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Italia y la Camorra: ¿cosa nostra?

El gobierno de Silvio Berlusconi le  asestó un duro golpe a la mafia napolitana, una arraigadísima  organización en el corazón europeo.

Juan Esteban Constaín / Especial para El Espectador, Padova, Italia

10 de octubre de 2008 - 09:04 p. m.
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“Un rasgo característico, el peor, de las costumbres de aquella época, era la frecuencia del delito cometido por cuenta de terceros y a precio convenido”. Así escribía Jacob Burckhardt a mediados del siglo XIX, y no sobre Colombia sino sobre la Italia del Renacimiento. Y citaba al canciller Poggio elogiando, 400 años antes, la grandeza de Nápoles, ciudad primada del delito y de la corrupción de entonces: “No hay aquí mercancía con mejor venta que la vida de los hombres”. Y era cierto: en las mañanas los napolitanos se agolpaban en la Plaza del Mercado y allí, a gritos, ventilaban los más variados productos que habían llegado de todos los rincones de la Tierra navegando por el Mediterráneo.

En la noche el puerto hervía de otra manera, no menos escandalosa, y eran muchísimos los destinos que pasaban de mano en mano, fatalmente, a propósito de cualquier causa: una traición, una partida de naipes mal resuelta, un negocio; la política, la guerra, el honor de alguna madre viuda y con 12 hijos, todos respetuosos de la ley y dedicados, según ella, a labores de bien.

No hay que olvidar que Nápoles era una provincia española desde el siglo XVI (antes había sido normanda y angevina, con incursiones árabes, bizantinas, catalanas y francesas), y a sus calles de piedra, bajo los tendidos que cruzaban las ventanas, se había trasladado con gran comodidad, echando raíces, toda esa herencia de bravura e intriga, y mala leche y acero y anarquía, que caracterizó a los reinos hispánicos durante la Edad Media.

 Inclinados por naturaleza hacia una idea muy relativa y relajada de lo que era cada cosa, los napolitanos hicieron química inmediata con los españoles y al poco tiempo adoptaron sus valores. No sólo se vestían de capa (que también algunos florentinos y venecianos, y hasta en el mismo Vaticano), sino que la usaban para esconder un buen puñal y hábiles objeciones a toda autoridad. Como decía Burckhardt: nada de venenos, como en el resto de Italia, ni de sutilezas: acero puro y duro y un talento desmedido para el complot y el chisme, para torcerle el cuello a la ley.

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Y como en las provincias hispanoamericanas también, el caso napolitano mostró que la huella de España servía luego para que sus herederos se deshicieran de ella sin renunciar a sus métodos ni a sus valores; todo lo contrario. Así, Nápoles fue el campo fértil de una especie de semilla nacionalista italiana contra el dominio español (y francés: pero es que ya para entonces una sola dinastía, la de los Borbones, mandaba a ambos lados de los Pirineos; y luego Napoleón Bonaparte hizo lo propio, pues en Madrid sentó a su hermano), y para ello se sirvió del recurso hispánico por excelencia, la conspiración y el desorden.


Fue cuando a finales del siglo XVIII (pero era una tradición que venía de muy atrás), surgieron a manos llenas sociedades secretas, en muchos casos además delictivas, que buscaban los fines más dispares que uno se pueda imaginar, desde la reivindicación de innumerables poderes locales y la expulsión de los dominadores extranjeros, hasta el establecimiento de paraísos anárquicos gobernados por masones y brujos.

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 Se sucedían los monarcas en el puerto como en una comparsa, y siempre a su mando, fueran de la familia que fueran, brotaba un caldero hecho de criminales organizados que eran quienes de verdad imponían la ley y se repartían el poder para hacer justicia por su cuenta y beneficio. A eso, en últimas, es a lo que se le llamó la “camorra”: un sistema de organización social, ancestral, cuyo nombre tenía raíces inciertas (algunos dicen que árabes, otros que españolas, otros que napolitanas y vernáculas, o genovesas; lo cierto es que todas las etimologías refieren una actitud de violencia y rebeldía, de combate, de juego y mala vida, de vestidos desafiantes), pero con unos propósitos claros e implacables: sobrevivir a toda costa y defender, en cada barrio, valores como el de la solidaridad y el amor familiar, la hombría, la amistad; casi siempre, eso sí, por fuera de la ley y contra el Estado, en el encubrimiento y el bajo mundo, al calor de los cuchillos y la sangre.

Populismo y  venganza

Fue precisamente esa condición violenta de los camorristas, que primero tuvo la justificación política de la independencia, la que luego, gracias a su enorme poder conquistado mientras el reino de Nápoles se deshacía, les permitió establecer una especie de justicia paralela que oscilaba entre el populismo y la venganza, y de la que no estaba a salvo nadie, ni siquiera el Nuncio.

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Una justicia aceptada por todos, portadora no sólo de severos impuestos y exigencias, sino también de una idea del bienestar que es ampliamente compartida por los pauperizados y necesitados beneficiarios de ese mundo, y que incluso podría reflejar muy bien la naturaleza, no sólo de los napolitanos, sino aun la de los italianos todos, contando a los del norte que se sienten austriacos o suizos y que creen que Italia, “ese país desordenado y caótico”, empieza de Florencia hacia el sur y está poblado enteramente por “terrones”: la gente de abajo, la gente morena que habla casi cantando.


Pero el tema es justamente ese: primero, que la Camorra napolitana, como la mafia siciliana, es lo que ya se dijo: una forma de organización social. Delictiva y siniestra, sin duda, pero arraigada profundamente en la naturaleza de la sociedad. Una sociedad que está acostumbrada a vivir así, desde hace siglos, y para la que la legalidad representa, en el mejor de los casos, un buen objeto de burla.

Y segundo —y esto es fundamental—, que la Camorra encarna una concepción del mundo que, de alguna manera, tiene que ver con toda Italia y el Mediterráneo, y no sólo con Nápoles. No se trata de insistir en la herencia española (que por ejemplo une a América con Italia; vínculo lleno de materia para hacer asociaciones, pues piensa uno en los italianos de Nueva York o en las idénticas maneras con que a ambos lados del mar se asumen problemas elementales como el de la ley y la justicia; piensa uno en Cervantes). No. Se trata, más bien, de mostrar que un Estado fallido a veces lo es porque sus dueños así lo necesitan para seguir beneficiándose de la ilegalidad y de la ruina, en las que suelen medrar tranquilamente, de la mano, políticos y criminales. Cuando eso ocurre y se vuelve una condición histórica, las formas paralelas de organización social, más allá de sus lacras indudables y de sus horrores, terminan por ofrecer para muchos una versión desesperada de la supervivencia.

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La corrupción oficial

El caso italiano es desgarrador, y conviene decirlo ahora que el Jefe del Gobierno, Silvio Berlusconi, ha salido a cobrar victoria por cómo los organismos del Estado le dieron un golpe de muerte a la cúpula de uno de los clanes de la Camorra napolitana. ¿El Estado italiano? Bueno: uno de los Estados más corruptos del mundo, que en sus procedimientos haría enrojecer de pudor a cualquier tiranuelo en una república bananera del trópico.


Un Estado anquilosado e ineficaz, que está en manos de figuras de opereta que lo son básicamente porque representan a cabalidad a la sociedad que los sufre y los levanta, lo uno por lo otro. Una sociedad que sabe que la ley se hizo para ser violada sin prevenciones y en la que ni lejanísimamente, pese a todo su arte y todos sus milagros, existe una noción de la vergüenza y de la indignación. Y sin embargo, Berlusconi, quien acaba de hacer una pirueta para que gracias a su condición jamás el Estado lo pueda juzgar por nada, sale y dice, con sonrisa satisfecha, que la Camorra está en sus días finales.

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Pero quién sabe. La primera organización estable de la Camorra, la Bella Sociedad Reformada, dejó una honda huella en el siglo XIX, y algunos de sus herederos alcanzaron a ayudar en la unidad italiana y tuvieron el encargo de cuidar, durante ese proceso conmovedor, muchas de las ciudades de la Campania.

Después de la Segunda Guerra la vieja tradición volvió por sus fueros, extendiendo las manos a negocios como el del contrabando de licores y cigarrillos, y luego al de las drogas que le dio una nueva cara aún más violenta. Han querido acabarla de todas las formas y en mil operaciones, y siempre regresa llena de nuevos y terribles bríos. Una organización de clanes que ni siquiera se han podido aniquilar entre sí con matanzas y que ve cómo muchos de sus miembros, aun desde la cárcel, siguen moviendo los hilos de Nápoles como desde su propia casa.

Lo acaba de decir Giuseppina Nappa, la mujer de Francesco Schiavone, alias Sandokan, quien es uno de los últimos líderes históricos de la Camorra y que lleva 10 años rigiendo a su clan desde la prisión; ella, que cayó en el golpe que tanto orgullo le dio a Berlusconi hace 10 días, gritó mientras la arrastraban esposada: “¡No han salvado a Italia¡”. Quizá lo mismo piensa el Cavaliere, como le dicen al Jefe del Gobierno sus áulicos, y por eso se ríe con tanto placer: en esas lleva 15 años.

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Por Juan Esteban Constaín / Especial para El Espectador, Padova, Italia

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