En 1985, el show se trasladó a Palm Beach. Trump pagó US$10 millones por Mar-a-Lago, un castillo véneto-hispánico-morisco construido en los años 20 por E. F. Hutton y Marjorie Merriweather Post en un terreno de 70 hectáreas que abarca del océano Atlántico al lago Worth. Desde entonces no han cesado los meticulosos trabajos de restauración de la propiedad y su literal recubrimiento con chapa de oro. (Recomendamos: La burbuja de Donald Trump en Colombia, investigación de Nelson Fredy Padilla).
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El invierno de 1995-96 marcó la primera temporada de Mar-a-Lago como empresa comercial: club privado con una cuota de membresía de US$25.000 (más tarde subió a US$50.000 y luego a US$75.000). La activa combinación del pedigrí pos-Hutton con la administración Trump creó el paradigma de cómo una dinámica y agresiva devoción al buen gusto inevitablemente se transmuta en mal gusto dejando algo de dinero en el camino.
Solo Trump y algunos subordinados suyos saben quién de los más de 300 miembros de Mar-a-Lago pagó realmente la membresía y cuánto ha pagado cada quién por el privilegio. A lo largo de los años, periódicamente, ha habido fugas de información por parte de un misterioso y anónimo portavoz de la Trump Organization, sobre asuntos como que un miembro de la familia real británica piensa comprar un pied-à-terre en la Trump Tower.
De allí que durante los primeros esfuerzos de promoción de Mar-a-Lago a nadie sorprendiera que Trump anunciara que la princesa y el príncipe de Gales se habían inscrito al club, a pesar de su mutua antipatía. ¿Existía algún documento? Bueno, eh… Chuck y Di son miembros honorarios. Entre los miembros honorarios que aún no han cruzado la puerta de Mar-a-Lago se cuentan Henry Kissinger y Elizabeth Taylor.
Un fin de semana descubrí que la manera más directa, aunque quizá no la más serena, de viajar a Mar-a-Lago era el 727 de Trump, la aeronave a la que debió renunciar durante el blip y que había vuelto a adquirir, tras un intervalo casi decente. Entre los que viajaron conmigo estaban Eric Javits, abogado y sobrino del difunto senador Jacob Javits, quien pidió un aventón; Ghislaine Maxwell, hija del difunto magnate de la industria editorial, aunque mal nadador, Robert Maxwell, también de aventón; Matthew Calamari, guardaespaldas del tamaño de una caseta de teléfonos, jefe de seguridad de la Trump Organization, y Eric Trump, hijo de Donald, de 13 años.
Las llaves y herrajes de oro macizo (lavamanos, broches de los cinturones de seguridad, bisagras, tornillos...), el bar y la despensa, bien abastecidos, la cama, tamaño queen, el bidé (sobre el que se podía poner una funda acolchada de cuero, en caso de turbulencia repentina) sugerían posibilidades hedonistas —el avión solía trasladar a grandes apostadores a Atlantic City—, aunque solo fui testigo de una sana diversión. Aún no despegábamos cuando Trump decidió ver una película.
Traía Michael, de reciente estreno, pero a los 20 minutos de haber introducido la cinta a la videocasetera se aburrió y la cambió por una de sus favoritas, un festival de golpes de Jean Claude Van Damme llamado Bloodsport, que le parecía una “increíble y fantástica película”. Le asignó a su hijo la tarea de adelantar la cinta y pasar por alto el planteamiento de la trama —su objetivo era “reducir la película, de dos horas a cuarenta y cinco minutos”—, eludió el sopor a base de aplastamientos de nariz, ablandamientos de riñón y porrazos en las espinillas.
En el momento en el que uno de los malos, pero fornidos, a punto de aplastar a uno de los buenos, de talla normal, recibió un golpe fulminante al escroto, me reí. “¡Admítelo, te estás riendo! —vociferó Trump—. Sé que te gustaría escribir que Donald Trump estaba fascinado con esta ridícula película de Jean Claude Van Damme, pero ¿estás dispuesto a incluir que también la estabas disfrutando?”.
En la pista de aterrizaje de Palm Beach nos recibió un pequeño convoy de limusinas. A lo largo del viaje a Mar-a-Lago, Trump habló con entusiasmo del campo de golf, “espectacular, de clase mundial”, que pensaba construir en un terreno del gobierno local, justo frente al aeropuerto. Trump, por cierto, es un diestro golfista. Una fuente muy cercana a él —con lo que quiero decir que es extraoficial, pero lo puedo usar— me dijo que Claude Harom, antiguo ganador del torneo Masters y golfista profesional del club Winged Foot de Mamaroneck, Nueva York, durante 33 años, alguna vez dijo que Donald era “el mejor jugador de fin de semana” que jamás haya visto.
El único acto formal en la agenda de Trump ya había comenzado. Cada año, el editor de Forbes invita a 11 poderosos empresarios a Florida, donde pasan un par de noches en el Highlander, el yate de la compañía; pasan el día palpándose astutamente los cerebros entre sí y midiendo los golpes cortos del otro. También se había invitado a un grupo adicional de escépticos del impuesto sobre las ganancias de capital a una cena, el viernes, en el salón de baile de Mar-a-Lago.
Trump llegó después de que se había servido la entrada de pato a las brasas y antes de la ensalada de portobello asado, se sentó junto a Malcolm S. (Steve) Forbes, Jr., antiguo candidato a la presidencia por el Partido Republicano y director ejecutivo de Forbes, en una mesa que incluía a los grands fromages de Hertz, Merrill Lynch, el Grupo CIT y Countrywide Credit Industries. En una mesa cercana, Marla Maples Trump, de regreso de un viaje a Shreveport, Luisiana, donde había ensayado su papel como copresentadora del concurso Miss USA, discutía de política global y los hábitos de sueño de Tiffany, de tres años, con los directores ejecutivos de AT&T, Sprint y Office Depot. A la hora del café, Donald les aseguró que todos eran personas “muy especiales” para él, que quería que consideraran a Mar-a-Lago como un hogar y que eran bienvenidos a usar el spa sin costo alguno al día siguiente.
Tony Senecal, antiguo alcalde de Martinsburg, Virginia Occidental, mayordomo de Trump e historiador en residencia de Mar-a-Lago, me dijo: “Algunos de los trabajos de restauración que se están haciendo aquí son tan sutiles que no parecerían de Trump”. La sutileza, sin embargo, no es el concepto dominante. Jay Goldberg solía retirarse una semana al año con su esposa en Mar-a-Lago, para descansar del manejo de los asuntos legales de Trump.
Soportaba los tapices, los murales, los frescos, las estatuas aladas, el retrato tamaño natural de Trump (titulado “El visionario”), los samovares del tamaño de una tina repletos de flores, las columnas corintias, los techos a más de 10 metros de altura, los candelabros deslumbrantes, la marquetería, la hoja de oro sobre todas las cosas, me dijo Goldberg, pero lo sacó de quicio una pequeña fruta.
“Estábamos sitiados por un equipo de 20 empleados, incluido un lacayo. Ni siquiera sabía lo que era un lacayo, llegué a pensar que se trataba de una suerte de podólogo”, me dijo. En cualquier caso, a donde volviera la vista había un frutero con fruta fresca. Bueno, pues ahí estoy, en nuestro cuarto y decido ir al baño a orinar. De paso, tomo una naranja china y me la como. Cuando salgo del baño, habían remplazado la naranja china”.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Debate. Mark Singer escribe en The New Yorker desde 1974. Es autor de varios libros, entre los que destacan Somewhere in America (2004) y Character Studies (2005). Vive en Nueva York.