Hace casi cuarenta años, el presidente Richard Nixon me concedió el honor de enviarme a Pekín para restablecer el contacto con un país clave en la historia de Asia, con el que Estados Unidos no había tenido relaciones de alto nivel en más de veinte años. El inicio del contacto tenía como objetivo principal que el pueblo estadounidense viera una panorámica de paz que trascendiera las penalidades de la guerra del Vietnam y las alarmantes perspectivas de la guerra fría. Por su parte, China, aunque aliada técnicamente con la Unión Soviética, necesitaba espacio de maniobra para oponer resistencia al temido ataque de Moscú.
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Durante aquel período me desplacé a China en más de cincuenta ocasiones. Al igual que muchos otros visitantes a lo largo de los siglos, acabé admirando al pueblo de este país, su fuerza, su sutileza, su sentido familiar y la cultura que representa. Por otro lado, durante toda mi vida he reflexionado sobre la paz, en gran parte desde la perspectiva de Estados Unidos, y he tenido la suerte de poder conjugar estas dos líneas de pensamiento en mi función de alto cargo de la administración, de transmisor de mensajes y de erudito.
Esta obra, basada en parte en conversaciones con dirigentes chinos, intenta explicar la forma conceptual en que los chinos se plantean los problemas de la paz, la guerra y el orden internacional, y su relación con el enfoque estadounidense más pragmático, que los aborda caso por caso. Las distintas historias y culturas a veces aportan conclusiones divergentes. No siempre estoy de acuerdo con la perspectiva china, lo mismo les ocurrirá a los lectores. Pero es necesario comprenderla, porque China ejercerá una función muy importante en el mundo que empieza a vislumbrarse en el siglo XXI.
Desde la primera visita que efectué a este país, China se ha convertido en una superpotencia económica y en un importante factor en la configuración del orden político mundial. Estados Unidos se ha impuesto en la guerra fría. La relación entre China y Estados Unidos ha pasado a ser un elemento clave en la meta de la paz y el bienestar mundial.
Ocho presidentes de Estados Unidos y cuatro generaciones de dirigentes chinos han llevado esta delicada relación con una gran coherencia, teniendo en cuenta las diferencias en los puntos de partida. Ni una parte ni otra ha permitido que sus respectivos legados históricos o sus diferentes concepciones del orden interno interfieran en su relación, básicamente colaboradora.
Ha sido un camino complejo, pues ambas sociedades consideran que representan valores únicos. La excepcionalidad estadounidense es propagandista. Mantiene que este país tiene la obligación de difundir sus valores por todo el mundo. La excepcionalidad china es cultural. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China. Sin embargo, el país es el heredero de la tradición del Reino Medio, que clasificó de manera formal el resto de los estados en distintos niveles tributarios basándose en su aproximación a las formas culturales y políticas chinas; en otras palabras, aplicó un tipo de universalidad cultural.
La singularidad de China
Las sociedades y las naciones tienden a considerarse eternas. Por otra parte, valoran una historia que hable de sus orígenes. China tiene un rasgo característico: no parece poseer principio. En la historia aparece más como fenómeno natural permanente que como Estado-nación convencional. En la narración sobre el Emperador Amarillo, venerado por tantos chinos como legendario fundador, se tiene la sensación de que China ya existía. Cuando el Emperador Amarillo apareció en la mitología, la civilización china ya se encontraba sumida en el caos. Los príncipes en pugna se hostigaban entre sí y hacían también lo propio con el pueblo, al tiempo que un dirigente debilitado se veía incapaz de mantener el poder. Impusieron, sin embargo, el nuevo héroe, que reclutó un ejército, pacificó el reino y fue aclamado como emperador.
El Emperador Amarillo ha pasado a la historia como héroe fundador, aunque en el mito fundacional no crea, sino que restablece, un imperio. Encontramos la repetición de esta paradoja de la historia china con el antiguo sabio Confucio: a él también se le considera el «fundador» de una cultura, aunque él insista en que no inventó nada, que únicamente pretendía dar un nuevo ímpetu a los principios de armonía que habían existido en la época dorada y se habían perdido en su propia época de caos político.
En una reflexión sobre la paradoja de los orígenes de China, el misionero del siglo XIX, Abbé Régis-Évariste Huc, conocido viajero, comentaba: La civilización china nace en una antigüedad tan remota que sería un vano empeño descubrir sus inicios. No existe rastro de su infancia en su pueblo. Se trata de un rasgo peculiar de China. En la historia de las naciones nos hemos acostumbrado a encontrar algún punto de partida perfectamente definido, y los documentos, tradiciones y monumentos históricos que aún se conservan en general nos permiten seguir, casi paso a paso, el avance de la civilización, estar presentes en su nacimiento, observar su desarrollo, su camino hacia delante y en muchos casos su posterior decadencia y caída. Pero no sucede así con los chinos. Se diría que han vivido siempre en el mismo estadio de progreso en el que viven hoy; y existen suficientes datos de la antigüedad que lo confirman.
En la primera evolución de los caracteres chinos, durante la dinastía Chang, en el segundo milenio antes de Cristo, el antiguo Egipto se encontraba en su apogeo. No habían surgido aún las grandes ciudades-estado de la Grecia clásica, y Roma se encontraba a milenios. Sin embargo, hoy más de mil millones de personas siguen utilizando el descendiente directo del sistema de escritura de la época Chang. Los chinos de hoy en día son capaces de comprender inscripciones hechas en la época de Confucio; los libros, las conversaciones cotidianas chinas poseen una riqueza de aforismos que cuentan con siglos de antigüedad, en los que se citan antiguas batallas e intrigas cortesanas.
Al mismo tiempo, la historia china presenta muchos períodos de guerra civil de interregnos y de caos. Después de cada desmoronamiento, el Estado chino se reconstituía como si siguiera una inmutable ley de la naturaleza. En cada estadio aparecía una nueva figura aglutinante, que seguía básicamente el precedente del Emperador Amarillo, para someter a sus adversarios y reunificar China (y de vez en cuando, para ampliar sus fronteras). El famoso comienzo del Romance de los Tres Reinos, novela épica del siglo XIV, muy valorada durante siglos en China (Mao, por ejemplo, al parecer estuvo obsesivamente enfrascado en dicha obra en su juventud), evoca este ritmo continuo: «El imperio, largo tiempo dividido, tiene que unirse; largo tiempo unido, tiene que dividirse. Así ha sucedido siempre». Cada uno de los períodos de desunión era considerado como una desviación. Cada una de las dinastías se remontaba a los principios de gobierno de la anterior a fin de restablecer la continuidad. Los preceptos fundamentales de la cultura china perduraban después de que los pusieran a prueba las tensiones del período de catástrofes.
Antes de que se produjera el hecho fundamental de la unificación china en 221 a.C., transcurrió un milenio de gobierno dinástico que fue desintegrándose poco a poco a medida que evolucionaban las subdivisiones feudales, pasando de la autonomía a la independencia. Ello culminó en dos siglos y medio de caos, que han pasado a la historia como el período de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.). Su equivalente europeo serían los interregnos entre el Tratado de Westfalia de 1648 y el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando un gran número de estados europeos luchaban por sobresalir en el marco del equilibrio de poder. Después de 221 a.C., China mantuvo el ideal de imperio y unidad, aunque siguió la práctica de la fractura y la nueva unión por ciclos, que en ocasiones llegaron a durar unos cuantos siglos.
Cuando el Estado se fracturaba, se libraban cruentas guerras entre los distintos elementos. Mao dijo en una ocasión que, durante el período denominado de los Tres Reinos (220-280), la población china pasó de cincuenta millones de habitantes a diez millones de habitantes;4 también fue muy sangriento el conflicto entre los participantes en las contiendas de las dos guerras mundiales del siglo XX.
En su extensión máxima, la esfera cultural china abarcaba un área continental mucho más grande que cualquier Estado europeo; de hecho, comparable a la de la Europa continental. La lengua y la cultura chinas, así como el mandato político del emperador, se extendían a todos los territorios conocidos: desde las tierras esteparias y los inmensos pinares del norte que van fundiéndose hacia Siberia hasta las selvas tropicales y los cultivos de arroz en los bancales del sur; desde la costa oriental, con sus canales, puertos y aldeas de pescadores, hasta los agrestes desiertos de Asia Central y las cimas nevadas de la frontera del Himalaya. La amplitud y variedad de su territorio reafirmaba la idea de que China era un mundo en sí, que mantenía una concepción del emperador como figura de trascendencia universal, que presidía el tian xia, o «Todo bajo el Cielo».
La era de la preeminencia china
A lo largo de muchos milenios de su civilización, China no tuvo que tratar con otros países o civilizaciones que pudieran comparársele en magnitud y complejidad. Los chinos conocían la India, como precisó Mao posteriormente, pero aquel era un país que había pasado gran parte de su historia dividido en distintos reinos. Las dos civilizaciones se intercambiaron productos y también las influencias budistas a lo largo de la Ruta de la Seda, pero para el resto imperaba el muro casi impenetrable del Himalaya y el altiplano del Tíbet. Los inmensos e imponentes desiertos de Asia Central separaron China de las culturas persa y babilónica de Oriente Próximo, y más aún del Imperio romano. Las caravanas comerciales emprendieron viajes intermitentes, pero China como sociedad no estableció vínculos con otras de envergadura y logros comparables. A pesar de que China y Japón compartieron una serie de instituciones culturales y políticas básicas, ninguno de estos dos países estaba preparado para reconocer la superioridad del otro; como solución optaron por reducir sus contactos durante siglos. Europa se encontraba aún más lejos de lo que los chinos consideraban los mares occidentales, por naturaleza inaccesible a la cultura china y lamentablemente incapaz de asumirla, como explicó el emperador a un enviado británico en 1793.
Las reivindicaciones territoriales del Imperio chino tenían su límite en las orillas de los mares que lo bañaban. Ya en la dinastía Song (960-1279), China se situaba a la cabeza del mundo en tecnología náutica; sus flotas podían haber llevado el imperio a una era de conquista y exploración. No obstante, China no se hizo con ninguna colonia y mostró relativamente poco interés por los países de ultramar. No vio motivos para aventurarse hacia el exterior para convertir a los bárbaros a los principios del confucianismo o a las virtudes budistas. Cuando los conquistadores mongoles se apropiaron de la flota Song y de sus hábiles capitanes, organizaron dos intentos de invasión en tierras japonesas. Ambos fracasaron por las inclemencias del tiempo: el kamikaze (o «viento divino») de la tradición japonesa. Pero cuando se derrumbó la dinastía mongol, no volvió a intentarse expedición alguna, a pesar de que hubiera tenido viabilidad técnica. Jamás un dirigente chino esgrimió una razón para el control del archipiélago japonés.
Sin embargo, en los primeros años de la dinastía Ming, entre 1405 y 1433, China abordó una de las empresas navales más notables y misteriosas de toda la historia: el almirante Zheng He emprendió viaje con unas flotas compuestas por «barcos del tesoro», tecnológicamente sin precedentes, hacia lejanos destinos como Java, la India, el Cuerno de África y el estrecho de Ormuz. En la época de los viajes de Zheng no había empezado todavía la era de los exploradores europeos. La flota china poseía lo que se podría considerar una ventaja tecnológica insalvable: superaba en tamaño, perfección y número de navíos la Armada española (que tardaría aún ciento cincuenta años en surcar los mares).
Los historiadores siguen debatiendo el objetivo de estas misiones. Zheng He fue un personaje singular en la era de las exploraciones: un eunuco musulmán chino asignado al servicio imperial ya de niño, algo insólito en la época. En cada una de las escalas de sus viajes se dedicaba a proclamar formalmente la magnificencia del nuevo emperador de China, a ofrecer generosos regalos a los dirigentes con los que contactaba y a invitarlos a desplazarse hasta su país personalmente o a mandar algún enviado. Una vez allí, aceptarían su lugar en el orden mundial sinocéntrico por medio del ritual del kowtow, como reconocimiento de la superioridad del emperador. No obstante, Zheng He se limitó a difundir la grandeza de China y a entregar invitaciones para el solemne ritual; jamás mostró ambición territorial alguna. Regresaba tan solo con algún regalo o «tributo»; no reivindicaba colonias ni recursos para China que no fueran el tesoro metafísico de la ampliación de los límites del Todo bajo el Cielo. Como mucho, puede decirse de él que abrió el camino para los mercaderes chinos, mediante una especie de práctica anticipada del «poder blando» chino.
Las expediciones de Zheng He finalizaron repentinamente en 1433, coincidiendo con el nuevo peligro surgido a lo largo de la frontera del territorio septentrional de su país. El emperador siguiente mandó desmantelar la flota y destruir cualquier constancia de los viajes de Zheng He. No volvió a organizarse ninguna expedición. Si bien los comerciantes chinos siguieron surcando los mares por los que había navegado Zheng He, la capacidad naval china perdió empuje, hasta el punto de que la respuesta que dieron los dirigentes Ming a la subsiguiente amenaza de piratería en la costa del sudeste de China fue el intento de obligar a emigrar a la población costera a unos dieciséis kilómetros hacia el interior. Así pues, la historia naval china se convirtió en una bisagra que impedía el movimiento; aquel país técnicamente capaz de dominar se retiró de forma voluntaria del ámbito de la exploración naval en cuanto el interés de Occidente empezó a tomar el relevo.
El espléndido aislamiento chino fomentó en este pueblo una imagen muy particular de sí mismo. Las élites chinas fueron acostumbrándose a la idea de que su país era único; no tan solo «una gran civilización» entre grandes civilizaciones, sino la civilización por antonomasia. Un traductor británico escribía en 1850:
Un europeo inteligente, acostumbrado a reflexionar sobre el estado de una serie de países que disfrutan de una amplia variedad de ventajas, y trabajan sin ceder al cansancio en condiciones especialmente desfavorables, podría, mediante unas cuantas preguntas correctamente dirigidas, y disponiendo de muy pocos datos, hacerse una idea razonablemente acertada sobre el estado de un pueblo para él desconocido hasta entonces; pero cometería un gran error si supusiera que esto podía aplicarlo a los chinos. La exclusión a la que este país ha sometido a los extranjeros y la reclusión que él mismo ha vivido le ha quitado toda posibilidad de establecer comparaciones y, por ende, ha puesto un cerco a sus ideas; por ello son completamente incapaces de librarse del dominio de la asociación y todo lo juzgan siguiendo las reglas de unas convenciones puramente chinas.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Henry Kissinger (Alemania, 1923), de origen judío alemán, fue Asesor Nacional de Seguridad y luego Secretario de Estado con Richard Nixon y Gerald Ford y ha asesorado a muchos otros presidentes estadounidenses sobre cuestiones de política internacional. En 1973 recibió el premio Nobel de la Paz, y también ha obtenido la medalla de la Libertad, entre otros muchos premios y honores. Es autor de numerosos libros sobre política internacional como Orden mundial (Debate, 2016). Actualmente preside Kissinger Associates, Inc., una consultoría internacional.