”. La lluvia exterior se convirtió en aguacero interior y el silencio fue lo único que recibió como respuesta ese hombre de 47 años, también guarda de seguridad, pero con cinco años de experiencia como soldado del Ejército de Colombia. “Me falta vida”, le decía recurrentemente Hernán a su esposa, cada mañana, antes de ir a trabajar y con ese primer café de la mañana. Al regresar del trabajo, Kelly entendió que el viaje estaba en marcha. No hubo una despedida.
Dos días después Hernán llamó. Estaba en Estambul, un lugar que para Kelly podría ser un barrio en Bogotá, una playa en España o una ciudad en Marte. Hernán confesó: Ucrania era su destino final. Un lugar que, para Kelly, también podría ser Estambul. Kelly asiste a una iglesia cristiana en la que el pastor pide vehementemente a sus feligreses que no vean noticias, que no las escuchen, que no hablen con extraños, que la única palabra verdadera y certera y digna es la de Dios; por eso no sabía nada de Ucrania. “A duras penas conozco los nombres de algunos sitios en Colombia”, dice.
Cuatro días después volvieron a hablar. Hernán envió su ubicación: Dnipro. Kelly se estacionó emocionalmente en la distancia que separa esa ciudad de Barranquilla. Once mil kilómetros. Entre disgustada, triste y temerosa, prefirió no generar reproches y convertirse en el apoyo que necesitaba su marido. No obstante, la frustración siempre encuentra las rendijas para colarse en las palabras: “¿Por qué te fuiste?”, le preguntó. “Porque quería conocer la nieve”, respondió. “Pues ya la conociste, ojalá no te quedes en ella… Perdón, perdón, amor, he pasado noches enteras llorando”.
—Por la desaparición de tu esposo tienes derecho a una indemnización que otorga el Ministerio de Defensa de Ucrania.
—¿Qué más da, si eso no va a revivirlo?
—Piénsalo. Solo tienes que preparar la documentación y venir a hacer todo el proceso.
—¿Y de dónde voy a sacar para ir hasta allá? ¿Y a qué iría? ¿A que me maten también?
A su llegada a Estambul, Hernán y otros 30 latinoamericanos entre los que destacaba la nacionalidad colombiana fueron depositados en la parte trasera de un camión civil. Cruzaron Bulgaria, Rumanía y Moldavia. El corazón de Kelly se arruga al imaginar esas largas horas de encierro que pasó su esposo sin poder ver la luz del sol, sentado sobre tablas, entre desconocidos y comidas desabridas. Para Hernán, la promesa de 18 millones de pesos mensuales (4.300 euros) justificaba el sacrificio. Para Kelly no dejaba de ser una locura. En Dnipro, Hernán estuvo recibiendo capacitaciones y entrenamientos hasta principios de diciembre, cuando fue notificado de su traslado a la zona Cero.
***
Al papá de mi hijo lo mataron las Águilas Negras en una finca arrocera en Achí, Bolívar. Eso fue el 15 de junio de 2009. Mi hijo tenía dos añitos y esa situación fue suficiente motivo para desplazarnos y empezar una vida nueva. Por presiones familiares, en 2010 llenamos unos papeles en lo que era la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. El mismo día nos dijeron que mi hijo tenía derecho a una reparación administrativa, es decir, a un dinero por la muerte de mi esposo, pero que eso se demoraba en salir porque él solo podía pedirla cuando cumpliera los 18 años. En agosto de 2025, apenas mi hijo cumplió esa edad, sacó su cédula y lo primero que hizo fue ir a notificarse a ver si era verdad eso, porque usted sabe que en este país a las víctimas nos prometen de todo y solo nos dan olvido. El caso es que mi Dios es muy grande. En febrero de este año, en pleno Carnaval de Barranquilla, mi hijo abrió una cuenta bancaria más que nada porque ese es el tipo de cosas que se hacen cuando se llega a la adultez. Una semana después, lo llamaron para decirle que a dónde le consignaban la plata por la muerte de su papá. Era curioso porque nunca decían “asesinato”, sino “muerte”, sabrán ellos por qué no llamaban las cosas por su nombre. Nosotros pensamos que se trataba de una estafa o, por lo menos, de una falsa ilusión.
Lo cierto es que a los pocos días llegaron todos esos millones prometidos a la cuenta de mi hijo. Lo primero que él hizo fue decirme: “Mami, coge esa plata y vete para Ucrania a buscar a mi papá”. Él consideraba a Hernán su papá ya que del verdadero no recordaba nada. Todo es muy raro, ¿no? Yo aguanto lo que sea, dos esposos asesinados, pero para él ha sido todo más duro: dos papás asesinados. Y también cómo el primero, sin haberlo planeado, termina por dar la plata para ir a buscar al segundo. Al principio le dije a mi hijo que no, que esa era su plata, que se comprara un terreno o que usara eso para estudiar, pero él insistió, insistió, insistió. Hasta que un día en la iglesia el pastor dijo: “Abre la boca que yo te daré el pan”, y ahí entendí que debía ir a Ucrania a cerrar el capítulo de la muerte de Hernán.
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Por sus amplias aptitudes y experiencia militar Hernán terminó formando parte de un equipo táctico especializado, diseñado para operaciones ofensivas rápidas, incursiones o combates de corto alcance. Una “unidad de asalto”, en lenguaje castrense. Dnipro queda muy cerca del Donbás, una región limítrofe con Rusia que comprende las provincias más importantes del oriente ucraniano: Donetsk y Lugansk, una línea de frente inestable y en constante cambio desde 2014, año en el que empezó la invasión. El Donbás es el mismo sitio que muchos soldados sobrevivientes han llamado “El infierno en la tierra”.
—El cuerpo de Rascabuchi quedó en territorio enemigo, por eso no pudimos recuperarlo, pero sí tenemos algunas de sus pertenencias que deberían estar en tus manos.
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La noticia de que Kelly volaría rumbo a Ucrania se regó como una mancha de aceite. Personas con diferente cercanía y filiación le recomendaron que fuera cautelosa y que era mejor que se asesorara con organizaciones locales que abogan por los derechos humanos de los combatientes colombianos en Ucrania. Así, entró en el universo de la especulación y los tramitadores que le cobraban por cada reunión, cada indicación e incluso le proponían planearle el viaje, pruebas de ADN y apostillas consulares, le prometían el contacto con abogados y mandos militares locales, traductores, la estadía en los mejores hoteles y las tres comidas diarias a precios accesibles y durante el tiempo que fuera necesario. Pero algo llamó su atención: todos pedían con gran insistencia el adelanto de un gran porcentaje del paquete turístico, ni siquiera a cuentas personales o empresariales, sino a billeteras digitales.
Entre tanto, Kelly fue sacando el pasaporte y diligenciando los documentos requeridos por Cloe. En menos de una semana ya tenía todo listo para viajar y parte de esa documentación personal alcanzó a compartirla con los tramitadores, que cada vez presionaban con más fuerza para que depositara el dinero. Cuando finalmente dijo que no, que lo haría todo por su cuenta, le cayeron masivamente por Facebook, por WhatsApp, por teléfono, por mail, amenazándola de muerte, diciéndole que no podría salir del país, que la agarrarían en Europa, que los rusos la tenían identificada, etc. De todas formas, Kelly, con el corazón a punto de reventar por el pánico, logró volar a Varsovia, vía París y, de ahí, por tierra llegó a Kiev el 1 de marzo de 2026.
***
Los 25 días que Kelly estuvo en Ucrania los recuerda como los más fríos que ha pasado en toda su vida. No solo por las bajas temperaturas, sino por la soledad que supone seguirle los pasos a un fantasma. Los datos, como pesadas cortinas, se abrieron para mostrar el dolor de una guerra sin fronteras. Que un dron lo destrozó, que murió a las 8:40 a. m., que es probable que no haya sufrido, que en el contrato firmado aparecen los nombres de ella y su hijo en la casilla de beneficiarios, que fue en el primer combate en el que participó, que era una mañana blanca, que qué mala suerte. Por la comisura de los labios de Kelly la palabra “tristeza” erupciona y lo que cabe en el espacio entre las dos lágrimas que se escurren, brillantes, por sus mejillas, es lo que dura el universo en desvanecerse cada vez que recuerda a Hernán.
En Dnipro caminó por el batallón que alojó a su esposo. Imaginó en dónde comía, en dónde dormía, en dónde se sentaba a hablar con ella. Conversó con sus compañeros, sobrevivientes todos, que aseguraban no poder regresar a Colombia ni a ningún otro lado porque el sinsentido los tenía atrapados. La adrenalina del combate, la pasión por las armas, el ideal de una casa propia, la educación de los hijos, el auto soñado. En los ojos de los soldados la inquietud de un presente que se ofrece al azar. Aspirantes a fantasmas. Hombres y mujeres que cortejan a la muerte, la abrazan, la besan, pero no quieren irse con ella porque tienen planes con los ceros que aún no ganan.
Fue en Járkov, una ciudad en la que las alarmas antiaéreas son la música constante y mirar al cielo implica sentarse en la primera fila de un espectáculo de pirotecnia bélica, que conoció a Cloe. Le entregó todos los documentos y abrió una cuenta en el PrivatBank, el mayor banco comercial de Ucrania. Allí también escuchó por primera vez una palabra que se convertiría en tortura: “paciencia”. Paciencia para la revisión de los documentos. Paciencia para que salga el registro de defunción. Paciencia para que entre el primer pago del 50 % del salario de Hernán (5 millones de pesos, 1.200 euros). Paciencia para que salga la indemnización total por su desaparición (350 millones de pesos, 85.000 euros). Paciencia con el duelo. Paciencia con el idioma. Paciencia para un mes o para tres años. Paciencia con la guerra ajena y lejana que, de repente, se vuelve cercana y propia.
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Me fui de Colombia con la convicción de que lo encontraría y regresé mal, sin trabajo, sin plata, sin fuerzas y con la certeza de haberme perdido en la burocracia de esa guerra, y ese país, que me hizo sentir que no soy digna de recibir nada por ser la esposa de Hernán. Si lo hubiera encontrado, lo habría traído para llevarlo a Soledad, Atlántico, y enterrarlo al lado de su papá y su mamá, porque él los quería mucho. Tenía que intentarlo, porque esa es mi labor como esposa. Intentarlo contra viento y marea. Pero aquí estoy, con las manos vacías. Ahora dos veces viuda: una por un hombre que trabajó honradamente y por eso lo borraron y otra por un hombre que decidió luchar una guerra que no era la suya, decisión que respeto mucho. Pero te digo algo: si tuviera a Hernán en frente en este momento lo regañaría por esa decisión tan estúpida, tan adolescente, que fue la que finalmente lo mató. No te imaginas, todos los días recibo llamadas de madres, hijas y hermanas de hombres de los que no se sabe nada desde hace meses. Ellas esperan que yo les dé una luz que ilumine el hoyo negro en el que no pedimos estar, pero que se convirtió en el horizonte de nuestras vidas. Un hoyo negro del que solo se sale con silencio, de verdad, lo digo por experiencia propia. O que Hernán me perdone: con la frialdad del olvido, que es la misma que tiene la nieve de la que él no pudo salir.
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