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En un discurso pronunciado en octubre de 2020 sobre los peligros del separatismo islamista, el presidente Emmanuel Macron advirtió sobre otra amenaza existencial que supuestamente asedia a Francia.

Se trata de lo que el mandatario señaló como “peligrosas” teorías de las ciencias sociales importadas de Estados Unidos, en especial el poscolonialismo y la teoría radical negra, que fomentan entre la ciudadanía una forma de “autodesprecio” que juega a favor de las ideologías extremistas. La posición del gobierno francés se endureció aún más hace pocos meses, cuando la ministra de Educación Superior, Frédérique Vidal, acusó al islamo-izquierdismo, término que recuerda otros igualmente estigmatizantes como el judeo-bolchevismo, de corromper a la sociedad y ordenó investigar a aquellas universidades que al trabajar a partir de los enfoques señalados practican “militancia disfrazada de pseudociencia”.
No se trata de una controversia menor, sobre todo en un contexto político y preelectoral caracterizado por la progresiva derechización. En su afán por mostrarse fuerte en la lucha contra el radicalismo islámico -entre cuyos actos recientes se incluye la decapitación de un maestro por mostrar caricaturas del profeta Mahoma-, Macron está apalancando sentimientos racistas y xenofóbicos que se suponen oficialmente inexistentes en el contexto francés y reprimiendo la misma libertad de expresión que los valores republicanos dicen defender. Así, la coyuntura ha puesto de presente la disonancia incómoda que existe entre estos últimos y las realidades vividas en Francia.
Obviamente, problemas como la marginalización y la discriminación no son nuevos en el caso de las minorías raciales y étnicas de Francia, en su mayoría originarias de las excolonias. Sin embargo, el aumento paralelo de la protesta contra la brutalidad policial y la reivindicación de derechos, aunado a la popularidad entre las generaciones jóvenes de aquellas teorías críticas preocupadas por distintas formas de injusticia sistémica y comprometidos con un horizonte decolonial -muchas de ellas originadas en el pensamiento francés de los años setenta y ochenta- han cuestionado directamente la idea de que las prácticas discriminatorias basadas en raza, etnia, género o religión no existen. Con ello, la crisis de una identidad nacional forjada sobre la narrativa de una república daltónica, así como valores universales que incluyen la libertad, igualdad, fraternidad, tolerancia y derechos humanos, se ha profundizado.
Pese a la convicción de algunos políticos y pensadores franceses de que la historia estadounidense en lo que concierne a la esclavitud y el racismo no tiene nada que ver con la de Francia, la negativa a encarar su larga relación con ambos ha complicado su sentido de excepcionalidad y superioridad, imaginario propio que curiosamente comparte con Estados Unidos. De forma similar a como está ocurriendo en el país del norte, ello ha imposibilitado llegar a términos con el pasado colonial, así como atender un presente en el que las prácticas racistas, xenófobas y antisemitas, y el miedo y repudio del “otro” siguen muy vigentes. Queda por verse cómo esta Francia conflictuada consigo misma y cuyo mito de excepcionalismo se encuentra bajo fuego creciente, tanto en casa como en el extranjero, logra resolver las tensiones sociales e identitarias existentes. En lugar de cortejar a la derecha francesa el presidente Macron podría tomar nota justamente a partir de la experiencia estadounidense de cómo no hacerlo.
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