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“Para los franceses, Colombia no facilita la liberación de Íngrid”

Entrevista con Bruno Jeudy, periodista político del diario francés Le Figaro y autor del libro Nicolás Sarkozy: de Neuilly à l´Elysée, 2007.

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Ana María Durán / París
14 de marzo de 2008 - 06:13 p. m.
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Muchos franceses están hoy extrañados por la manera como el ego y el excesivo protagonismo de Nicolas Sarkozy han desviado las necesidades inmediatas de Francia.

Promesas incumplidas, reformas económicas retardadas y fuertes tensiones políticas entre su partido, UMP, son hoy las críticas más punzantes contra el Presidente francés. El nuevo reto del mandatario será lograr que su partido gane durante la segunda vuelta de las elecciones municipales este domingo.

Nicolas Sarkozy comenzó su mandato con mucha popularidad, ¿cuál es su situación ahora?

Su popularidad comenzó a bajar a finales del año. En enero, Nicolas Sarkozy perdió siete puntos en un primer sondeo. Hoy, su popularidad está entre un 33% y un 37%. Aunque no es la primera vez que esto sucede –Jacques Chirac también tuvo ese mismo problema al primer año de ser elegido– el caso de Sarkozy fue una sorpresa para los franceses, porque él suscitó después de su elección mucho entusiasmo. Como muchos de los políticos en el mundo, Nicolas Sarkozy prometió demasiado. Hoy, hay mucha decepción en Francia.

A Sarkozy lo critican por la manera como hace pública su vida privada...

Personalmente yo estoy muy sorprendido con su actitud. Sarkozy hace política desde hace 20 años, los franceses lo conocen muy bien. Pero desde hace unos 10 años su vida privada se ha convertido en una obsesión para todos. Elegido presidente de la República, Sarkozy sorprendió a Francia porque se divorció de Cecilia en octubre, reveló su relación con Carla Bruni en noviembre, anunció su matrimonio en enero y se casó en febrero. Todo eso fue demasiado rápido para un país tan tradicional y conservador como Francia. La imagen que tenemos aquí de los presidentes es de alguna manera sagrada, el presidente es casi como un rey.


¿Cómo ve usted la lucha de Sarkozy por la liberación de Íngrid Betancourt?

En primer lugar, pienso que Nicolas Sarkozy utilizará todos los medios que estén a su alcance para liberar a Íngrid. En Francia hay una unión sagrada para obtener su liberación. Al principio el Presidente subestimó su capacidad de sacar adelante este tema, pero ahora se dio cuenta de que es un problema mucho más complejo de lo que él pensaba. Indudablemente, el secuestro de Íngrid es un tema esencial en la agenda actual del Presidente.

¿Cuál es la relación de Nicolas Sarkozy con el presidente Chávez?

Chávez es una persona clave para liberar a Íngrid. Algo que es muy importante saber sobre Sarkozy es que es un hombre pragmático, no es un ideólogo. Si Chávez es una persona clave para liberarla, pues hablará con él. Así como lo hizo cuando recibió en el Elíseo a una persona tan controversial como Kadafi, sólo para poder solucionar el problema de las enfermeras búlgaras.


¿Qué opinan los franceses sobre Álvaro Uribe?

En mi opinión, los franceses no conocen realmente lo que pasa en Colombia. Creen que Uribe está bloqueando la liberación de Íngrid, que es un presidente rígido y que su actitud no lo favorece. La mayoría de franceses no sabe quiénes son las Farc. Yo soy periodista y sé lo que pasa en Colombia, pero los franceses no tienen ni idea. Poseen una visión completamente deformada de la realidad.

¿Usted cree que Íngrid va a ser liberada?

Yo espero que a Íngrid la liberen pronto, pero creo que va a ser muy difícil. Sarkozy le prometió a Francia que la liberaría pronto, pero ya se dio cuenta de que el tema es mucho más complicado. En Francia se cree que cuando un ciudadano francés es secuestrado, hay que hablar de eso todo el tiempo para no olvidarlo. Francia es un país que por tradición se ha dedicado a defender los derechos del hombre, es un país muy sensible con respecto a estos temas. Por esta razón Íngrid Betancourt es hoy en día un personaje reconocido y valorado por todos los franceses. Las fotos de Íngrid están en todas partes, es inevitable.

Por Ana María Durán / París

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