Se escucharon fuertes explosiones. Se vieron grandes columnas de humo. Un zumbido perturbó los oídos de quienes estaban en medio del terror provocado por más de 73 misiles y 656 drones que fueron lanzados desde Rusia contra Ucrania. El amanecer que vio Marta Rizol desde su balcón en Kiev, típico del inicio de junio con el sonido de los pájaros de fondo, fue empañado por una densa niebla que estaba muy lejos de ser el aire que conoce. Ese fue un pequeño instante en el que, en medio del pánico que dejó el ruido de las alarmas a lo largo de la noche, quiso saber cómo estaba su ciudad, esa que la ha visto crecer y cuyo centro suele ser seguro, pero que entre lunes y martes pareció no serlo. Nada lo fue.
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No llegó al refugio. Un mensaje que advirtió que un misil balístico alcanzaría la capital en no más de dos minutos le impidió salir de su casa, aunque en sus manos tenía un kit de emergencia con comida, medicinas y otras cosas más. El resguardo estaba a cinco minutos de allí, así que no alcanzaba a llegar a él. Era más peligroso estar en la calle, entonces se quedó dentro de su apartamento, en un segundo piso, y armó en el corredor, protegida por dos paredes, un lugar para dormir, aunque poco o nada pudo conciliar el sueño. “Estaba aterrada por mi vida. Nunca sabes si vas a sobrevivir a otro ataque”, comentó con voz temblorosa: “No puedes asumir que solo pasará. Yo no puedo pensar así, y siempre me imagino que puedo ser la próxima, o mis papás, mis abuelos o mis amigos”.
Ella tenía apenas 18 años cuando inició la invasión a gran escala de Ucrania. Se sentía llena de vida y esperanza, y su anhelo era ir al campus de la universidad a tener clases presenciales, algo que la pandemia del coronavirus le quitó en sus últimos años de colegio, como a los demás estudiantes en el mundo. Era un momento en el que no tenía que luchar contra problemas con el sueño y la comida, y ahora esa es su realidad. No se siente con tanta energía ni con tanto optimismo frente al mundo. No confía en los extraños y, si antes le gustaba salir de fiesta, ahora no resiste la música ni los ruidos fuertes. No le gusta la multitud ni sentir en el cuerpo las vibraciones del beat. Vivió un momento surrealista el martes cuando, en un intento por alcanzar algo de tranquilidad, salió para acostarse en el pasto y reconectarse con la naturaleza. Quiso tomar un café y en el lugar al que llegó estaba sonando Billie Jean. Vida y muerte, esa es la dualidad que enfrenta día a día, que le pesa cada vez más con el paso del tiempo.
Kiev y Dnipro, además de regiones como Járkov y Zaporiyia, fueron epicentro de la más reciente ofensiva rusa, que dejó al menos 23 personas muertas, entre ellas dos niños, y otras 130 heridas. El Kremlin dijo que la guerra en Ucrania entró en “un nuevo paradigma” debido a “actos inhumanos de terror” llevados a cabo por el Ejército de Kiev contra civiles, como lo que denunció que ocurrió en una residencia estudiantil de la ocupada región de Lugansk, que dejó 21 fallecidos. Rizol ha sentido que la táctica sí ha cambiado recientemente: las fuerzas rusas ya no cuentan solo con drones Shahed, sino con una “cantidad absurda de misiles balísticos, enviados en varias oleadas y desde diferentes regiones”. Eso es porque Rusia entiende muy bien el déficit de interceptores que tiene Ucrania, comentó, por su parte, el internacionalista Jesús Agreda Rudenko: “Los misiles rusos más avanzados necesitan sistemas como los Patriot, y eso deja al país vulnerable a ataques”. El presidente Volodímir Zelenski reiteró que es “absolutamente necesario” el apoyo de Estados Unidos en eso.
Entonces, los misiles balísticos siguen siendo el mayor problema y, según el veterano ucraniano Andrii Kulish, la mejor solución es trabajar más estrechamente con los socios europeos y seguir buscando alternativas para lograr una mayor independencia de esos interceptores. Recordó, por ejemplo, que el fabricante del misil de crucero Flamingo, Fire Point, está en conversaciones con empresas del Viejo Continente para lanzar un nuevo sistema de defensa aérea el próximo año, que se convertiría en una salida más barata y accesible para enfrentar ese armamento ruso. Eso, al menos para Kulish, parece ser la “dirección correcta, en lugar de depender de la Casa Blanca”.
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