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20 años de la Operación Tormenta del Desierto

Cerca de 18.000 toneladas de explosivos cayeron sobre Irak y Kuwait hace dos décadas. El enfrentamiento entre Saddam Hussein y Occidente por la política y la importancia del negocio petrolero dejó un cruento registro al que la historia bautizó como la Guerra del Golfo.

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Diego Alarcón RozoEduardo Maldonado V.
15 de enero de 2011 - 10:00 p. m.
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La carta se quedó en la mesa de conferencias con el sello de la Casa Blanca apuntando hacia arriba. Su destinatario no estaba presente, sí su emisario que se opuso a la idea de recibirla. El canciller iraquí Tarek Aziz dijo “no” varias veces durante la reunión. Se negó cuando el secretario de Estado, James Baker, lo invitó a aceptar que su país tenía el deber de abandonar el emirato invadido de Kuwait y no aceptó llevar consigo la carta a Bagdad, un mensaje que el presidente George H. Bush había escrito especialmente a Saddam Hussein.

La carta fue uno más de los ingredientes que acompañaron el último de los encuentros entre la diplomacia iraquí y la estadounidense, el último antes de que los aviones volaran y los cañones rugieran. Aziz dijo no, simplemente porque en su país no tenía cabida el discurso maleducado del presidente Bush y porque aunque el contenido de la nota no se hizo público, era predecible su mensaje: retirada o guerra. Y para ser francos, a Hussein el tema no le generaba temor, pues en caso que el escenario se presentara, los americanos “nadarían en su propia sangre”.

Por supuesto que el resultado de la reunión era el que muchos esperaban, pero pocos querían confirmar. El encuentro en Ginebra, destinado a quemar el último cartucho diplomático para no pasar al fuero real, fracasó para el infortunio de Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU, quien ahora debía buscar una cita con Hussein en Bagdad y corregir un camino que parecía incorregible: “Es casi imposible responder a la pregunta de si habrá guerra... sólo Dios lo sabe”.

 Hussein también hablaba de Dios. A su vez , el líder iraquí envió una carta a Washington. No tenía el sello del Baaz (Partido Árabe Socialista) ni un sobre distintivo. Fue un mensaje enviado a través de la radio a propia voz del líder iraquí para “Bush, el enemigo de Dios y colega del diablo”: “Ustedes tendrán más aviones, tanques y serán más fuertes, pero la fuerza de una nación está en la fe que se tiene (...) el glorioso pueblo iraquí y yo hemos escuchado plenamente los pronunciamientos histéricos de usted, que amenaza con terribles consecuencias (...) no queme al mundo como Nerón quemó a Roma”. No se trataba sólo de una guerra en el desierto, era un choque de civilizaciones, como alguna vez escribió el profesor de Harvard Samuel Huntington.

Camino a la tormenta

Para Saddam Hussein el problema tenía sus raíces en los días del Imperio Otomano, cuando Kuwait formaba parte de su territorio. La historia había separado las tierras, aunque le resultara difícil aceptarlo. Lo que no estaba bien, según el gobierno de Irak, era que para entonces, el primer año de la década de los 90, su vecino le usurpara el petróleo desde el yacimiento de Rumaylak, en la línea fronteriza. César Torres, catedrático de la facultad de Historia de la Universidad Javeriana, explica que “Irak siempre pensó que Kuwait le pertenecía milenariamente y por eso procedió a la invasión, por supuesto, teniendo en cuenta que el emirato estaba produciendo más petróleo. Las pretensiones de Hussein eran las de convertirse en el líder del Golfo Pérsico”.

La ONU y su Consejo de Seguridad fueron los primeros en rechazar la invasión del 2 de agosto de 1990. El poder militar iraquí irrumpió con toda su artillería e instaló un contingente militar de casi medio millón de hombres. Había que ser rápido, como en todo asalto, y no dar sospechas en la víspera para evitar que Occidente reaccionara antes de instaurar un gobierno provisional y de anexar el territorio como una provincia más.

A las fuerzas iraquíes se les otorgó un plazo para abandonar Kuwait, una fecha límite para que todo se redujera a un incidente lamentable, pero corregible. La Resolución Nº 678, del 25 de noviembre, estableció el 15 de enero de 1991 como el día en que la paciencia diplomática se acabaría y un ataque de la coalición a Irak podría venir en cualquier momento del tiempo y en cualquier lugar de su espacio.

Al mismo tiempo, Saddam Hussein se mostraba imperturbable. A la par con un bloqueo económico le significaba pérdidas mensuales por US$2.500 millones, en las calles de Bagdad comenzaban a verse a los miembros de las fuerzas armadas montados en imponentes Cadillac, BMW y Jaguar, que días atrás pertenecían a los ciudadanos del boyante Estado petrolero convertido en provincia.

Mientras todo esto ocurría, la ONU comenzaba a tejer su estrategia de liberación con Estados Unidos a la cabeza, aprovechando el apoyo del vecindario iraquí para establecer su Escudo del Desierto: tropas, aviones, tanques y buques que empezaban a apuntar hacia un enemigo de arsenal químico, biológico y posiblemente nuclear, de mucha obstinación también.

A medida que la hora cero se acercaba, los países de la coalición comenzaban a vivir los debates de la guerra. Los pacifistas invadían las sesiones del Congreso estadounidense para pedir lo poco probable y el recuerdo de la casi interminable Guerra de Vietnam estaba vivo y reciente. Si no querían repetir la historia, que era una promesa de Bush a la ciudadanía, el ataque debería ser certero, rápido e inclemente con los objetivos vitales y acorde con los manuales de la guerra.

Irak era fuerte sobre la arena, pero débil en el aire. Había una puerta abierta lejos del suelo y la obligación era aprovecharla. Las primeras horas del 15 de enero fueron tan tranquilas para los iraquíes como el resto de días que prosiguieron la invasión.

Y en realidad las tropas de la coalición aguardaron por un momento tranquilo, 18 horas y media después de que se venciera el plazo de salida (2:30 a.m. de Irak), la Operación Tormenta del Desierto  por fin se puso en marcha. Cientos de misiles llovieron sobre Irak y Kuwait simultáneamente, cerca de 18.000 toneladas explosivas lanzadas desde el aire y barcos anclados en el Mar Rojo y el Golfo Pérsico destruyeron múltiples bases aéreas, palacios presidenciales, centros de comunicación militar, el Ministerio de Defensa, la Dirección de Inteligencia, entre otros puntos estratégicos.

El bombardeo, seguido por Hussein desde alguno de los 54 búnkers que lo protegían en su país, fue repasado con la misma agresividad en las madrugadas siguientes. El primer golpe preparó el terreno para la fase Sable del Desierto, el ataque terrestre con tanques y tropas de asalto que terminaría por llevar a Irak a la rendición el 28 de febrero.

La victoria llegó para la coalición rápidamente. La directora de análisis sobre Oriente Medio, del Centro de Pensamiento norteamericano Stratfor, Reva Bhalla, la considera como una de las más exitosas de Washington: “En la época, Estados Unidos era visto como el poder que podía manejar ese tipo de situaciones. Era lo que los Estados árabes esperaban y es por eso que hasta hoy la relación con Arabia Saudita y los emiratos es tan sólida”.

Los ataques de respuesta de Irak se centraron en Arabia Saudita e Israel, un actor que de entrar en el conflicto hubiera generado malestar con miembros árabes de la coalición. Los esfuerzos diplomáticos lograron que el Estado judío se mantuviera al margen, retractándose de las declaraciones de los miembros de su gobierno que anunciaron furia en la víspera de la guerra.

Irak retrocedió a la fuerza y padeció un embargo que complicó más su situación social y económica. No obstante la tensión del mundo árabe y en especial de Hussein con Occidente, tendría un segundo capítulo en el siglo XXI que coincidió con el paso de George W. Bush por la presidencia de los Estados Unidos y su declarada cruzada contra el terrorismo.

Para ver mapa del inicio de la operación militar, clic aquí...

Por Diego Alarcón RozoEduardo Maldonado V.

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