Estaba harto de buscar la forma de volver al mundo que había conocido toda mi vida. Estaba harto de pensar cómo podría volver a trabajar de nuevo en un bufete de abogados. Estaba harto del mundo de la política, de discurrir cómo participar en la campaña de papá, si llegaba el caso, como habría hecho cualquier otro año electoral. Estaba harto de inventar excusas para justificar dónde vivía y lo que hacía. (Recomendamos Las vidas cruzadas de Joe Biden y un narco del cartel de Medellín. Investigación de Nelson Fredy Padilla).
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Era adicto al crack y punto. ¡A la mierda!
Cogí un Uber hasta mi coche, que había dejado en el garaje del que administraba una de las casas en las que había estado alojado (nota al margen: como cabía esperar de mis amistades de Los Ángeles de aquella época, el tipo había intentado vender el coche). Desde allí me fui directo a pillar crack. El siguiente mes y medio es un borrón de embotamiento a golpe de drogas. No es una evasiva ni un lapsus de memoria. Todo lo que vino después de regresar a Los Ángeles es una indefinición de manual, una auténtica maraña difusa de la más completa y absoluta degeneración: no hacía más que beber y drogarme. Pasé las primeras dos semanas en un Airbnb de Malibú.
Fue más o menos en aquella época cuando Rudy Giuliani comenzó sus ataques ad hominem contra mí, previendo que mi padre se iba a presentar como candidato a la presidencia. Se centraban en mi etapa en Burisma (empresa ucraniana de gas natural), con dudosos detalles que había ido recopilando en sus “entrevistas” —es decir, comidas y cenas bien regadas de alcohol— con los exfiscales ucranianos Viktor Shokin y Yuri Lutsenko, ambos objeto de acusaciones de corrupción.
Las difamaciones surgieron de la nada, sin previo aviso. Nadie me llamó para decirme: “Oye, Hunter, prepárate”. La primera vez que tuve noticia de ellas fue al echar un vistazo a las actualizaciones de Apple News en el iPhone. No sabía cómo demonios interpretar aquello. Me llegó un video en el que Giuliani se veía más que desatado. Parecía borracho, pero casi de manera intencionada, como si formara parte de una coreografía diseñada para soliviantar todavía más a la agradecida base de votantes de su jefe.
Sus acusaciones e insinuaciones eran tan descabelladas, tan alejadas de cualquier realidad, que casi pensé que se estaba haciendo un flaco favor a sí mismo. No acertaba a ver la manera en que nada de aquello pudiese convertirse en un problema, ni siquiera después de que [Donald] Trump comenzara a insistir en ello una y otra vez.
Breitbart y el resto del entorno de la ultraderecha se subieron al carro de inmediato y salieron con su consabida retahíla de manipulaciones. No solo me atizaban por mi relación con Burisma, sino también por haber trabajado como lobista y por mi primer empleo nada más salir de la facultad de Derecho, en Delaware. Sembraron la duda sobre el hecho de que hubiera accedido por la vía rápida al programa de gestión ejecutiva de MBNA, y se les olvidó mencionar que era graduado en Derecho por Yale, con las oportunidades que eso implica.
Aquellos ataques dieron pie a que otros medios informativos más convencionales publicaran artículos que contrarrestaban las tergiversaciones con verdadero periodismo y, al hacerlo, por mucho que fuese en nombre de la información objetiva, cada uno de los artículos volvía a repetir los ataques contra mí. Se convirtió en un ciclo predecible en ese ecosistema de medios que acaban difundiendo falsedades incluso cuando lo que se plantean es desmentirlas.
Trump y Giuliani conocen este sistema como solo podría hacerlo un científico loco. El asunto me hizo hundirme todavía más en el agujero, me dio una mayor certeza de que no había vuelta atrás. Dejé de responder a las constantes llamadas de papá y de mis hijas, y tan solo cogía el teléfono lo justo para que supiesen que seguía vivo y buscando ayuda, lo cual me proporcionaba a su vez una tapadera para volver a enterrarme en la inconsciencia.
Fue más o menos en esa época cuando Adam Entous, periodista de la revista New Yorker galardonado con el Pulitzer, me envió un correo electrónico solicitando una entrevista para un artículo que estaba escribiendo acerca de Burisma y sobre cómo encajaba mi trabajo allí con las medidas de papá contra la corrupción en Ucrania. Me dijo que lo que quería era llegar al fondo de aquellas acusaciones.
Cuando era más joven y tenía otras aspiraciones, estaba obsesionado con aquella revista. Devoraba cada número: poesía, ficción, todo. Pensaba que la cúspide para un autor era que te publicaran en las revistas New Yorker, Paris Review o Poetry. No era una cuestión de esnobismo, sino de respeto. Por eso le devolví la llamada a Adam, aunque no lo conociese personalmente. Poco después comenzamos a hablar por teléfono casi todas las noches, durante varias semanas.
Lo que empezó con unas conversaciones acerca de mi actividad en la gestión de negocios, sobre la que charlamos de forma extensa, no tardó en convertirse en una serie de confesiones de carácter personal. Desde el punto de vista de Adam, el artículo trataba de esclarecer mi papel en una compañía energética ucraniana. Para mí, era una oportunidad no solo de contar mi versión de la historia, sino de gritarle al mundo: ¡Aquí estoy!”, una rotunda respuesta al “¿dónde está Hunter?”. Decidí que iba a dejar de ocultar quién era yo. ¿Queréis saber sobre mi vida? Pues aquí tenéis los detalles escabrosos. ¡A la mierda!
Así que hablé. Y seguí hablando. Todas las noches, allá donde estuviera, plantaba el móvil sobre un escritorio o una mesa delante de mí, o me lo colocaba sobre el pecho, tumbado en la cama de algún hotel, activaba el altavoz y respondía a cualquier pregunta que Adam me hiciese desde el estudio de su casa, en Washington, desde donde me llamaba después de ayudar a acostar a los niños.
No le conté que en aquella época estaba fumando crack. Poco después de haber iniciado las sesiones de la entrevista, el ruido de Giuliani amainó un tanto y me trasladé al Petit Ermitage, un discreto hotel boutique cubierto de hiedra, ubicado en un lugar apartado, una tranquila manzana entre el bullicio de los bulevares de Sunset y Santa Mónica, en West Hollywood. Iba en coche un día y pasé por delante camino de algún otro sitio. Me sorprendió su encanto misterioso, medio oculto, y reservé una habitación.
No les comuniqué a mi padre ni a la gente de su campaña el asunto del artículo del New Yorker. No quería recibir ninguna sugerencia por parte de su equipo de comunicación. Apenas faltaban unas semanas para que se hiciera público el anuncio —por medio de un video que se lanzaría la mañana del 25 de abril— de que Joe Biden se iba a presentar como candidato a la presidencia en 2020: iba a entrar en la batalla, en palabras de mi padre, por “el alma de nuestra nación”.
Me imaginaba perfectamente cómo iban a reaccionar ante mi artículo, que se publicaría a primeros del mes de julio, justo después del primer debate de las primarias: perderían la cabeza y harían cuanto pudiesen con tal de anularlo. Yo sabía lo que lograría el artículo en realidad: serviría para inmunizar a todos los demás frente a mis fracasos personales. Quería hacerlo para que nada más pudiese pender sobre la cabeza de mi padre. Ningún medio de la oposición podría dirigirse ya al equipo de campaña para decirles: “Estamos a punto de publicar un artículo sobre la adicción de Hunter al crack” ni tendrían que volverse locos pensando cómo responder.
Estaba retirando el problema del tablero de juego. Además, nadie iba a votar o a dejar de votar a mi padre porque su hijo fuese un adicto al crack. ¡Qué narices!, eso lo sabía hasta el propio Trump. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. De que nuestra familia iba a sufrir ataques, que nos iban a poner la vida patas arriba, pasara lo que pasase. Y si no venían a por mí, los enemigos políticos pondrían en la diana a otro miembro de la familia.
La única cuestión que mi padre tenía que plantearse a la hora de decidir si se presentaba o no a las primarias era la misma a la que ya se enfrentó en 2016: ¿merece la pena? Él ya sabe que en la familia todos pensamos que sí. Nadie le dijo: “Joe, por favor, no lo hagas; van a acabar conmigo”. Esto no forma parte de nuestro vocabulario, no es esta nuestra manera de evaluar el panorama político. Él sabía que mi vida personal estaba cayendo en picado. Así y todo, la confianza que mi padre tiene en mí queda demostrada por el hecho de que, a pesar de ello, se presentó.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Ediciones B.