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Lea un capítulo de “El arte de la negociación”, el libro que Trump le autografió a Petro

Fragmento de “El arte de la negociación”, libro de 1988, publicado por el sello editorial Grijalbo, atribuido al actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pero escrito por el periodista Tony Schwartz.

Tony Schwartz * / Especial para El Espectador

06 de febrero de 2026 - 10:00 a. m.
Copia del citado libro firmado por Trump, compartida en X por @petrogustavo tras su reciente reunión del 3 de febrero de 2026. En este capítulo Trump cuenta cómo empezó a constituir su organización en el corazón de Nueva York. Mitad memorias y mitad libro de consejos empresariales, fue el primer libro atribuido a Trump y contribuyó a su reconocimiento. Elegido Trump como presidente, el periodista Tony Schwartz se arrepintió de haber trabajado con él en ese proyecto.
Foto: Archivo Particular
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5. La marcha sobre Manhattan

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Yo le tenía el ojo echado a Manhattan desde que me gradué por Wharton, en 1968. Pero en aquel entonces el mercado estaba saturado, los precios parecían muy altos y no pude hallar una operación que me cuadrase, quiero decir una propiedad a un precio asequible para mí. Mi padre tenía las espaldas bien cubiertas, pero no era partidario de dotar grandes fondos para sus hijos. (Lea una investigación de Nelson Fredy Padilla sobre los negocios que intentó hacer la organización Trump en Colombia).

Cuando salí de la universidad tendría unos 200.000 dólares, pero casi todo invertido en edificios de Brooklyn y Queens. Así que preferí esperar y seguir ayudando en el negocio de mi padre, y procuré pasar en Manhattan todo el tiempo que podía. El punto crítico se produjo en 1971, cuando decidí alquilar un apartamento en Manhattan.

Era un estudio, en un edificio de la Tercera Avenida esquina con la calle 75, con vista al depósito del patio de atrás de la casa contigua. Yo le llamaba mi sobreático, porque efectivamente quedaba cerca del tejado del edificio. Y procuré distribuirlo de modo que pareciese más grande. Pero, de cualquier manera que lo hiciese, no dejaba de ser un apartamento humilde y oscuro. A pesar de todo, me encariñé con él, y cuando me mudé a ese apartamento seguramente sentí más emoción que quince años más tarde, cuando pasé a ocupar los tres pisos más altos del edificio Trump Tower, Quinta Avenida con la calle 57, con vista sobre Central Park. Comprendan ustedes que yo era un chico de Queens que trabajaba en Brooklyn, y de pronto me veía inquilino de un apartamento en el Upper East Side.

Lo que realmente conseguí con este traslado fue familiarizarme mucho más con Manhattan. Empecé a pasear las calles de una manera que ni siquiera se le ocurre al que va de turista o para hacer negocios. Era cuestión de conocer todas las fincas interesantes. Dejé de ser un chico de barriada para convertirme en un chico de la ciudad. Me hallaba en el mejor de los mundos: era joven, pletórico de energías y vivía en Manhattan, aunque tuviera que trasladarme todos los días a Brooklyn para trabajar.

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Una de las primeras cosas que hice fue ingresar en Le Club, que en aquellos momentos era el último grito y quizás el más exclusivo (como el Studio 54 en sus mejores tiempos). Estaba en la calle 54 Este, y entre sus socios figuraban algunos de los hombres más adinerados y de las mujeres más hermosas del mundo. Era uno de esos lugares en los que cualquier día podías ver entrar a un ricachón de setenta y cinco años acompañado de tres suecas rubias.

Nunca olvidaré cómo fue que conseguí entrar. Un día llamé a Le Club y dije: —Soy Donald Trump y desearía ser socio de su club. El tipo que estaba al otro lado del teléfono se limitó a reír y contestó: —Está usted de broma. Naturalmente, nadie me conocía ni de oídas.

Al día siguiente se me ocurrió otra idea y llamé de nuevo para decirle al mismo individuo: —Oiga, ¿podría facilitarme una relación de socios? Me parece que encontraré a algún conocido. —Lo siento, pero eso no lo hacemos — dijo él, y colgó acto seguido. El otro día volví a llamar y dije: —Necesito localizar al presidente del club. He de enviarle un recado.

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Por algún motivo, el tipo se avino a darme el apellido del presidente y el número del teléfono de su despacho. De manera que llamé y me presenté a mí mismo. Luego añadí muy cortésmente: —Soy Donald Trump y desearía ser socio de Le Club. — ¿Tiene usted conocidos o familiares allí? —preguntó él. —No, señor, no conozco a nadie —contesté. —A su entender, ¿por qué razón se le debería admitir? —preguntó él. Entonces solté una larga parrafada, hasta que el otro dijo: — ¿Sabe una cosa? Usted me parece un joven simpático y quizá no fuese mala idea rejuvenecer un poco el ambiente. Con que, ¿quiere tomar una copa conmigo en el Twenty One? La noche siguiente fuimos a tomar la copa. Lo cual fue un pequeño problema para mí, porque yo no bebo ni sirvo para estar mucho rato sentado en un diván. A mi anfitrión, en cambio, si le gustaba beber, y además se había traído a un amigo también aficionado a la bebida.

Durante dos horas estuvimos allí sentados, mientras ellos bebían y yo no, hasta que por fin dije: —Oigan, amigos, ¿quieren que les lleve a casa? Y ellos contestaron: —No, espera. Vamos a tomar la última copa. A esto yo no estaba acostumbrado. Tengo un padre que ha sido siempre como una roca, muy recto y muy sólido. Mi padre se presentaba en casa todas las tardes a las siete, cenaba, leía el periódico, veía el telediario y ahí se acabó. Y yo soy casi como mi padre. Aquél era otro mundo.

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Recuerdo que me preguntaba si todos los triunfadores de Manhattan serían unos alcohólicos. Y me decía que, si era así, yo iba a tener una gran ventaja sobre los demás. Por fin, hacia las diez, aquellos tipos decidieron que ya era bastante, y prácticamente tuve que llevarlos a sus casas. Pasaron dos semanas y no recibí noticias del presidente. Le llamé y resultó que no se acordaba de mí en absoluto.

Así que fue preciso rehacerlo todo desde el principio, es decir desde el Twenty One, aunque esta vez bebió menos y pude conseguir que aceptara patrocinar mi candidatura. Le quedaba una duda, sin embargo. Dijo que, como yo era joven y bien parecido, y algunos de los miembros de más edad del club tenían mujeres jóvenes y hermosas, le preocupaba que yo me sintiera tentado a seducirlas. De modo que me exigió la promesa de no hacerlo. Yo no daba crédito a mis oídos. Mi madre es, en este sentido, como mi padre: sólo vive para él (hace poco celebraron el quincuagésimo aniversario de su boda).

Así me educaron, y he aquí que aquel individuo me hablaba de quitarles las mujeres a los socios. En cualquier caso, hice la promesa requerida y fui admitido en el club, lo cual constituyó un gran paso para mí, tanto en lo social como en lo profesional. Conocí a muchas mujeres hermosas y solteras, y salía casi todas las noches. Pero, en realidad, no tuve una relación seria con ninguna de ellas.

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Aunque fuesen grandes bellezas, muchas de ellas eran incapaces de seguir una conversación normal. Las había vanidosas, las había locas, las había desenfrenadas, y la mayoría de ellas eran muy poco auténticas. Por ejemplo, pronto descubrí que no podía llevar a esas chicas a mi apartamento, porque para lo que ellas tenían por costumbre aquello era un desastre, y en su mundo las apariencias contaban por encima de todo.

Cuando por fin me casé, lo hice con una mujer muy hermosa, pero también muy recta y sólida, lo mismo que mi madre y mi padre. Al mismo tiempo conocí en Le Club a muchos hombres muy ricos y grandes triunfadores. Yo salía de noche para pasarlo bien, pero también en misión de trabajo. Aprendía las reglas del mundo neoyorquino y conocía a personas que más adelante quizá tendrían relaciones comerciales conmigo.

También conocí al género de individuos ricos, especialmente los europeos y los sudamericanos, que luego serían los compradores de los apartamentos más caros del Trump Tower y el Trump Plaza. Fue en Le Club donde conocí a Roy Cohn, aunque ya estaba enterado de su reputación y conocía su imagen de tipo que no rehúye la lucha. Una noche nos tocó ser vecinos de mesa; hechas las presentaciones, charlamos un rato y luego se me ocurrió desafiarle.

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Ya es sabido que me gusta poner a prueba a la gente; de manera que le dije: —No me caen bien los abogados. Creo que sólo sirven para retrasar los negocios, en vez de agilizarlos, y sólo saben contestar que no, y siempre prefieren un mal arreglo a un buen pleito. El dijo que estaba de acuerdo conmigo; eso me gustó, por lo que proseguí: —Yo soy todo lo contrario. Prefiero un pleito a una conciliación, porque cuando has aceptado la primera, te quedas con la fama de conciliador para siempre.

Pude observar que había despertado la curiosidad de Roy, aunque éste aún no entendía a qué venia todo aquello. Por último dijo: — ¿Qué es esto, una divagación teórica? —No, no. Teórica no. Resulta que la administración nos ha demandado a nosotros y a otras muchas compañías, acusándonos de infracción contra la Ley de Derechos Civiles porque no alquilábamos viviendas a los negros. Le conté que acababa de pasar la tarde visitando, junto con mi padre, a un prestigioso bufete de Wall Street, y que estos abogados nos aconsejaron que buscáramos una conciliación. Que es precisamente lo que hacen casi todos los hombres de negocios cuando la administración se mete con ellos, porque temen la mala publicidad, aunque estén seguros de que la acusación podría rebatirse fácilmente.

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A mí la idea de la conciliación me ponía furioso. Porque no era verdad que no alquilásemos viviendas a los negros. Lo que no hacíamos era alquilar las viviendas a pobres de asilo, blancos o negros. Nosotros queríamos inquilinos que estuvieran en condiciones de pagar el alquiler, que fuesen limpios y amables y buenos vecinos, y que cumplieran nuestro criterio de tener unos ingresos cuatro veces superiores al importe de la renta, como mínimo. Por ello le pregunté a Roy: — ¿Qué deberíamos hacer? Y él contestó: —Pues yo creo que decirles que se vayan al infierno, e ir a juicio y dejar que intenten demostrar la discriminación. Lo cual me parece bastante difícil, en vista de que si tienen ustedes inquilinos negros —y añadió—: Además, no creo que se les pueda obligar a alquilar si ustedes consideran que el inquilino, blanco o negro, es indeseable. Me parece que la administración no tiene derecho a inmiscuirse en su negocio.

Por eso decidí que Roy Cohn era la persona indicada para encargarse del caso. Yo no era nadie entonces, pero a él le agradaba un buen pleito y consintió en ocuparse del nuestro. Fuimos ajuicio con él, rebatimos la acusación y no admitimos sino una concesión de escasa importancia que no suponía una admisión de culpabilidad. Consistió en publicar anuncios durante cierto tiempo en un periódico local, diciendo que teníamos pisos por alquilar y proclamando expresamente que no hacíamos discriminación. Y con eso se acabó el pleito.

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New York (United States), 15/07/2024.- La seguridad se intensifica en la Torre Trump, en Nueva York, con más policías, barricadas y tráfico peatonal bloqueado después del intento de asesinato del ex presidente estadounidense Donald Trump, que resultó herido por una bala en un intento de asesinato el 13 de julio durante un mitin de campaña en Butler, Pensilvania. EFE/SARAH YENESEL
Foto: EFE - SARAH YENESEL

Conocí muy bien a Roy durante esa época. Era un gran abogado, un vocacional. Era capaz de presentarse ajuicio sin llevar ninguna anotación, pues poseía una memoria fotográfica y traía todos los datos del caso en la cabeza. Cuando estaba bien preparado, resultaba brillante y casi invencible. Pero no siempre se preparaba; aun así, gracias a su brillantez a veces ganaba incluso en esas condiciones. Por desgracia, otras veces era un desastre total, motivo por el cual adopté la costumbre de despachar siempre con Roy momentos antes de cada vista. Si veía que no estaba preparado, le daba instrucciones de que solicitara un aplazamiento. No me engañaba acerca de Roy, que no era ningún niño de coro.

Una vez me confesó que se había pasado más de dos terceras partes de su vida de adulto «empapelado» bajo una acusación u otra. Esto me sorprendió, y le dije: —Sólo una pregunta, Roy: ¿por qué haces esas cosas en realidad? Él se quedó mirándome, sonriente, y preguntó a su vez: — ¿Tú qué crees? En realidad, no lo supe nunca.

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Podrían decirse muchas cosas de Roy, pero no que no fuese duro. A veces creo que, después de la lealtad, la dureza era el valor más importante para él. Por ejemplo, Roy, como sabíamos todos sus amigos, era homosexual, y siempre que se le veía en sociedad aparecía acompañado de algún joven muy bien parecido. Pero él no lo mencionaba jamás. Detestaba la imagen que se asocia con los gay.

Era consciente de que, para el hombre corriente, ser homosexual casi es sinónimo de blandenguería, y como no deseaba en modo alguno proyectar tal imagen, casi exageraba hacia el extremo contrario. En una conversación, si alguien mencionaba el tema de los derechos de los homosexuales, invariablemente él era el primero en tomar partido en contra. Aunque duro, Roy tenía muchos amigos, y no tengo reparo en proclamar que yo era uno de ellos. Poseía un auténtico sentido de la lealtad, de la que hacía cuestión de honor, y como además era muy inteligente, su compañía resultaba sumamente agradable. Siempre daba la cara por un amigo, aunque no coincidiese con sus opiniones, y aunque defenderle no fuese lo más conveniente para él en esa circunstancia. La hipocresía era totalmente ajena a su carácter.

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Podríamos comparar a esta persona con los cientos de individuos «respetables» que hacen carrera envaneciéndose de su honradez acrisolada, pero que no tienen ni la menor idea de lo que es la lealtad. Sólo se acuerdan de lo que mejor les conviene, y no lo piensan dos veces antes de apuñalar por la espalda a un amigo, si creen que esa amistad les compromete. Lo que más me gustaba de Roy Cohn era que él más bien haría lo contrario. Era de esos que se quedarían a la cabecera de un enfermo desahuciado, acompañándole literalmente hasta la muerte.

Sea como fuere, conocí a mucha gente después de mudarme a Manhattan, y visité muchas propiedades, pero seguía sin encontrar nada que comprar a un precio interesante. Entonces, de súbito, en 1973 la situación empezó a empeorar. Yo siempre había supuesto que el mercado acabaría por enfriarse, porque todos los mercados tienen sus ciclos, y el inmobiliario no es diferente de los demás en esto.

De todos modos, no preveía que la situación llegase a ponerse tan fea como se puso. Fue una combinación de diferentes factores. En primer lugar, la administración federal dejó en suspenso las subvenciones para la construcción de viviendas, que hasta entonces había derrochado, sobre todo en las capitales. Al mismo tiempo, los tipos de interés empezaron a subir, después de tantos años de estabilidad que todo el mundo había olvidado casi que pudieran variar. Para colmo de males hubo un rebrote de la inflación, sobre todo en los costes de la construcción, que por lo visto suben siempre aunque no haya inflación en ningún otro sector. Pero las dificultades más graves, y con mucho, eran las de la ciudad misma. La deuda municipal alcanzaba niveles tales que empezó a cundir el nerviosismo entre la opinión pública.

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Por primera vez se mencionaba en las conversaciones la posibilidad de que el municipio se declarase en quiebra. El miedo se propagaba, y muy pronto se declaró en Nueva York una crisis de confianza. La gente, sencillamente, ya no creía en el porvenir de la ciudad. No era un ambiente muy propicio para nuevos proyectos inmobiliarios. Durante los nueve primeros meses de 1973, el ayuntamiento concedió licencias de construcción para unos 15.000 apartamentos y viviendas unifamiliares de nueva construcción en los cinco distritos.

En igual periodo de 1974, se redujeron a 6.000. A mí me preocupaba el porvenir de Nueva York, pero no voy a decir que me quitara el sueño. Soy fundamentalmente un optimista y, hablando sin rodeos, confieso que contemplaba las dificultades de la ciudad como una gran oportunidad para mí. Por haberme criado en Queens tenía la convicción (quizá irracional hasta cierto punto) de que Manhattan siempre sería el mejor lugar donde vivir, el ombligo del mundo. Cualesquiera que fuesen los apuros de la ciudad a corto plazo, yo no albergaba la menor duda de que las cosas acabarían por arreglarse en fin de cuentas. ¿Qué otra ciudad hubiera podido sustituir a Nueva York?

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Uno de los solares que más me fascinaban era el de la gran estación término abandonada, junto al río Hudson, que empezaba en la calle 59 y se extendía hasta la calle 72. Cada vez que pasaba por la autovía del West Side me ponía a fantasear sobre las cosas que podrían hacerse allí. No se necesitaba ser un genio para darse cuenta de que cuarenta hectáreas de terrenos sin edificar, en Manhattan y a orillas del río, encerraban muchas posibilidades. Otra cosa era pensar en urbanizar un solar tan enorme cuando el municipio se hallaba en plena crisis financiera. Creo que comprar un terreno bien situado a precio barato es cosa que no puede hacer daño.

En aquel entonces, muchos vecindarios del West Side estaban considerados lugares peligrosos para vivir. Había refugios de la beneficencia en todas las calles secundarias y traficantes de droga en todos los parques. Recuerdo que el New York Times publicó una larga serie de crónicas sobre el bloque situado en Central Park West y la esquina de Columbus Avenue con la calle 48: de lo conflictiva que era aquella zona y todo eso. Aun así, bastaba con una ojeada para darse cuenta de que todo aquello podía cambiar fácilmente. Incluso en las calles más venidas a menos, como la 84 Oeste, podían verse todavía magníficos edificios antiguos con fachadas de piedra roja, y distantes sólo algunos pasos de Central Park. Y en las avenidas, especialmente Central Park West y Riverside Drive, abundaban las casas antiguas de muy buena calidad, con pisos de gran superficie y con una vista espectacular. Sólo era cuestión de tiempo el que el público descubriese lo que valían.

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Cierto día, en el verano de 1973, leí en el periódico un artículo sobre el ferrocarril Penn Central, que acababa de solicitar por entonces la declaración de quiebra y era el tema de todos los titulares. En este artículo concretamente se decía que los síndicos de la quiebra habían contratado a una compañía, presidida por un tal Víctor Palmieri, para que se encargase de realizar los activos del ferrocarril. Y resultó que entre dichos activos figuraba la estación abandonada de las calles sesenta Oeste, junto con otros solares de las calles treinta Oeste.

Según el acuerdo que tenía Víctor con el Penn Central, cada vez que su compañía lograse encontrar un comprador para los bienes del ferrocarril, aquél se embolsaría un tanto por ciento. Yo no sabía quién era Víctor Palmieri, pero tan pronto como leí aquel artículo supe que deseaba conocerle. Llamé a sus representantes y les dije: —Hola, me llamo Donald Trump y quiero comprar los terrenos de la estación de las calles sesenta. A veces el planteamiento más franco es el más eficaz.

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Creo que les agradó mi franqueza y mi entusiasmo. Yo aún no había construido nada, pero tenía una cosa a mi favor, y era que estaba dispuesto a tratar asuntos que una persona mejor situada que yo difícilmente habría juzgado interesantes. Me presentaron a Víctor, y nos entendimos bien desde el primer momento. Es un hombre muy atrayente y cortés, un italiano que parece anglosajón y protestante de toda la vida. Le dije que el solar de las calles sesenta estaba en muy malas condiciones, que era un vecindario venido a menos y que la ciudad también estaba yendo a menos, y que yo probablemente estaba loco por haberme fijado en aquella propiedad.

Es evidente que, si uno quiere comprar algo, no interesa convencer al vendedor de lo mucho que vale lo que tiene. Lo segundo que le dije a Víctor fue que políticamente sería muy difícil conseguir licencias para edificar en un solar de tan descomunales dimensiones. Señalé cómo la junta del distrito procuraría impedirlo por todos los medios, y cómo el proceso de conseguir la recalificación de los terrenos por la Comisión de Planificación y Urbanismo y por la Junta de Valoración amenazaba con convertirse en interminable.

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Lo tercero que hice, y seguramente lo más importante, fue darme una importancia exagerada frente a Victor y sus colaboradores. No podía convencerle con mi experiencia ni con el historial de mis realizaciones, así que intenté hacerlo a base de energía y entusiasmo. Victor suele apostar a favor de las personas, y decidió correr el riesgo conmigo. Finalmente propuso que tratásemos de urbanizar no sólo el solar de la calle 60 sino también el de la 34 Oeste. En verdad, creo que exageré demasiado mi autoelogio. Yo sólo tenía entonces veintisiete años y jamás había construido nada en Manhattan, como tampoco mi padre. Por bien que le hubiese caído a Victor, no creo que le hubiera interesado entrar en tratos conmigo si no hubiera creído que nuestra compañía era grande y poderosa.

Para cuando yo me entrevisté con Victor, tal compañía ni siquiera tenía aún una denominación oficial, así que empecé a hablar de ella como «la Organización Trump». En cierto modo, la palabra «organización» hacia que pareciese algo muy importante. Pocos sabrían entonces que la Organización Trump funcionaba desde dos minúsculos despachos de la Avenida Z de Brooklyn.

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En mi promoción me serví también de nuestras relaciones con algunos políticos como Abráham Beame, elegido alcalde de Nueva York en noviembre de 1973. Mi padre era miembro del mismo club demócrata de donde procedía Abe Beame, y ambos se conocían. Como todos los promotores, mi padre y yo habíamos cotizado para la campaña de Beame así como para la de otros políticos.

La realidad es que tal género de contribución es algo consuetudinario y perfectamente admisible para un promotor neoyorquino. Por otra parte, la cantidad cotizada vino a ser más o menos la misma que daban los demás promotores. Aun diría más, y es que muchas veces me pareció que Beame nos daba esquinazo para no tener que responder de ningún trato de favor hacia nosotros por el hecho de ser conocidos suyos. Efectivamente, la mayor parte de los cuatro años que Beame permaneció en el cargo, yo los dediqué a tratar de promocionar los terrenos de la calle 34 Oeste como posible centro de convenciones.

Por su situación era con mucho el sitio más idóneo, y con el tiempo conseguí el respaldo de casi todos los hombres de negocios que cuentan para algo en la City neoyorquina. Pues bien, Beame jamás quiso apoyar ese emplazamiento, hasta pocas semanas antes de cesar en la alcaldía. Y aun entonces no fue él quien concedió la autorización definitiva para nuestro centro de convenciones, sino su sucesor Ed Koch, elegido en 1978.

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Por ahora, que yo sepa, nadie ha insinuado que Donald Trump y Éd Koch fuesen íntimos amigos. Pero estoy adelantándome mucho al hilo de mi relato. Al establecer una relación personal con Victor desde el primer momento, me vi en condiciones de colaborar con él de hecho, y no como un mero comprador cualquiera. Esto fue magnífico para mí. Así, por ejemplo, en los acuerdos que firmamos se me concedía una opción de compra sobre los solares de las calles sesenta y treinta, bajo reserva de que se obtuviese la recalificación urbanística, bajo reserva de que diese su visto bueno la autoridad judicial que tramitaba la quiebra del Penn Central y bajo reserva de casi todo, en espera de lo cual yo no quedaba obligado a adelantar ningún dinero. El Penn Central incluso se avino a pagarme el anteproyecto. Lo que no dejaba de ser notable, en cierto sentido: el vendedor le pagaba los gastos al posible comprador.

Hay que mirarlo desde la perspectiva justa, sin embargo. Lo que hoy podría parecer un negocio muy torpe, era otra cosa muy distinta en aquella época, cuando nadie deseaba construir y la ciudad parecía presa de una decadencia mortal. A su vez, Palmieri me confería credibilidad ante la prensa. Cuando un periodista de Barrons le preguntó por qué había preferido a ese Trump, él contestó: —Esas propiedades no valían nada porque eran un agujero negro de riesgo imponderable. Hemos negociado con gentes de todas clases que parecían interesadas, pero a nuestro modo de ver nadie aportaba el empuje, la preparación y la imaginación que exige un proyecto de esa envergadura.

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Hasta que apareció ese joven, Trump. Como promotor, viene a ser casi un salto atrás, hacia el siglo diecinueve. Es de tamaño más que humano. Un día, mientras yo estaba haciéndole a la prensa el panegírico de mis planes (en los que nadie creía realmente), un destacado agente inmobiliario neoyorquino se acercó a uno de mis amigos más íntimos y le preguntó: —Un gran bocaza si tiene ese Trump, pero ¿dónde están los ladrillos y el mortero? Eso me molestó muchísimo cuando me enteré, y no le dirigí la palabra a aquel individuo durante más de un año.

Pero mirándolo retrospectivamente, me parece que tenía razón. Pudo deshacerse todo en humo. Si no hubiera logrado poner en marcha uno de aquellos primeros proyectos, si finalmente no hubiera convencido al ayuntamiento de que eligiese mi solar de la calle 34 Oeste para su centro de convenciones y luego no hubiese logrado promover el Grand Hyatt, hoy probablemente me hallaría otra vez en Brooklyn, cobrando alquileres.

En esos primeros proyectos aposté muy fuerte. El 29 de julio de 1974 anunciamos que la Organización Trump se había adjudicado las opciones de compra de los dos terrenos a orillas del rio que habían sido del ferrocarril Penn Central: el comprendido entre la calle 59 Oeste y la 72 Oeste, y el de la calle 34 Oeste a la 39 Oeste, al precio de 62 millones de dólares y sin pagar anticipo alguno. La noticia salió en primera página del New York Times. Mi primera idea era construir viviendas de renta media en aquellos solares. Los alquileres previstos (entre 110 y 125 dólares las de una habitación) hoy parecen ridículamente baratos, pero en aquel tiempo se consideraron algo exorbitantes.

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Tenía previsto buscar financiación acogiéndome al programa Mitchell llama, mediante el cual el municipio facilitaba hipotecas a largo plazo y bajo tipo de interés, junto con desgravaciones fiscales para los promotores. La finalidad de este programa era fomentar la construcción de viviendas de renta media. Un mes antes de este anuncio nuestro, Víctor, con algunos de sus colaboradores y yo, nos reunimos con Abe Beame para sondearle en relación con nuestros planes de promoción.

Aunque tuvo palabras de aliento para nosotros, tan pronto como hicimos públicos nuestros proyectos se negó a declarar su postura en ningún sentido mientras los planes no hubieran sido considerados por los organismos municipales, como la Comisión de Planificación y Urbanismo, la Junta de Valoración y las juntas de distrito. Era un político, y como tal necesitaba saber de dónde soplaba el viento antes de adoptar un criterio.

No bien hube anunciado públicamente mis planes, saltaron a la palestra otros licitadores, que por lo visto estaban esperando agazapados. Starrett Housing, por ejemplo, una compañía con la que estábamos asociados en el plan de viviendas Starrett City, de Brooklyn, pujó hasta 150 millones, bajo las reservas habituales sobre financiación, consecución de la licencia de obras y todo lo demás. A primera vista, la oferta de ellos era mucho más sustanciosa que la mía.

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Soy el primero en admitir que tengo un carácter muy competitivo y que soy capaz de cualquier cosa, dentro de la ley por supuesto, con tal de ganar. A veces, para hacerse con un negocio no hay más remedio que denigrar a los rivales. Pero en este caso, además, yo estaba convencido de que la puja de la Starrett no era legítima, que la compañía no tenía ninguna intención de formalizar el trato y que, en el supuesto de que lo hiciera, no sería capaz de llevar a buen término tan ambiciosa urbanización.

La realidad es que todo el mundo puede pujar lo que quiera, sobre todo cuando la conclusión del negocio está sometida a tantos imponderables como aquél. Bien es verdad que ellos podían decir lo mismo de mi oferta, con la diferencia de que yo había invertido algún tiempo y esfuerzo en convencer a la gente de Palmieri de la seriedad de mis propósitos y del interés que tenía en el asunto. Al final logré convencer a Palmieri de que sería más prudente quedarse con mi oferta de 62 millones que pasarse al bando de la Starrett.

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Ironías del destino: poco menos de un año después de que yo anunciase mis planes para aquellos solares (y eliminase a mis competidores), la situación económica del municipio de Nueva York empezó a ir de mal en peor. En febrero de 1975 la Corporación de Fomento Urbano, que es el organismo estatal emisor de obligaciones con las que se financian los planes de la vivienda, suspendió pagos dejando una deuda de más de 100 millones de dólares frente a sus obligacionistas.

En septiembre de 1975 Beame anunció que, en vista de la crisis fiscal, el ayuntamiento dejaba en suspenso sus propios proyectos de financiación para todas las obras nuevas, prácticamente. En noviembre de 1975 el estado también anunció que suspendía toda financiación de viviendas de renta baja y media durante los próximos cinco años, lo cual afectó a un importante número de proyectos municipales que ya tenían la autorización preliminar.

Era imposible levantarse por las mañanas sin enterarse de algún nuevo titular relacionado con la crisis de la corporación municipal. No digo que ninguna de estas noticias me hiciese temer de verdad por el porvenir de la ciudad; sin embargo, como empezaba a quedar bastante claro que yo no iba a recibir subsidio de ningún tipo para construir viviendas, decidí que era preciso intentar otro planteamiento. Siempre había pensado que el terreno de la calle 34 Oeste sería idóneo para un nuevo centro de convenciones.

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Lo malo era que casi todo el mundo tenía otra idea distinta. Para empezar, el ayuntamiento (con el apoyo de muchos notables del distrito) había dedicado ya más de tres años a estudios preliminares y anteproyectos en otro lugar próximo al rio Hudson, en la calle 44. El mismo ayuntamiento confesaba que sólo en el proceso de planificación se habían gastado 13 millones de dólares, pero, en opinión de algunos expertos conocidos míos, la cifra se acercaba en realidad a los 30 millones.

Entonces, pocas semanas después de que la corporación dijera que no financiaría nuevas edificaciones, Beame anunció que se congelaría también la financiación de los solares de la calle 44. Inmediatamente contraté a Samuel H. Lindenbaum, excelente abogado experto en asuntos de zonificación y planeamiento, que hasta aquel momento había trabajado en los terrenos de la calle 44.

La otra persona contratada por mí para que me ayudara con lo del centro de convenciones fue una mujer, laboriosa como ninguna, llamada Louise Sunshine, que además gozaba de unas relaciones políticas extraordinarias. Louise había sido directora financiera de la campaña de Hugh Carey durante las elecciones a gobernador de 1974. Era también tesorera del Partido Demócrata del estado. Al principio trabajó para mí prácticamente sin cobrar. Más tarde ocupó un cargo directivo en nuestra compañía.

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Pero mientras yo reunía un equipo para promover mi terreno, el ayuntamiento y el estado continuaban con su alternativa: situar el centro de convenciones en Battery Park City, frente al World Trader Center (las torres gemelas), en el sudoeste de Manhattan. En mi opinión, ambos emplazamientos, el de la calle 44 Oeste y el de Battery Park, eran desafortunados. Faltaba saber cómo promocionar mi propia propuesta. Yo deseaba disputar la batalla públicamente, pero era un desconocido.

Si quería llamar la atención sobre mi propuesta y ganar apoyos para ella, tendría que perfilarme más. Decidí convocar mi primera conferencia de prensa. Louise y Howard Rubenstein, importante ejecutivo neoyorquino de relaciones públicas, ayudaron a recabar apoyos de varías personas importantes, entre quienes figuraba Manfred Ohrenstein, jefe de la mayoría en el Senado del estado, y Theodore Kheel, magistrado de Trabajo que ejercía gran poder en la política neoyorquina. Kheel pronunció en la conferencia de prensa una frase lapidaria: — Establecer el nuevo centro de convenciones en Battery Park seria como poner una sala de fiestas en el cementerio.

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Por nuestra parte, habíamos instalado un gran rótulo que decía: «Milagro en la calle 34», y en presencia de una tonelada de periodistas anuncié que podía construir mi centro de convenciones por 110 millones de dólares, o lo que era lo mismo, por 150 millones menos de lo que el ayuntamiento había presupuestado para el emplazamiento de la calle 44 Oeste.

Como era de esperar, tal afirmación hizo que se arrugaran algunas frentes incrédulas e incluso mereció cierta notoriedad en los periódicos, pero apenas nos ganó ninguna ojeada aprobadora por parte de los políticos. Descubrí entonces por primera vez, aunque no iba a ser la última, que a los políticos no les importa demasiado lo que puedan costar las cosas. No son ellos quienes ponen el dinero.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Tony Schwartz * / Especial para El Espectador

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