Hay un riesgo enorme en volver a tratar de buscar la paz como se buscaba tras la Segunda Guerra Mundial, explica Rafael Piñeros, experto en seguridad y defensa de la Unión Europea y profesor de la Universidad Externado de Colombia. “Es la famosa foto de Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joseph Stalin”, dice. Tres líderes que acordaron la repartición del mundo y con ello dejaron múltiples fragmentaciones y problemas para las décadas venideras. “Negociar así, dejando actores por fuera, es un retroceso”, lamenta Piñeros.
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Sin embargo, así es como negocia el presidente estadounidense, Donald Trump, quien desde su época de empresario se acostumbró a ignorar a intermediarios y socios menores para negociar directamente con alcaldes, banqueros o propietarios. Como político, el republicano busca la menor cantidad de actores en la mesa: así minimiza las complicaciones y acelera la toma de decisiones.
Una foto similar a la que menciona Piñeros se tomó en Afganistán, donde Trump negoció la salida de tropas estadounidenses con los talibanes a cambio de garantías vagas y excluyendo al gobierno local y al pueblo que Washington había ayudado a levantar. Hace dos semanas hizo lo mismo con Gaza, comunicándose directamente con Israel, ignorando a Hamás y al pueblo palestino. Esta semana repitió su táctica al establecer línea directa con su homólogo ruso, Vladimir Putin, para resolver el futuro de la guerra en Ucrania sin Kiev y sin otra parte fundamental: Europa.
“Está claro que cualquier acuerdo a nuestras espaldas no funcionará. Necesitamos a los europeos, necesitamos a los ucranianos. ¿Por qué les estamos dando todo lo que quieren incluso antes de que comiencen las negociaciones? El apaciguamiento nunca ha funcionado”, expresó con nerviosismo Kaja Kallas, jefa de la política exterior de la Unión Europea y exprimera ministra de Estonia, una de las figuras del continente que más firmeza ha demostrado con la causa ucraniana.
No hay detalles específicos sobre qué quiere Trump, “si es un acuerdo de paz duradero o una tregua para detener la carnicería”, expresa Piñeros. Lo único seguro es que esta es una negociación directa con Moscú en la que Ucrania parece sometida a aceptar las condiciones que se le impongan, y que provoca que Europa asuma los costos económicos y de seguridad del trato.
Se ha hablado de la entrega de territorio ucraniano a Rusia, que lanzó una invasión en febrero de 2022, y de que Estados Unidos recibiría minerales de tierras raras a cambio del apoyo recibido, pero no han proporcionado una hoja de ruta ni un calendario de estas dinámicas. También habría quedado completamente descartada la integración de Ucrania a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Este método de la diplomacia excluyente ha generado críticas, ya que pasa por alto consideraciones importantes que se podrían solucionar en negociaciones más inclusivas. El más fundamental es el de la normativa que se creó tras la Segunda Guerra Mundial.
“Me preocupa hasta qué punto se termina aceptando después de los procesos de institucionalización de la ONU, por ejemplo, que un país que ataca a otro pueda modificar los límites territoriales establecidos y, en teoría, respetados. Ese es un elemento grave que condiciona la capacidad del derecho internacional público y la forma en la que se dará política al menos en este tema”, destaca el experto.
Decenas de funcionarios europeos hicieron eco de las palabras de Kallas. El ministro de Asuntos Exteriores de Letonia, Baiba Braže, dijo que “la presencia de Ucrania en cualquier conversación de paz es de crucial importancia”. El primer ministro polaco, Donald Tusk, dijo que era necesario trabajar “unidos” por la paz, mientras que el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, apuntó que “habría sido mejor discutir la posible adhesión de Ucrania a la OTAN o la posible pérdida de territorio del país sólo en la mesa de negociaciones, no descartarlo de antemano”.
La gran pregunta con la exclusión de Europa en “la mesa de los adultos”, y la razón de tantas críticas en el continente, no solo es qué consecuencias podría ocasionar una negociación como la que ocurrió en Afganistán o las mencionadas por Piñeros. Entendiendo que una patada al tablero parece inevitable, ¿qué pasaría con Europa? El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha vuelto a destacar la urgencia de una mayor producción de armamento en el continente. ¿Habría una transformación en el área de defensa con ese plan de Trump? Piñeros ve esta conversación muy complicada.
“Lo que pasa es que hay algo que no se está midiendo: es cierto que Europa es un free rider (consumidor parásito que se beneficia de un bien o servicio sin pagar por él). A excepción de Francia y Reino Unido, que son los que tienen mejor y mayor armamento pesado, preocupa que invertir en seguridad abra una caja de Pandora ya sabemos con quién: Alemania, que es muy poderoso y fuerte industrialmente. Incluso los alemanes han tenido una lógica de preferir pagarle a Estados Unidos por armamento, porque saben que de lo contrario se podrían estimular ciertos elementos como el rearme alemán”, dice el profesor.
Alemania tiene industria y tecnología —de hecho, la ponen para nuestros buques en Colombia, recuerda Piñeros—, pero no produce armamento. En teoría, esto ha facilitado que en los últimos 80 años no tuviéramos una sensación en la cual un dilema de seguridad, como un incremento en los gastos de un país, afectara a otro Estado. “Es un elemento que hay que mirar con mucha cautela: ¿hasta dónde permitiría esto Europa?”, se pregunta Piñeros. Esta conversación sobre la necesidad de producir más armamento para garantizar se produce en un contexto sumamente complicado: el renacimiento de la ultraderecha alemana ad portas de una intensa jornada electoral.
Al final, dice Piñeros, esto “refleja las dificultades de la Unión Europea en tiempo de líderes autoritarios y es que la institucionalidad del proceso se ve siempre bloqueada por personas como Trump y Putin”, lo que obliga a estas instituciones a replantear sus dinámicas para volver a ser actores de peso en la mesa.
Obviamente, los países de Europa central y del este, que han sufrido el yugo soviético, el yugo ruso, como Estonia, Letonia, Lituania y como Polonia en Hungría, serán muy reticentes a aceptar cualquier tipo de trato. El asunto es: ¿qué pueden hacer? ¿Denunciarlo? ¿No reconocer los nuevos límites? Eso se puede solucionar con diplomacia y recursos. El punto es qué tanto van a exigir. Podrían aceptar si la OTAN adoptara un mayor compromiso hacia los países del Báltico.
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