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La cooperación europea en Colombia se transforma

La paz no es la única tarea de la Unión Europea en Colombia. Pablo Neira, jefe de comercio exterior de ese organismo, habla sobre el camino hacia un nuevo modelo de cooperación internacional.

Tomás Tarazona Ramírez

28 de mayo de 2025 - 06:00 p. m.
Pablo Neira, jefe de comercio exterior de la Unión Europea en Colombia
Foto: GUSTAVO TORRIJOS
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Son tiempos inciertos para quienes manejan y subsisten de la cooperación internacional. En enero, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, más conocida como Usaid, dejó de funcionar en cuestión de horas en Colombia. La ayuda proveniente de otros países, como por ejemplo, Suiza o Alemania, también vio cómo se cerraba el grifo de los recursos que impactaban la defensa de derechos y comunidades en Colombia. Y la fórmula es clara: sin tantos recursos, programas de apoyo o agencias de cooperación, necesidades clave en Colombia empiezan a tambalear; desde el cuidado del medio ambiente, pasando por la protección de derechos, hasta llegar a asuntos vitales como sostener la paz. Pero, contra todo pronóstico, queda una ficha en el tablero de ajedrez que aún sigue en pie: la Unión Europea. El Espectador habló con Pablo Neira, el actual jefe de comercio exterior de la UE en Colombia sobre cómo, aún en tiempos de recortes humanitarios y de asistencia económica, el país continúa siendo un destino atractivo para los inversionistas y negociantes europeos.

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Usted ha defendido la transformación de la cooperación internacional europea en Colombia. ¿Cómo pasar de un enfoque de asistencialismo hacia un trabajo articulado de inversión y desarrollo?

Hemos pasado de una política más asistencialista. Ahora, con la estrategia Global Gateway, lo que queremos es apoyar proyectos que sean sostenibles, que promuevan la inversión y la integración de las personas. Pero también debe haber un interés económico para nuestras empresas. Al final, se trata de garantizar que cualquier proyecto que apoyemos sea viable en el tiempo. Porque, ¿de qué sirve invertir en algo que desaparece cuando se acaban los recursos?

Lo que intentamos es que las políticas de la Unión Europea cubran todos los aspectos. Por eso buscamos integrar el desarrollo económico con el proceso de paz. Esa es la razón por la que el jefe de comercio habla de paz y el jefe de cooperación habla de inversiones. Así de conectados están hoy esos temas.

Allí se relaciona otro tema con cooperación: la incertidumbre y recortes que agencias y países han hecho en el mundo, especialmente en Estados Unidos con la Usaid. ¿Cómo leer este panorama y qué pasos a futuro hay por parte de la Unión Europea cuando se habla de desarrollo en Colombia?

Lo que nosotros tratamos de hacer es que las políticas de la Unión Europea no se limiten a una sola línea de acción. Tienen que estar articuladas y extenderse por el territorio: desarrollo económico, paz, medio ambiente, inversión. Lo que llamamos holístico. Que cubran todos los sectores, que sea un enfoque integral.

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Esa es la apuesta de nuestro embajador: que nuestras políticas no estén compartimentadas. Que no haya una estrategia para paz, otra para comercio y otra para medio ambiente, sino que todas se refuercen entre sí. Por eso, aunque yo venga del mundo del comercio y la negociación internacional, también hablo de paz. Porque lo que se necesita ahora es integrar esfuerzos.

Y Colombia, ¿cómo se posiciona a los ojos de la Unión Europea: como una oportunidad de inversión o una apuesta de desarrollo?

Ambas. Hay un compromiso con la paz, sí, pero también un gran interés por parte de las empresas europeas en invertir en Colombia. Lo ha habido siempre, y lo sigue habiendo. Es un mercado muy interesante.

Nosotros creemos que la inversión es fundamental para la paz, así como la paz lo es para atraer inversión. Tenemos que impulsar proyectos en las regiones que potencien el desarrollo económico y que vayan más allá del enfoque asistencial. En muchos casos, se trata simplemente de lograr que las comunidades lleguen al mercado nacional. Que un productor del Caquetá pueda vender en Bogotá ya es un paso enorme. Desde ahí se puede pensar luego en exportar.

Entonces, ¿a pesar de los retos de seguridad, Colombia sigue siendo atractiva para la inversión europea?

Sí. Colombia sigue siendo un país muy interesante para la inversión. Hay mucho potencial. Las empresas europeas que yo conozco siguen interesadas en estar aquí. Evidentemente, hay preocupaciones sobre seguridad o cambios regulatorios, lo que llamaríamos seguridad jurídica. Pero no hemos visto la caída de inversiones que algunos mencionan. Las cifras muestran que la inversión europea sigue siendo importante y activa.

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Durante las elecciones de 2022, hubo inquietud en algunos sectores por el cambio político. Pero los empresarios europeos están más acostumbrados a la alternancia entre izquierda y derecha. No lo vieron como algo tan grave. Los negocios continúan.

¿Cuáles son los puntos fuertes que hacen del país competitivo?

Uno muy claro es el de las energías renovables no tradicionales. Hicimos un estudio que mostró que cerca del 80 % de esas inversiones en Colombia, excluyendo la hidroeléctrica, provienen de empresas europeas. Ahí hay una convergencia muy clara entre las prioridades del Gobierno y el interés del sector privado europeo.

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También hay inversión europea en manufactura, agroindustria, tecnología, comunicaciones, banca y seguros. Es una relación diversa que toca múltiples sectores.

¿Y los puntos débiles?

Uno clave es la conectividad. Hablamos tanto de la digital como de la física. Eso limita el desarrollo de muchas iniciativas, especialmente en las regiones más alejadas.

Otro tema es la tramitología. Las licencias ambientales, por ejemplo, pueden tardar mucho. Nadie discute que deben existir, pero es importante que los procesos sean más claros, más rápidos y con mejor comunicación entre las autoridades y las empresas.

Y luego están las consultas con las comunidades. Son necesarias, por supuesto, pero deben tener reglas claras. Que sean vinculantes, con un principio y un fin. Las empresas necesitan seguridad jurídica sobre el resultado de esos procesos. Ese es el punto clave.

Es imposible no hablar de cooperación internacional sin mencionar el sostenimiento de la paz en Colombia. ¿Cómo hablar de esta apuesta de la Unión Europea desde una perspectiva de finanzas?

Sin plata no funciona. Se necesita inversión, y esa inversión tiene que venir del sector privado. También del público, claro, pero el privado tiene que ser protagonista.

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Nuestra labor es garantizar que los proyectos sean sostenibles. Por eso buscamos integrar la política de paz con la de desarrollo económico. Que no trabajen por separado. Solo así se pueden lograr transformaciones reales en los territorios.

Mucho se ha discutido que hablar de paz también implica mencionar la inversión social y oportunidades en el territorio. ¿Qué decir sobre eso? Como Unión Europea, ¿cómo aportar a la paz desde ese tipo de inversión?

Esa es la clave de nuestro trabajo: generar cambios sostenibles en el tiempo. Poder ayudar a la gente a desarrollar una actividad económica que funcione. Que les dé independencia, ingresos y dignidad.

Recuerdo una mujer en Nariño que dijo: “Yo de guerra no hablo. Les voy a hablar de mi negocio.” Ese tipo de transformación es la que buscamos. Que las personas encuentren otra narrativa y otra forma de vida.

Usted ha mencionado algunos ejemplos en los que la cooperación y las oportunidades comerciales dan buenos frutos en Colombia, como el cacao o el turismo. ¿Más que oportunidades, qué significan esas inversiones y ayudas?

Son proyectos que verdaderamente ilusionan. A mí me ha tocado, como turista, llegar a zonas muy complejas, como el Meta o el Caquetá, y ver cómo te recibe la gente porque ahora tienen iniciativas de turismo. Hace unos años era impensable. Hoy son fuente de desarrollo local.

En cuanto al cacao, conocí a Disidente, un emprendimiento de un italiano que trabaja con comunidades cacaoteras colombianas. Él decía que no solo se trata de producir bien, sino de desarrollar el gusto del consumidor para que esté dispuesto a pagar lo que vale ese producto. Porque si no se reconoce el valor económico, la iniciativa tampoco funciona.

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Lo difícil no es arrancar, sino sostenerse. Lo fácil es entregar un capital semilla. Lo difícil es construir algo que dure. Para eso se necesita acompañamiento, revisión de modelos de negocio, asesoría. Que un experto te diga: “Esto tiene futuro”, “o esto hay que replantearlo”. Eso es lo que puede marcar la diferencia.

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