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“No es resiliencia, solo toca seguir”: lo que una colombiana capta con su lente en Ucrania

Kyiv sigue bajo fuego mientras la guerra en Ucrania se normaliza ante los ojos del mundo: entre misiles hipersónicos, evacuaciones forzadas y vidas que se rehacen entre escombros, la periodista Nastassia Kantorovich cuenta lo que significa sobrevivir cuando la guerra no se detiene.

Laura Henao Arévalo

26 de mayo de 2026 - 03:57 p. m.
Un retrato colaborativo de Janna y su hijo Oliver, de seis años, mientras miran a través de la ventana destrozada de su jardín de infancia hacia un edificio residencial de nueve pisos destruido por un ataque con misiles rusos ocurrido esa misma mañana. 24 personas murieron. Kyiv, Ucrania. 14 de mayo de 2026.
Foto: Nastassia Kantorowicz Torres/ Si - Nastassia Kantorowicz Torres
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Los ataques de Rusia a Ucrania no cesan; por el contrario, se han convertido en una normalidad tanto para quienes leen los titulares como para los ciudadanos que los viven día a día. Este fin de semana, la capital ucraniana, Kyiv*, fue atacada con el misil balístico hipersónico Oreshnik de Rusia, que dejó un saldo de cuatro muertos y cerca de 100 heridos al impactar zonas residenciales de civiles desarmados. Se trató de uno de los mayores ataques contra esa ciudad en medio de la guerra iniciada por Rusia en febrero de de 2022.

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En este contexto, El Espectador habló con Nastassia Kantorovich Torres, periodista y fotógrafa documental de ascendencia europea y nacida en Bogotá. Su cobertura freelance de la invasión rusa comenzó en septiembre de 2024, y su trayectoria ha estado marcada por la combinación del periodismo y el trabajo humanitario, con énfasis en derechos humanos, conflicto y medioambiente.

¿Cómo es vivir en una ciudad bajo ataques constantes?

En Ucrania la vida sigue incluso bajo ataque. Caen drones, caen misiles, explotan edificios, y aun así la gente sigue trabajando, estudiando y viviendo. Tengo una amiga a la que un dron le explotó justo debajo del balcón. Otra noche, una familia durmió en el carro con un niño pequeño porque sentían más seguridad ahí. Hay escuelas que funcionan dentro del metro porque no tienen refugios adecuados.

A los ucranianos no les gusta mucho que hablen de “resiliencia”. Muchos dicen simplemente: “No es resiliencia, es que nos toca seguir”. Y eso me recuerda muchísimo a Colombia.

La gente acá se informa principalmente por aplicaciones de alerta, canales de Telegram y reportes oficiales. Cuando suena una alarma, cada persona decide cómo actuar. No hay una sola forma correcta de hacerlo. Yo, por ejemplo, si siento que el riesgo es alto, bajo al metro. Si no alcanzo, me refugio en el baño del apartamento, lejos de las ventanas. Siempre tengo lista una bolsa con agua, comida, documentos y cosas básicas.

Con el tiempo uno aprende a distinguir sonidos: cuándo es un dron, cuándo es un misil, cuándo es defensa antiaérea. Y eso es algo muy duro de normalizar.

¿Por qué decidió ir a Ucrania?

Llegué a Ucrania por varias razones. La primera es que para mí esta es una guerra muy clara: un país invadió ilegalmente a otro y ha violado normas humanitarias y de guerra de manera sistemática. La segunda es que, como he vivido bastante tiempo en Europa, esta guerra también se siente cercana y creo que afecta a todo el mundo. En Colombia tal vez mucha gente empezó a sentirlo cuando subieron los precios de fertilizantes y alimentos, pero las consecuencias van mucho más allá.

También tengo un amigo ucraniano muy cercano que conoce a toda mi familia y llevaba años invitándome a Ucrania. Llegar acá teniendo una persona de confianza hizo una gran diferencia. Y además empecé a ver que había muchos colombianos y latinoamericanos viniendo al frente. Sentía que gran parte de la cobertura sobre ellos era muy superficial, muy rápida para juzgar sus motivos, y quería venir a preguntarles directamente por qué estaban acá.

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¿Qué ha visto en las zonas más cercanas al frente?

En el este del país la guerra se siente muchísimo más fuerte que en Kyiv. He estado documentando evacuaciones en zonas cercanas al frente y una de las cosas más dolorosas es ver a la gente abandonar las casas que construyó durante toda su vida. Recuerdo a un hombre mayor que me dijo: “Trabajé 70 años para construir esta casa con mis propias manos. ¿Y ahora qué?”. También conocí mujeres que huyeron únicamente con la ropa que llevaban puesta.

Las evacuaciones son peligrosísimas porque ahora los drones FPV pueden seguir vehículos civiles. En una de esas evacuaciones un hombre llegó gravemente herido después de que un dron impactara cerca de él mientras iba en bicicleta. En momentos así, muchas veces bajo la cámara. A veces lo único que uno puede hacer es sentarse al lado de alguien, darle un pañuelo y acompañarlo.

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¿Qué historias de evacuaciones y desplazamientos la han marcado más durante su trabajo cerca del frente?

Hay muchas historias que se me quedaron grabadas. Una de las más fuertes fue la de una pareja de personas mayores que tuvo que abandonar su casa. El señor, además, para las fotos era sensacional, posaba, sonreía, pero cuando empezaba a hablar cambiaba completamente. Él decía: “Yo no me quería ir porque esta casa la construí con mis propias manos. Duré 70 años trabajando, ahorrando, tenía mi jardín, tenía mi vida acá. ¿Y ahora qué hago?”.

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Eso es algo que uno ve mucho en las evacuaciones: gente que pasó toda su vida construyendo una casa, cultivando un jardín, creando una rutina, y de repente tiene que dejarlo todo porque empiezan a caer bombas o porque los drones ya están demasiado cerca. Mucha gente no quiere irse, incluso sabiendo el riesgo.

Ese mismo día conocí a una señora que estaba evacuando con su mamá. Ella me dijo: “Claro que sí, le respondo sus preguntas”. Y empezó a contarme que estaban en su casa cuando de repente les dijeron que tenían que salir inmediatamente porque todo empezó a caer alrededor. Me dijo algo que se me quedó grabado: “Yo no tengo nada. Solo me traje lo que tengo puesto”. Alcanzaron a ponerse los zapatos y salir. Ella estaba con su mamá y no sabían qué iba a pasar después, pero me decía: “Aunque sea estamos vivas”.

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También recuerdo que durante una evacuación llegó un señor gravemente herido porque un dron impactó cerca de él mientras iba en bicicleta. Ahora los drones FPV pueden seguir vehículos y personas, así que evacuar es extremadamente peligroso. El hombre llegó ensangrentado y en momentos así muchas veces yo bajo la cámara. Hay situaciones donde uno entiende que antes que periodista o fotógrafa también es persona. Me acuerdo de sentarme al lado de una señora que estaba llorando, darle un pañuelo y simplemente acompañarla. A veces uno no puede hacer más que eso.

¿Cómo reaccionó la gente después de los ataques recientes sobre Kyiv?

Después de ataques especialmente fuertes, como los recientes bombardeos sobre Kyiv, todo el mundo queda afectado. La gente dice cosas como: “No dormí nada”, “estuvo pesado”, “otro ataque más”. Hay cierta normalización, sí, pero eso no significa que no afecte emocionalmente. Periodistas, civiles, extranjeros, familias, todo el mundo queda tocado.

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¿Siente que el mundo se está olvidando de la guerra en Ucrania?

Siento que la guerra en Ucrania empezó a pasar a un segundo plano para gran parte del mundo. Han aparecido otros conflictos y además existe muchísimo cansancio mediático. Pero la guerra acá no se ha detenido. Los ataques continúan todos los días.

También creo que hay mucha desinformación, especialmente desde la propaganda rusa. Por ejemplo, muchas veces se habla de los colombianos que vienen acá como “mercenarios”, cuando legalmente la mayoría son soldados contratados directamente por el Estado ucraniano.

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Y con los prisioneros de guerra hay que tener muchísimo cuidado. Un prisionero está bajo coerción, privado de libertad y muchas veces sometido a tortura. Entonces no se puede asumir automáticamente que todo lo que aparece en esos videos difundidos por Rusia refleja la realidad.

¿Cómo ha cambiado su visión del conflicto, siendo colombiana y viviéndolo tan de cerca?

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Creo que crecer en Colombia durante los años 80 y 90 cambia mucho la manera en la que uno entiende esta guerra. Una amiga ucraniana me dijo alguna vez que los colombianos llegamos con una mirada distinta porque crecimos atravesados por el conflicto. Yo crecí en ciudad, pero no conozco un colombiano que no haya sido afectado por la violencia, directa o indirectamente. Y acá hay cosas que me recuerdan mucho a eso.

¿Por qué esta guerra también debería importarnos en América Latina?

Aunque Ucrania parezca muy lejos de Colombia, esta guerra sí nos afecta. Nos afecta económicamente, políticamente y también simbólicamente. Acá, literalmente, están defendiendo la democracia y la posibilidad de vivir en libertad frente a una invasión. Y eso debería importarnos especialmente en América Latina y en Colombia, donde conocemos de cerca las consecuencias de la violencia, el autoritarismo y la fragilidad institucional.

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Basta mirar a Venezuela para entender lo que puede significar perder libertades y vivir bajo un régimen cada vez más cerrado. Por eso esta guerra no es solamente un conflicto lejano en Europa del Este: también obliga a preguntarnos qué estamos dispuestos a defender y qué significa seguir siendo una sociedad libre.

*En este artículo, por petición de la fuente, escribimos la capital de Ucrania como “Kyiv“, forma utilizada por los ucranianos en reivindicación frente al uso “Kiev”, derivado de la transliteración del ruso.

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Por Laura Henao Arévalo

Periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente integra la sección internacional, donde cubre y analiza conflictos globales con un enfoque en género y derechos humanos.@lauraaahenaolhenao@elespectador.com
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