15 Nov 2015 - 1:50 a. m.

París: un atentado esperado, una tragedia inimaginable

Una reciente encuesta sobre la percepción de los franceses acerca de diferentes aspectos alertaba ya sobre el peso del terrorismo en las preocupaciones colectivas.

Ricardo Abdahllah

En una breve intervención antes del Consejo Extraordinario de Ministros, el presidente de Francia, François Hollande, anunció el estado de emergencia –una herramienta instaurada en la Constitución el 3 de abril de 1955, que otorga a las autoridades la posibilidad de realizar investigaciones sin orden judicial–, cerraba las fronteras y adelantaba en dos semanas los controles reforzados de seguridad que estaban previstos para la Conferencia Mundial sobre el Clima de la COP 21, que se realizará en París del 30 de noviembre al 11 de diciembre. En el momento en que el mandatario hacía esos anuncios, los primeros de la noche, no tenía la película completa de todo lo que estaba pasando en París. En realidad, nadie en la ciudad lo sabía.

Poco más de una hora antes, en el mismo momento en el que tres kamikazes se hacían explotar en los alrededores del Estadio de Francia, donde Hollande observaba el partido amistoso Francia-Alemania, al menos dos grupos de hombres armados con fusiles atacaban bares y restaurantes en los alrededores de las plazas de la República y La Bastilla, una zona altamente frecuentada los viernes en la noche por estudiantes y profesionales de clase media. Los lugares en los que cayeron las primeras víctimas, entre ellos un restaurante de comida camboyana y los bares La Belle Equipe y Le Carillon, confirman que los terroristas no buscaban atacar un blanco particular. Otras personas murieron a la entrada de bares de barrio y en las calles aledañas. Al menos un testimonio afirma que dos de los hombres que participaron en los ataques se movilizaban en automóvil deteniéndose para disparar y continuando su camino. Usaban armas de gran calibre y llevaban el rostro descubierto.

Es posible que los mismos individuos fueran los que minutos después entraron al Bataclan, una sala de conciertos con capacidad para mil quinientos espectadores, abarrotada por los admiradores del grupo californiano Eagles of Death Metal. Diversos testigos relataron escuchar las palabras “Siria e Irak”, dando a entender que la motivación de los atacantes sería vengar la participación de Francia en la coalición contra el Estado Islámico. Los atacantes no habrían dejado de disparar hasta que lograron tomar como rehenes a cerca de cien de los asistentes, a los que luego de una pausa para recargar sus armas, continuaron ejecutando uno a uno.

“Sabían que no tenían chance de negociar ni de escapar. La sala tiene varias entradas y está rodeada por edificios de cinco o seis pisos desde los que se pude entrar”, comentaba un agente de policía que impedía el paso en las calles aledañas.

El RAID, grupo especial de intervención de la gendarmería, tomó por asalto el edificio hacia la una de la mañana. En el interior encontraron cerca de cien cadáveres. Otras veinte personas fueron asesinadas en los otros ataques. Lo que ocurrió el pasado viernes en la capital francesa es el peor atentado en la historia de Europa desde el final de la II Guerra Mundial.

Ni en los temores ni en los radares

En la mañana del viernes, un estudio del Observatorio Nacional de la Delincuencia sobre la percepción de los franceses acerca de diferentes aspectos de la sociedad alertaba ya sobre el peso del terrorismo en las preocupaciones colectivas. Por primera vez, la posibilidad de un ataque terrorista llegaba al segundo lugar, después del desempleo, en las inquietudes nacionales. Si hace un año sólo el 2,6 % de los encuestados manifestaban su preocupación, la cifra en el 2015 había llegado a ser del 18 %.

Las primeras dos palabras que vienen a la cabeza como explicación son “Charlie Hebdo”. Sin embargo, en medio de una tensa campaña para las elecciones municipales en la que la extrema derecha puede realizar el mejor puntaje de su historia, los franceses han tomado distancia tanto respecto de la masacre del semanario satírico como de los atentados antisemitas de Mohamed Merah y del hipermercado Casher de la Puerta de Vincennes.

Tienen más presentes, en cambio, los dos atentados que no ocurrieron, y no propiamente por la acción de las autoridades, sino por la mala suerte, o tal vez la torpeza, de quienes debían ejecutarlas.

Fue la presencia de varios militares americanos a bordo del expreso Thalys entre Bruselas y París la que salvó a los pasajeros de una tragedia; y si Sid Ahmed Glam no logró concretar la masacre que había planeado contra una iglesia cristiana en el suburbio de Villejuif, fue sólo porque se disparó accidentalmente en camino hacia el templo y se puso en evidencia. La semana pasada la policía arrestó en Toulon a un hombre de 25 años que estaba en contacto con miembros del Estado Islámico (EI) y planeaba atacar a militares estacionados en la base naval de la localidad. Según la prensa europea, hace apenas unos días Polonia detuvo a un español que regresaba de pelear con el Estado Islámico en Siria y que dijo tener planes de atentar contra una sala de conciertos en Francia. El yihadista confesó la inminente llegada de otro terrorista a Europa procedente de Siria que tenía como destino Francia.

Todos estos atentados tenían la característica común de ser planeados por “lobos solitarios” y contribuyeron a aumentar esa sensación general de que tarde o temprano habría nuevas acciones de este tipo. Algo que se refleja en la preocupación registrada en los resultados de la encuesta del Observatorio Nacional de la Delincuencia.

Sin embargo, un ataque a gran escala, simultáneo y coordinado, no estaba presente ni en los temores más recónditos de la población ni en los radares de las autoridades, con excepción tal vez del exjuez antiterrorista Marc Trévidic, quien afirmaba el pasado 30 de septiembre en una entrevista a la revista Paris Match que había una especie de competencia entre las células yihadistas para ver quién se llevaba “el premio al mejor atentado” y que por eso éste sería sólo “cuestión de tiempo”.

Las alertas, no obstante, se dispararon en días pasados, luego de que se diera a conocer que un “autor intelectual” había guiado desde Siria las acciones de los autores de los ataques contra Charlie Hebdo y el supermercado judío de la Puerta de Vincennes. Aunque se sabía que los autores de dichos atentados se habían comunicado entre ellos, el hecho de que siguieran órdenes –y a lo mejor recibieran ayuda logística– quería decir que con seguridad otras células podrían estar preparando atentados similares para vengar la participación de Francia en la coalición contra el Estado Islámico, y ya no actuando por su cuenta sino con instrucciones precisas.

Una situación aún más preocupante, si se tiene en cuenta que los atentados de Beirut obedecen a nueva estrategia de exportación y generalización de la guerra, que parece ser la adoptada por el Estado Islámico, luego de las pérdidas que la organización ha sufrido por culpa de los bombardeos tanto de la coalición liderada por Estados Unidos, como de los cerca de 2.000 ataques que la aviación rusa ha lanzado desde el 30 de septiembre.

El derribo del avión de esa nacionalidad, las bombas en el Líbano y los ataques de París buscarían no sólo “castigar” a los países que en diferentes frentes han frenado la expansión del califato, sino incitar a la opinión pública de los mismos a pedir el cese de los bombardeos. Así lo confirmó el EI al reivindicar ayer sábado la autoría de los atentados : “Ocho hermanos, con cinturones explosivos y fusiles de asalto, han atacado lugares minuciosamente elegidos en el corazón de la capital francesa”, dice el comunicado. Según los terroristas, seleccionaron el estadio de Francia porque allí estaban jugando las selecciones francesa y alemana, dos de los países que participan en la coalición en su contra. La sala Bataclan era también objetivo de los yihadistas “porque estaban reunidos centenares de idólatras en una fiesta perversa. Este ataque no es más que el principio de la tempestad”, advierten.

“La tercera guerra mundial en cuotas”, como señaló el papa Francisco.

Las horas más aciagas de Hollande

El presidente francés, François Hollande, presenciaba el viernes el partido de fútbol amistoso entre Francia y Alemania en el Estadio de Francia cuando escuchó una primera explosión y luego otra, antes de conocer el ataque en la sala de conciertos Bataclan. Se dirigió a la sala de seguridad del estadio, donde el ministro del Interior. Bernard Cazeneuve, le hizo el primer balance. Pero todavía no se ignoraba la horrible realidad. Se activó la célula interministerial de crisis y junto con todas las fuerzas de seguridad hicieron un primer dictamen. En ese consejo, que duró 45 minutos, el jefe de Estado pidió reaccionar frente a los ataques. Hollande se dirigió después a la sala de conciertos Bataclan, pero las operaciones policiales no le permitieron avanzar más y regresó al ministerio. Ayer celebró un consejo de defensa.

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