Apuesto, alto e impecable, como siempre, el coronel salió del vestier y entró al salón con el maletín en las manos. El Führer ya estaba sentado cuando lo vio con tranquilidad poner la valija sobre la mesa de roble. El coronel se disculpó, tenía que hacer una llamada, así que Hitler vio a Claus von Stauffenberg salir. Luego vino la explosión, en ese salón que era a la vez corazón de los cuarteles generales del partido Nazi en Prusia del Este. Pasaron los minutos. Stauffenberg vio salir un cuerpo inerte, envuelto en el abrigo de quien había intentado asesinar. “Listo”, habrá pensado, minutos antes de escuchar la voz de Hitler.
Durante los meses que duró el plan para acabar con la vida del Führer, el 20 de julio de 1944, los conspiradores antinazis, liderados por el joven Von Stauffenberg, sabían la cuota que había que pagar por realizar la audaz maniobra e intentar, de paso, que la debacle alemana en la guerra terminara más temprano y con menos muertos. Quien matara a Hitler moriría con él —ese era el mantra—, destino para el cual había nacido el coronel conspirador.
Por eso al siguiente día, con el Führer intacto y el fracaso en sus narices, se limitó a gritarles con voracidad a sus fusileros: “Larga vida a la santa Alemania”. Segundos después cayó muerto, ejecutado por la justicia militar que lo declaró “traidor de guerra”, como a miles de soldados —33 mil, según cálculos de historiadores— ejecutados durante los años de la guerra por desertar, conspirar, objetar conciencia o, incluso, hablarles a los prisioneros enemigos.
Cuando se cumplen setenta años desde que Alemania invadiera a Polonia, dando así el campanazo de la Segunda Guerra (ver recuadro), y tras décadas de actos de reconciliación y contrición, de reparación a polacos y judíos, franceses e israelíes, entre muchas otras víctimas del proyecto militar del nacionalsocialismo, el Bundestag alemán, la cámara baja del Parlamento, someterá a votación el próximo 8 de septiembre un proyecto que buscará rehabilitar a los militares que fueron juzgados por traidores durante los seis años que duró la guerra.
Un largo y penoso debate
La figura del “traidor de guerra” existía en la historia militar alemana desde la unificación, en 1871. Una serie de detalladas disposiciones explicaban las causas específicas, por lo general de alta gravedad, por las que un militar debía ser ejecutado. Sin embargo, en la década de los 30, durante el período en que Hitler realizó las reformas para arrojar a Alemania a conquistar el mundo, la “traición de guerra” se convirtió en un laxo chantaje mortal, sin mayores criterios que la desobediencia a órdenes superiores.
Hitler estaba convencido de que Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial por cuenta de la cobardía de los soldados, y por eso buscaría evitar cometer dos veces lo que consideraba un error fatal. “El haber excluido de la guerra la pena de muerte tuvo terribles consecuencias”, escribió en Mi lucha, su autobiografía, “se creó un ejército de desertores que inundó los puestos de reserva y las aldeas, y que culminó el 7 de noviembre de 1918 con las organizaciones criminales que crearían la revolución”. La solución para el Führer era clara, y la resumió también en el mismo libro: “En el frente de batalla uno puede morir; como desertor, uno debe morir”.
Después de la rendición alemana, en 1945, muchos jueces militares pasaron al oficio civil. Sólo dos fueron juzgados por emitir sentencias de muerte en contra de desertores, pero fueron exonerados. Desde entonces, y durante varias décadas, esos mismos jueces se dedicarían a escribir una historia en la que se señalaba que habrían sido pocos los jueces que sucumbieron a la línea dura dictada por Hitler y que habían sido muchísimos más los desertores ejecutados en las filas británicas o norteamericanas.
Pero en los ochenta muchos “traidores de guerra” sobrevivientes, que habían vivido hasta la fecha con una extraña suerte de desaprobación nacional por haber, al fin y al cabo, abandonado a su ejército, comenzaron una agresiva campaña porque Alemania los “rehabilitara” y les devolviera la dignidad. Por dos décadas, sin embargo, la respuesta que encontraron fue negativa. Rehabilitar a traidores de guerra implicaba incluir a verdaderos malos soldados que, por ejemplo, maltrataban a sus tropas, o aquellos que habían puesto en riesgo la vida de sus compañeros.
Ludwig Baumann, desertor del ejército y presidente de la Asociación Federal de Víctimas de la Justicia Militar del Régimen Nazi, reaccionó siempre con vehemente indignación: “No todos los soldados alemanes eran asesinos, evidentemente. Todos servían, no obstante, en los ejércitos que perpetraron una guerra de exterminio y de agresión. Me parece increíble que se valore más el posible peligro para los soldados alemanes, que la salvación de millones de presos en los campos de concentración, de civiles e incluso de los mismos soldados”, le dijo recientemente al diario El País.
Al lado de personas como Baumann aparecieron también otros tipos de defensores de la memoria de los traidores. Trabajando concentrados en sus oficinas, en la Universidad de Freiburgo, los historiadores Manfred Messerschmidt y Fritz Wüllner se dedicaron en los ochenta a demostrar la falsedad de la autoproclamada inocencia de la justicia militar de la Alemania nazi. Sus estudios causaron un remezón tras la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989.
Según los estudios de Messerschmidt y Wüllner, 100.000 militares fueron declarados “traidores de guerra” entre 1939 y 1945 (la misma cifra que en el ejército británico); 50.000 de ellos fueron sentenciados a muerte y, de esas sentencias, 33.000 se llevaron a cabo (los ingleses, en cambio, no ejecutaron a ningún desertor). La desproporción con los ejércitos aliados es abismal: durante ese mismo período, Gran Bretaña ejecutó a 40 de sus hombres; Francia, a 102, y Estados Unidos, a 146.
Gracias a estas cifras el Tribunal Federal Social de Alemania declaró, en 1991, que todas las penas de muerte emitidas durante la Segunda Guerra eran ilegales. Una década después, en 2002, el Budestag rehabilitó a aquellos soldados sentenciados por ser homosexuales, objetores de conciencia o desertores. Quedaban los traidores de guerra, como el coronel Claus von Stauffenberg (quien, a propósito, protagoniza la reciente Valquiria, interpretado de manera no muy aclamada por Tom Cruise).
Esta semana les ha llegado su hora. A Stauffenberg, a los conspiradores que lo rodearon y a los 100 mil traidores de guerra favorecidos por unas próximas y peliadas elecciones, el respaldo popular sobre la injusticia de sus sentencias, un aniversario profundamente conmovedor y la incapacidad de probar la traición que les endilgaban.
Muchos serán recordados como héroes. He ahí las vueltas que da la guerra.
El recuerdo del horror
Hace 70 años el buque de guerra alemán Schleswig-Holstein atacó la base militar de Westerplatte, en las afueras de la ciudad polaca de Gdansk. Fueron los primeros disparos de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la primera batalla en la que, durante siete días, 3.000 alemanes buscarían tomarse una ciudad cuya caída se esperaba en 12 horas. Pero así fue la guerra: nadie la imaginó tan larga, sangrienta y global. Con el ataque a Gdansk comenzó la invasión alemana a Polonia (acordada el 23 de agosto con la Rusia Soviética a través del pacto Ribbentrop-Mólotov), y dos días después, con la declaración de guerra de Francia y Gran Bretaña, iniciaba oficialmente la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1940, con la invasión de Japón a la Indochina francesa, el Imperio del Sol Naciente abandonó su neutralidad y se unió al eje Roma-Berlín (formalizado el 27 de septiembre). Con el bombardeo en 1941 a Pearl Harbor, Estados Unidos entró, convirtiéndola oficialmente en una guerra entre todas las potencias.
Conmemoración entre versiones encontradas
Cerca de 20 líderes europeos acudieron el martes a la costa polaca en el mar Báltico para conmemorar los 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Antes de la madrugada del martes, en la ciudad de Gdansk, se escucharon las salvas de cañón que simbolizaron los primeros disparos del buque alemán Schleswig-Holstein contra la base militar de Westerplatte, la primera agresión del conflicto bélico.
El acto, que contó con la presencia de veteranos de guerra, sirvió para que Donald Tusk, primer ministro polaco, hiciera un solemne llamado a la preservación de la memoria histórica: “Hacemos este recuerdo porque sabemos bien que el que olvida, o el que falsifica la historia y tiene el poder o lo va a asumir, traerá la desgracia como hace 70 años”.
Sus palabras fueron interpretadas como una ofensa por el premier ruso Vladimir Putin, quien defendió la decisión tomada en agosto de 1939 por su predecesor, el dictador soviético Iosif Stalin, de firmar un pacto de no agresión con la Alemania de Adolf Hitler, un gesto que, según historiadores, derivó en la invasión nazi a Polonia.
“Si vamos a hablar objetivamente de historia, debemos comprender que no es sólo de un color. Todas las partes cometieron multitud de errores. Todo ello puso las condiciones para la gran agresión de la Alemania nazi”, afirmó Putin, quien durante su estadía al frente del Kremlin (1999-2008) aprobó un programa de rehabilitación histórica a la memoria de Stalin.