1 May 2021 - 2:00 a. m.

La Copa América en Brasil, la cortina de humo de Bolsonaro

El presidente brasileño abrazó la celebración del torneo de la Conmebol en su país, la cual le sirve para tapar la investigación del Senado que sacude a su gobierno.

Redacción Mundo

Internacional

La decisión de celebrar la Copa América en Brasil este año tomó a los países participantes del torneo por sorpresa, pues no se encuentran explicaciones razonables para poner en marcha un evento de este tipo en el país, dadas sus condiciones actuales.

Hasta el viernes de la semana pasada, la realización del certamen en Argentina seguía en pie. Sin embargo, un informe epidemiológico desfavorable sobre la actual emergencia sanitaria en ese país derrumbó la posibilidad de jugar el torneo allí, a menos de dos semanas de que rodara la pelota. El país superó la barrera de 40 mil casos de COVID al día.

Pero no solo se trataba de la cuestión sanitaria. Como dijo Matías Lammens, ministro argentino de Turismo y Deporte, este no es “el mensaje que se le debía dar a la sociedad” en medio de la crisis. Celebrar un evento de este tipo en las condiciones actuales, con una economía en problemas y miles de muertos por el COVID-19, no es bien visto. Una encuesta de Poliarquía, de hecho, señaló que el 70 % de los argentinos rechazaban la realización del torneo en el país.

¿Tiene Brasil, entonces, mejores condiciones sanitarias para manejar el evento? Para nada. Así como tampoco cuenta con un clima social apto para el desarrollo del campeonato.

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Al igual que Colombia, que perdió la posibilidad de ser la sede de la Copa porque la Conmebol no aceptó su solicitud de aplazamiento a noviembre, Brasil también es escenario de protestas. El pasado 29 de marzo se vivieron multitudinarias marchas contra el presidente Jair Bolsonaro y su gestión en la pandemia. Las manifestaciones van en aumento, mientras la popularidad del mandatario disminuye: en abril bajó al 24 %, según Datafolha.

El gobierno de Bolsonaro es el que peor ha manejado la pandemia en la región. Brasil se aproxima al medio millón de muertos por COVID-19, una cifra casi equivalente a la sumatoria de decesos por coronavirus en todos los países de América Latina y el Caribe.

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El país, hoy por hoy, cuenta con una pésima imagen a nivel internacional. Los brasileños son los únicos en la región que tienen suspendido el ingreso a Estados Unidos. Hay por lo menos 13 estados (la mitad del país) que tienen una ocupación hospitalaria sobre el 95 %. Y hay que recordar que Amazonas, que hace unos meses vivió dos colapsos por falta de oxígeno para pacientes COVID, permanece en alerta por una ocupación de camas del 60 %.

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Las previsiones para las próximas dos semanas no son positivas. Aunque la mortalidad es menor que la de abril, esta es aún la peor en la región: cerca de mil muertes al día. Y el laboratorio brasileño Fiocruz señaló que se espera un recrudecimiento de 2.300 muertes diarias por el aumento de contagios en los próximos 15 días, cuando se prevé que comience la Copa.

Pese a todo este contexto, el presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, sostiene que “Brasil vive un momento de estabilidad, tiene comprobada infraestructura y experiencia acumulada y reciente para organizar una competición de esta magnitud”. La realidad de Brasil no lo respalda.

A Bolsonaro, sin embargo, la Copa le es otorgada como un regalo. El Senado Federal de Brasil está investigando la gestión del mandatario en la pandemia y los relatos de sus exministros de Salud de que “el mito”, como lo bautizaron sus seguidores, pretendía llevar al país a la inmunidad colectiva, sin importar las consecuencias.

Bolsonaro estaba esperando una infección del 70 % de la población para conseguir la inmunidad de rebaño, dicen sus exministros, la cual traería por lo menos 1,4 millones de muertos en el país, según The New York Times. Por esa razón, el Gobierno parece haber hecho de todo para acelerar el contagio: desacreditar el uso de tapabocas, el distanciamiento social y las vacunas, además de rechazar ofrecimientos de inyecciones que pudieron servir para inmunizar al 50 % de la población y salvar vidas. Pero a él parecía no importarle el daño colateral de esperar que su pueblo se infectara.

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La investigación del Senado, que cada día arroja más detalles sobre la incompetencia del Gobierno, está siendo transmitida por la televisión nacional y ha acaparado la atención de miles de brasileños. Los testimonios de las audiencias de la Comisión Parlamentaria de Investigación se han convertido en el tema más comentado en las redes sociales en Brasil. GloboNews, que transmite las sesiones, reporta que más de 3,5 millones de espectadores siguen el “reality político”.

Las búsquedas de TV Senado de Brasil en YouTube también rompieron su récord en mayo y el interés también se ve evidenciado en los datos de Google Trends en el país. La curiosidad por lo que pasa en el Senado es la más alta desde 2013. Todo esto demuestra que el público quiere saber qué pasó con la gestión de la pandemia y permanece conectada con la información.

Es por eso que la oposición al presidente ha señalado que Bolsonaro pretende tener con la Copa su “cortina de humo” para tapar las escandalosas revelaciones del Senado, como que retrasó la firma de contratos de vacunas, y conseguir también levantar su imagen llevando fútbol y entretenimiento a su gente. El Partido de los Trabajadores (PT) rechazó enfáticamente la decisión de albergar la Copa. Pero quizás este no sea el mejor para pedir coherencia en este momento. Cuando el país protestaba contra Dilma Rousseff por la alta inversión en estadios para el Mundial de 2014, el PT guardó silencio. En 2016 también hubo protestas por los Juegos Olímpicos. El país parece acostumbrarse a que sus dirigentes tapen las crisis internas con eventos de gran calibre. Lo que sí hará la Copa es que alimentará el malestar y la división internos.

El diputado Julio Delgado ya dijo que presentará una demanda ante la Corte Suprema para prohibir la realización del torneo, pues incumple con las prohibiciones de eventos actuales. El PT también piensa demandar. Paulo Câmara, gobernador del estado de Pernambuco, dijo que no prestará el estadio Itaipava Arena Pernambuco para que se jueguen partidos allí. Los gobernadores de Río Grande del Norte y del Sur también se negaron a acoger el evento.

A Bolsonaro le puede servir el torneo para alimentar el fanatismo de su base bolsonarista, que adoptó la camiseta de la selección nacional como símbolo, pero puede que la Copa profundice su impopularidad. Todo dependerá también del fútbol, y de si la selección local logra capturar la atención que por ahora se lleva la investigación a Bolsonaro. A los brasileños se les está llenando la copa...

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