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La promesa democrática: con la democracia se come, se cura y se educa

Sebastián Kraljevich / secretario para el Fortalecimiento de la Democracia - Organización de los Estados Americanos (OEA)

16 de junio de 2026 - 05:45 p. m.

“Con la democracia se come, se cura y se educa”. Con esas palabras, el presidente Raúl Alfonsín marcó el retorno de Argentina a la vida democrática allá por 1983. Era una promesa tan sencilla como radical: la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una herramienta para vivir mejor. 

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Más de cuatro décadas después, esa promesa sigue siendo el modo en que millones de personas en el hemisferio juzgan a sus sistemas políticos. Y los resultados son dignos de atender. Las consecuencias duraderas de la pandemia, las disrupciones en las cadenas de suministros y la volatilidad de los flujos del comercio global, con su impacto en los bolsillos de las personas, han ido erosionado la percepción de que las democracias son capaces de satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos. Cada vez más personas sienten que el sistema no está dando abasto. Los datos lo confirman con claridad. El último reporte “Democracias bajo presión” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo muestra —cruzando información del Barómetro de las Américas de Vanderbilt University— que existe una correlación significativa entre la sensación de inseguridad personal y la baja adhesión a la democracia. Lo mismo ocurre con la economía: quienes perciben que la economía de su país está peor que hace doce meses tienden a poner en duda su adhesión a la democracia. No es ideología; es experiencia vivida. 

Y es que, como bien anticipaba Alfonsín, cuando las personas reflexionan sobre sus democracias, no piensan solo en los elementos normativos —el Estado de derecho, la separación de poderes, la promesa igualitaria del derecho a elegir y ser elegido—, sino también en los resultados concretos que esa democracia produce para su calidad de vida y la de sus familias. 

Frente a este cuadro, la pregunta urgente es qué hacer. En el seno de la Organización de los Estados Americanos, los países miembros han marcado una dirección clara. Tras la Asamblea General de 2025, celebrada en Antigua y Barbuda, los Estados miembros acordaron, por unanimidad, restructurar la Secretaría General, ampliando el pilar de democracia de la Organización para incorporar dos dimensiones que los datos muestran que son vitales: el fortalecimiento de la calidad de la gestión pública y el impulso a los compromisos de inclusión, no discriminación y ejercicio efectivo de derechos en cada uno de los países. Lo que podría parecer un ajuste organizacional es, en realidad, una declaración de principios: reconocer que la democracia se juega también en la eficacia del Estado y en la experiencia concreta de cada persona. Pero no son solo palabras. Las últimas semanas son un buen ejemplo. Mientras nuestros equipos se desplegaban en todo el Perú para observar y emitir recomendaciones en una de las elecciones más reñidas del último tiempo y misiones permanentes de la OEA trabajaban en Colombia, Belize y Guatemala contribuyendo a que sus pueblos puedan desarrollarse y vivir en paz, ocurrían otras cosas igualmente importantes, pero quizás menos visibles. En Nueva York, en el marco de Naciones Unidas, se presentaban los avances logrados desde la OEA en materia de derechos de las personas con discapacidad: legislación inclusiva impulsada en varios países, mejoras en el acceso a la salud, avances en incorporación laboral e inclusión educativa. Y en la sede de la Organización en Washington, DC, decenas de líderes sociales y servidores públicos de toda América participaban en un programa integral de capacitación en innovación y liderazgo democrático.  

Estas iniciativas tal vez no aparezcan en los titulares de los diarios, pero sus efectos se sienten en la vida cotidiana de personas concretas, en cada uno de nuestros Estados miembros. Esa es, en definitiva, una de las dimensiones fundamentales de la democracia: la capacidad de las instituciones democráticas para responder a las necesidades de la ciudadanía, ampliar oportunidades, garantizar derechos y fortalecer la confianza pública. Cuando los procesos democráticos se traducen en mejores servicios, mayor inclusión y una gestión pública más efectiva, la democracia deja de ser únicamente un marco normativo y se convierte en una experiencia tangible para las personas. 

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Por Sebastián Kraljevich / secretario para el Fortalecimiento de la Democracia - Organización de los Estados Americanos (OEA)

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