“Amiga: Pensaba visitarte este verano, pero por lo que veo en las noticias parece que será en otra ocasión”. Estas palabras se han vuelto familiares para mí. Es la segunda vez que, buscando oportunidades en el exterior, me encuentro de frente con una de las mayores amenazas que vive el mundo de hoy: el terrorismo. De nuevo, lo que parecía una experiencia llena de muchos colores se convierte en una pesadilla oscura, no solo para mí, sino para mi familia en Colombia.
Hace dos años viajé a El Cairo, desprevenida, a trabajar con una ONG en temas de derechos de la mujer, y de la noche a la mañana estalló una revolución. Egipto estaba en primera plana en todos los periódicos del mundo, en medio de una terrible agitación política. Hoy, en Bruselas, por segunda vez en menos de seis meses, estamos en alerta máxima de seguridad, después de los atentados del pasado martes, reivindicados por Daesh o Estado Islámico. Entonces me pregunto: ¿Salí de Egipto para vivir esto?
Mudarse a un país extranjero es en sí una aventura arriesgada, de alguna forma se vive con miedo, desde perder tu pasaporte, ser acusado de algo que no has hecho, perderte en las calles, hasta no entender el idioma que la gente habla o la dirección en la que van los carros. Pero algo muy diferente es cuando tu rutina de repente se detiene porque el gobierno no garantiza que puedas regresar con vida a tu casa luego de ir a un concierto con tus amigos, como sucedió en París tras los atentados en noviembre del año pasado. En esos momentos el miedo alcanza unos niveles que sobrepasan el entendimiento y en lo único que uno piensa es en volver a casa “sano y salvo”.
En Egipto, luego del “golpe de estado” del 3 de julio de 2013, que fue un miércoles, había mucha incertidumbre. Yo no sabía si estaría confinada en casa uno o dos días, ni cuándo las condiciones externas me permitirían continuar con mi vida diaria: ir al trabajo, salir con mis amigos, viajar, practicar deportes y lo que normalmente hago para olvidar que estoy lejos de casa. En ese momento, mucha gente estaba siendo asesinada en las calles durante enfrentamientos entre los Hermanos Musulmanes y los Militares. En la ONG donde trabajaba nos aconsejaron quedarnos en casa y prometieron avisarnos cuándo podríamos ir a trabajar. Fue necesario ir de compras para tener alimentos y sacar suficiente dinero por si los bancos colapsaban. Eso es vivir con miedo.
Mientras se calmaba la situación y disminuía la violencia en las calles de El Cairo, al norte de la península del Sinaí los grupos islamistas radicales se estaban fortaleciendo, algunos de ellos, células adheridas a Daesh. Sus atentados eran cada vez más frecuentes. Sin embargo, hasta ese momento su objetivo militar era claramente el gobierno de Abdelfatah al-Sisi y habían optado por no atacar civiles, por lo que la posibilidad de un atentado en un lugar público era remota y eso nos daba un poco tranquilidad.
Pero uno de los episodios sucedidos en agosto del año pasado me generó especial preocupación: el secuestro y la posterior decapitación de un ciudadano croata, por parte de yihadistas leales a Daesh. Ello significaba que los grupos islamistas del norte del Sinaí empezarían a utilizar las macabras tácticas propias del Daesh, de secuestrar extranjeros para luego decapitarlos y así causar terror y presionar al gobierno. El secuestro del joven croata, que trabajaba para una empresa francesa, sucedió en la periferia de El Cairo, muy cerca de lugares concurridos por quienes vivimos allí.
Unas semanas más tarde decidí viajar con unos amigos al sur del Sinaí, a una zona segura donde íbamos a escapar del caos cairota, pero en un retén militar nos detuvieron. Como íbamos varios extranjeros, no nos dejaron pasar hasta que llegara un carro de la policía para escoltarnos hasta nuestro hotel. Tuve mucho miedo y esa noche, mientras esperábamos en medio de la nada, me di cuenta de que mi vida corría peligro. Era necesario irse.
Desde Bruselas, dos años después y pensando que esos tiempos de miedo habían quedado atrás, y luego de haber disfrutado de una noche tranquila en casa de amigos colombianos, nos enteramos de que en París, la ciudad de las luces, más de cien personas habían sido asesinadas por presuntos militantes yihadistas. No hubo palabras para expresar lo que ese viernes en la noche sentimos todos los que estábamos en Europa. Otra vez, estábamos ante la presencia del Daesh, que reivindicó los atentados. Pero no en un país del mundo árabe o islámico, sino en una capital occidental.
Tomé un vuelo a Colombia al poco tiempo, huyendo de todo. Sin embargo, tuve que regresar a Bruselas a terminar mis estudios de maestría y lo hice con la esperanza de que todo estaría más tranquilo. Me equivoqué.
Este martes a las nueve de la mañana, camino hacia la universidad, se escuchaban sirenas y todo el mundo se miraba con cara de preocupación. En mi celular leí que una explosión había sucedido en el aeropuerto, a 12 kilómetros de donde me encontraba. Luego una segunda explosión en una de las estaciones de metro cercanas a las oficinas de las instituciones de la Unión Europea (UE). La ciudad se paralizó por lo menos durante seis horas. La policía instó a todas las personas a permanecer dentro de sus casas, oficinas o donde se encontraran, pues otros ataques estarían previstos. Mis clases fueron canceladas, mis planes del fin de semana se han quedado en un “tal vez”, porque los museos, centros comerciales y el sistema de transporte fueron cerrados minutos después de las explosiones.
El mismo martes en la tarde, cuando pude salir de la universidad donde nos habían recomendado quedarnos, fui al banco y me asusté al ver que, por medidas de seguridad, estaba cerrado. Mi mente se trasladó a lo que viví antes en Egipto y llegué a mi casa a llorar desconsoladamente, pensando que tal vez sería mejor volver a mi país y dejar de vivir estos conflictos que como colombiana no me pertenecen, pero tienen grandes repercusiones en mis emociones.
Tampoco quiero volver a Egipto. Las últimas noticias que me llegaron sobre la muerte del estudiante italiano Giulio, quien se encontraba en ese país haciendo una investigación como parte de su trabajo de grado, fueron devastadoras, porque me hace pensar que esa es la suerte de muchos periodistas, investigadores y activistas bajo el régimen actual.
Cuando vivía en El Cairo y contrario a lo que muchos piensan, los altos controles de seguridad me daban la impresión que en cualquier momento pasaría algo. Había puntos de control ubicados en diferentes partes de la ciudad, requisas espontáneas de autos en las vías, detectores de metales para entrar a universidades y centros comerciales, extremos controles de seguridad en los aeropuertos, donde debíamos despedirnos de nuestros familiares y amigos casi en el parqueadero externo.
Egipto ha cambiado desde entonces y parece que “hay más seguridad”. Sin embargo, hubo tanta represión para llegar a tal estado, que la famosa “seguridad de Al-Sisi” no es más que una bomba de tiempo que en cualquier momento va a explotar, así que aunque quiera mucho a este país árabe, no le auguro un buen final a lo que comenzó tan mal.
Para mí, es imposible no comparar ambas realidades. Países de Europa y Egipto tienen problemas comunes: los fanatismos, algo con lo que los latinoamericanos no estamos tan familiarizados. Sin embargo, no hay que confundirse, ese fanatismo no es sólo religioso. De hecho, Egipto es uno de los países musulmanes más liberales y Bélgica, como la mayoría de los países europeos, es ahora muy laico. Por un lado, en Egipto el gobierno militar cree poseer una verdad, lo suficientemente válida como para ser impuesta a la fuerza. Eso es fanatismo. La actual verdad de Egipto es que la represión es la única forma de salir adelante y que silenciar las voces que se atreven a susurrar verdades incómodas para el gobierno es la mejor de las opciones.
Por otro lado, el modelo europeo, que ha sido nuestro punto de referencia cuando en los países pobres hablamos de desarrollo, hoy está lejos de ser lo que queremos para nuestras sociedades latinoamericanas. Sus reacciones odiosas frente a la crisis migratoria y la apatía de sus ciudadanos frente a las decisiones que han tomado sus líderes políticos y el Parlamento Europeo han sido la prueba de lo lejos que esta Europa de ser una sociedad ejemplar. Tal vez por haber sido el centro del mundo por tantos siglos, Europa se convenció acerca de la universalidad de sus valores. Eso también es fanatismo.
Luego de los atentados de noviembre en París, que abrieron los ojos al mundo sobre la disfuncionalidad de la Unión Europea, nos dimos cuenta de que “Liberté, fraternité, egalité” (Libertad, fraternidad, igualdad) no son más que ficciones, la realidad es que hoy en Europa resurgen el fanatismo y la violencia, una de sus manifestaciones más mediáticas es el terrorismo yihadista, pero también podríamos hablar del fundamentalismo cristiano y el surgimiento de grupos xenófobos y de extrema derecha.
Es una triste noticia y más triste aún es que en Bruselas este recayendo gran parte del peso político. Durante mi corto tiempo aquí he podido comprobar que los belgas son amables, solidarios y muy chistosos. Bélgica es uno de los estados más neutrales de Europa. Sin embargo, su error fue alojar en su territorio a las principales instituciones de la Unión Europea, además de organismos tan controversiales como la OTAN. En Bruselas “ma belle”, como cantan las personas hoy en las calles, luego de los ataques del martes, empiezan a recaer todos los pecados que Europa ha cometido en el resto del mundo y que sigue cometiendo.
Mi visión de lo que sucede aquí es particular luego de mi experiencia en un país árabe. Sin duda, vivir allí cambió mi perspectiva sobre el terrorismo y la migración. Egipto es un país con una historia milenaria, un poder geopolítico inimaginable y un nacionalismo fanático como nunca había visto. A pesar de que provengo de una cultura caribeña donde la cultura árabe está entrañada en nuestras costumbres, comida y relaciones familiares, fue durante los dos años que viví en El Cairo cuando comprendí qué significa ser musulmán, allí entendí lo que sufrían los vecinos palestinos y de qué huyen los musulmanes cuando decidían emigrar a Europa, de forma que desarrollé una empatía y un entendimiento de la lógica que algunos, sacando de contexto, llaman “violenta” de estas sociedades. Desde entonces, no confío en la palabra “terrorismo” creo que con frecuencia ese concepto es manipulado para referirse a todos los actos violentos que vayan en contra del statu quo.
Lo que sucedió en París y en Bruselas no se justifica desde ningún punto de vista, pero tampoco se justifica lo que está sucediendo en Oriente Próximo y que ha sido en gran parte resultado del fanatismo de Occidente, de querer imponerse en otras regiones cuyas lógicas son distintas.
Lo más peculiar que me sucedió en Egipto fue que, vista desde el norte de África, Europa perdió su alucinante encanto y lo comprobé cuando dos días después de haber aterrizado en Bruselas visité, por primera vez, su icónica Gran Place. No sentí la majestuosidad de un continente que un día fue grande, sentí decadencia. Los recientes hechos en Bruselas lo confirman. Como lo expresó recientemente el periodista español Iñaki Gabilondo, la firma de un tratado con Turquía la semana pasada, que plantea expulsar a los migrantes que llegan a las costas europeas hacia territorio turco y autoriza al gobierno de ese país a procesar las aplicaciones de asilo de esas personas, “liquida el alma fundacional de la Unión Europea” y, en otras palabras, acepta que es incapaz de resolver problemas mundiales como el terrorismo y la migración, en cuyas raíces, además, contribuyen.
*Politóloga de la Universidad del Rosario. Candidata al Máster en Economía Internacional de la Escuela de Estudios Internacionales de Bruselas.