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Hartos de ver en la tele de la celda documentales descafeinados sobre la cárcel, un grupo de presos de la prisión de Fleury-Mérogis (en el departamento de Essonne, próximo a París) ha grabado durante meses su propia y miserable vida con una minicámara introducida ilegalmente. Son dos horas y media de testimonio con las que, ahora, unos realizadores elegidos por los propios presos, elaborarán otro documental.
El periódico Le Monde colgó en su página web unos extractos de la grabación que bastan para hacerse una idea de la suciedad, la superpoblación, la miseria y el aburrimiento infinito que martirizan a estos hombres a cada minuto. También del estado en que se encuentran las cárceles francesas, algo denunciado repetidamente por los sindicatos de funcionarios y que se define con dos datos: uno: están preparadas para recibir a 51.000 personas y acogen a 64.000. Dos: en este año se han suicidado ya un centetar de presos. Los presos de Fleury-Mérogis comienzan enseñando las duchas al aire libre, las que utilizan en verano cuando acaban de hacer deporte. Son un vertedero: hay colillas por todos lados, un balón de fútbol desinflado, una bolsa medio llena de pan de molde.... Luego enseñan las que se usan en invierno: las paredes están verdes, cuajadas de moho, pegajosas, las instalaciones sucias, oscuras, el agua cae en un hilillo ridículo de un grifo medio estropeado...
Las celdas tienen muchas las ventanas rotas. “Nos pelamos de frío, ahora, a un paso de Navidad, como los mendigos de la calle. Incluso ellos están mejor”, dice uno de los autores del video a Le Monde. Otra escena muestra cómo un preso coloca una toalla doblada en una cuerda para ganar un poco de intimidad en el cuarto de baño. Pueden comprar latas y comida hecha en la cantina. Pero no está permitido tener cocinas en la celda. Así que la dirección hace la vista gorda ante un ingenio que sirve para calentar: sobre una base de cuatro latas de cocacola se coloca un infiernillo improvisado hecho a base de aceíte y una placa eléctrica. “Aquí hay de todo: móviles y droga”, informa uno de los presos. Las escenas que servirán para el documental muestran luego cómo se las arreglan para pasarse todo ese material de una celda a otra a base de sábanas atadas que serpentean por las ventanas. El sistema tiene nombre: hacer el yo-yo.
En dos horas y media sólo se incluye una escena violenta que dura quince segundos: en una esquina del patio que es invisible para los guardianes, un grupo de presos arrincona a otro y tras tirarlo al suelo, lo dejan casi insconciente a base de patadas en la cabeza. Fançois Bell, delegado regional del Observatorio Internacional de Prisiones, tras ver el video, manifestó al citado periódico: “En Fleury-Mérogis, como en otras prisiones, los lugares a los que no acceden los vigilantes son muy peligrosos. No pasa una semana sin que no se cuente una agresión”.
Los presos periodistas de sí mismos han intentado desmitificar también la cárcel de cara a jóvenes delincuentes que se creen que pasar por ahí fortalece: “Queremos enseñarles que lo que hay aquí de verdad es mierda y que acabas volviéndote loco”. También tenían interés en desmentir cierto compañerismo o camaradería que también acompaña las tópicas descripciones de la vida en prisión. “La única ley que impera aquí es la ley del más fuerte, cada uno debe marcar su propio terreno”, dicen. Pero lo que de verdad les empujó a meter de matute una camarita y dedicarse a grabar (aparte de ganar algún dinero con el documental) es mostrar la cara oculta de la prisión. “Cuando se hacen reportajes la Administración organiza las visitas y enseña sólo lo que está en buen estado. Nosotros hemos mostrado el otro lado del detenido”.